Capítulo 27
Esa fue la valoración de Mário después de cuarenta minutos de vídeo.
Defendían con agresividad, presionaban en oleadas coordinadas y trataban las segundas jugadas como propiedad privada.
El estadio tenía menos localidades que el del Valedouro, pero parecía más ruidoso porque las gradas estaban pegadas al césped y los aficionados situados detrás de una de las porterías pasaban buena parte de los partidos como si el silencio los ofendiera personalmente.
Habían terminado la temporada anterior en cuarta posición y habían empezado la nueva con tres victorias en tres jornadas.
El lateral izquierdo era Matías Roldán, veinticinco años, uruguayo y, según Caio, «el tipo de cabrón al que solo aprecias cuando juega de tu lado».
Mário vio otra jugada.
Roldán dejaba recibir al extremo, esperaba y le quitaba el balón cuando el rival se comprometía demasiado pronto.
Mário sonrió.
Eduardo congeló la imagen.
—¿Qué?
—Nada.
—Has sonreído.
—Espera.
—Sí.
Mário se inclinó hacia delante.
—Ahora yo también.
La expresión de Eduardo no cambió.
—Entonces uno de los dos va a perder la paciencia.
—No voy a ser yo.
Jorge se rio a su lado.
—Vas a ser tú, seguro.
—Vete a la mierda.
Eduardo reanudó el vídeo.
—Roldán es lo bastante fuerte para sobrevivir a la primera aceleración. Si conviertes cada posesión en una carrera, le estás ayudando.
Mário observó.
En otro tiempo, aquel consejo le habría sonado a contención.
Ahora parecía una invitación.
Barreto le dio a Mário cuarenta y cinco minutos.
Como máximo.
La limitación médica seguía vigente porque la carga competitiva tenía que aumentar de forma progresiva, no a saltos.
Mário la odiaba menos de lo que la habría odiado meses antes.
Progreso.
La restricción también cambió la forma en que Barreto lo utilizó.
Mário empezaría en el banquillo y entraría tras el descanso, salvo que el desarrollo del partido o una lesión obligaran a tomar otra decisión.
Rui lo sabía antes del saque inicial y aceptó el plan con la generosidad de un hombre que pensaba quejarse de él de todos modos.
—Te toca el lateral cansado —dijo Rui en el túnel.
—A ti te toca el fresco.
—Exacto. Injusto.
Mário sonrió.
Desde el banquillo, observó a Roldán defender durante la primera parte.
El uruguayo rara vez cruzaba la línea de medio campo sin necesidad.
No se precipitaba ante los cambios de orientación hacia Jorge, ni siquiera cuando Caio caía al carril.
Mantenía el cuerpo perfilado durante más tiempo que la mayoría de los laterales y confiaba en que el centrocampista que tenía delante cerrase por dentro.
En el minuto treinta y uno, Rui lo encaró de frente.
Roldán esperó, esperó y después le quitó el balón cuando el tercer toque de Rui se le fue demasiado largo.
Rui pasó trotando junto al banquillo.
—Cabrón.
Mário se rio.
—Información de scouting muy útil.
—Vete a la mierda.
El Ferroviário marcó cuatro minutos después, en la segunda jugada de un córner.
Uno a cero al descanso.
En el vestuario, Barreto hizo dos cambios. Uno fue Mário.
Señaló el lado derecho de la pizarra táctica.
—No entres en el partido intentando justificar el cambio.
Mário asintió.
—Roldán quiere tu primera aceleración. Oblígalo a defender todo lo que hay alrededor de ella.
Eduardo añadió una sola cosa.
—Tu carga es de cuarenta y cinco minutos. Eso no significa que todas las acciones tengan que ocurrir antes de que se acabe el tiempo.
Consejo de fútbol.
Buen consejo de fútbol.
—Entendido.
Entró tras el descanso con el Valedouro perdiendo uno a cero.
Roldán esperaba en el lado izquierdo.
Antes de que se reanudara el juego, miró la rodilla derecha de Mário.
Sin ninguna sutileza.
Mário se dio cuenta.
Roldán sonrió.
—¿Nueva?
—¿La rodilla?
—Sí.
—La misma.
—Parece cara.
Mário se rio.
El árbitro reanudó el partido.
El primer duelo fue para Roldán.
Mário recibió abierto e intentó crear separación con un toque rápido hacia dentro. Roldán esperó y metió el hombro en el momento justo.
Balón perdido.
Sin falta.
Roldán pasó corriendo a su lado.
—¿Todavía funciona?
Mário reculó.
—Por lo visto, no.
El segundo duelo acabó en saque de banda.
El tercero no llegó a producirse porque Mário jugó hacia atrás antes de que Roldán pudiera entrar en la jugada.
Eso cambió el duelo.
Roldán lo entendió.
En la siguiente posesión avanzó medio metro, intentando hacer menos cómodo el pase atrás.
Mário vino a recibir en corto, tocó para Diogo y giró por dentro. Roldán lo siguió dos zancadas y luego se detuvo, en vez de abandonar la banda.
Ninguno había ganado nada.
Ese era precisamente el objetivo.
En el minuto cincuenta y cinco, Mário presionó al central izquierdo del Ferroviário después de un mal control. Roldán se convirtió en la salida fácil. Mário curvó la carrera para taparla, obligó al central a jugar hacia atrás y oyó a Barreto dar una palmada desde el área técnica.
Los aficionados situados detrás de la portería silbaron porque no había ocurrido nada visible.
Mário sonrió.
Ahora ya sabía que aquello también contaba.
Tres minutos después, Roldán avanzó con balón e intentó usar el desmarque de su propio extremo para arrastrar a Mário hacia dentro. Mário lo acompañó lo suficiente para proteger a Tomás y después se detuvo, en lugar de perseguir al extremo hasta el centro.
Roldán jugó hacia atrás.
—Aburrido —dijo mientras volvían a sus posiciones.
—Aprendiendo.
—Malo para los espectadores.
—Sobrevivirán.
El partido se había convertido en una conversación construida sobre todo con las decisiones que ninguno de los dos tomaba.
En el minuto cincuenta y nueve, Tomás dobló por fuera. Mário se quedó quieto. Roldán miró a Tomás. Mário se metió por dentro. Diogo lo encontró. Un toque. Caio. Devolución. Roldán recuperó y bloqueó el centro. Córner.
Mário asintió.
Roldán también.
Ninguno dijo nada.
Para entonces, Mário ya había aguantado un contacto fuerte que había puesto a prueba la rodilla de una forma más honesta que cualquier máquina de gimnasio.
Recibió junto a la banda con Roldán pegado. El defensa cargó hombro con hombro mientras Mário plantaba el pie derecho para proteger el balón.
Durante una fracción de segundo regresó el recuerdo antiguo: la bota clavada, el cuerpo girando, aquella sensación incorrecta dentro de la articulación.
Después no ocurrió nada.
La rodilla aguantó.
Mário devolvió el balón a Tomás y recibió falta cuando el brazo de Roldán llegó tarde.
Se levantó.
Roldán miró la rodilla.
—Has pensado en ello.
Mário se quedó mirándolo.
—Tu cara.
Todo el mundo en Portugal sabía leerla.
—Medio segundo.
Roldán asintió.
—Entonces para.
Mário se rio.
—Otra vez entrenándome.
—Gratis.
—Vale lo que cuesta.
El intercambio disipó el resto del miedo mejor que cualquier palabra tranquilizadora.
En el minuto sesenta y siete, el Ferroviário presionó arriba y perdió el balón. Diogo salió de la presión y encontró a Mário cerca de medio campo.
Campo abierto por delante.
Roldán reculó en vez de salir.
Bien.
Mário condujo.
No a máxima velocidad.
Roldán siguió cediendo terreno.
Mário amagó por fuera. Sin reacción. Por dentro. Sin reacción.
El área se acercaba.
Mário deseaba tanto el duelo que casi podía saborearlo.
Se negó a darle a Roldán el duelo que él quería.
Tomás apareció por fuera. Mário le pasó el balón. Roldán giró hacia la incorporación. Mário siguió hacia el área.
Pase raso de vuelta.
Roldán tuvo que elegir.
Salió hacia Mário.
Mário dejó que el balón pasara por delante de él.
Diogo llegó desde atrás.
Disparo.
Gol.
Uno a uno.
El gol no calmó el partido.
El Ferroviário reanudó con la irritación de un equipo que parecía creer que empatarles exigía una respuesta.
El ataque siguiente terminó en un centro que Mário siguió hasta la frontal del área del Valedouro antes de que Tomás despejara.
Roldán acompañó la jugada y se detuvo junto a Mário.
—¿Ahora también defiendes?
—A veces.
—Qué decepción.
Mário sonrió.
En el minuto setenta y tres, Roldán por fin salió arriba en vez de replegar. Mário recibió de espaldas a la portería y sintió llegar el contacto por el hombro.
Nueve meses antes, un contacto con el pie derecho plantado no le habría dejado espacio para pensar en ninguna otra cosa.
Ahora devolvió el balón a Diogo y giró para salir.
Roldán le agarró brevemente la camiseta.
—No.
El árbitro dejó seguir.
Mário continuó el desmarque.
Diogo cambió el juego a la izquierda.
No salió nada de allí.
Mário volvió al trote sin comprobar mentalmente la rodilla.
Esa ausencia de pensamiento era el objetivo.
En el minuto setenta y ocho, Roldán recuperó un balón limpiamente. Mário lo retuvo una fracción de segundo de más, esperando a que el defensa mostrara la intención cuando la decisión útil ya estaba detrás de él.
Roldán se lo quitó y avanzó.
Mário fue tras él.
—Pensaba que esperabas —gritó Roldán al soltar el pase.
—Esperé demasiado.
—Exacto.
El cabrón ahora lo estaba entrenando.
Mário se rio mientras recuperaba la posición.
El partido terminó empatado a uno.
Mário cumplió los cuarenta y cinco minutos previstos y salió sin hinchazón, sin dolor y sin ningún movimiento que cambiara la expresión de João.
Los últimos diez minutos le habían exigido otra cosa.
El Ferroviário buscó el gol de la victoria y Roldán empezó a incorporarse con más agresividad. Mário tuvo que replegar repetidamente, incluida una carrera que acabó dentro del área del Valedouro cuando Tomás fue atraído por el extremo.
Roldán centró raso.
Mário metió el pie primero.
Córner.
Se dobló, con las manos sobre los muslos, mientras iban a buscar el balón.
Cuarenta y tres minutos desde el descanso.
La pierna estaba cansada.
La izquierda también.
Y a Mário le gustó esa diferencia.
João estaba cerca del banquillo observando, pero no hizo ninguna señal. Barreto no lo sustituyó antes de tiempo.
Mário completó la carga hasta el final porque estaba cansado como futbolista, no protegido como paciente.
Poder terminar el partido le importaba más que la clasificación.
Casi.
El Ferroviário seguía por encima de ellos.
Después del pitido final, Roldán encontró a Mário cerca del centro del campo.
—Tu rodilla está bien.
—¿Opinión médica?
Roldán se encogió de hombros.
—Opinión de defensa.
—Menos cualificada.
—Más honesta.
Mário se rio.
Roldán le tendió la mano.
—Nos volveremos a ver.
—Eso espero.
—Pelea por el ascenso.
—¿Ese es el plan?
—Para nosotros.
Mário le estrechó la mano.
—Para nosotros también.
Roldán sonrió.
—Bien.
Un reportero de televisión interceptó a Mário antes de que llegara al túnel.
—Cuarenta y cinco minutos hoy, después de una recuperación larga. ¿Cómo te has sentido?
Mário miró hacia atrás, al césped.
—Ha parecido fútbol.
—¿Nada de la rodilla?
—Pregúntale a João.
El reportero se rio.
—¿Y Roldán?
—Buen defensa.
—Parecía gustarle hablar contigo.
—Habla demasiado.
—¿Quién ganó el duelo?
Mário lo pensó.
—El partido terminó empatado.
—He preguntado quién ganó.
Mário sonrió.
—Entonces ha hecho la pregunta equivocada.
Se marchó antes de que la respuesta pudiera convertirse en un titular.
Miguel le envió un mensaje en el autobús.
MIGUEL: Dos ojeadores han preguntado si el límite de cuarenta y cinco minutos era médico o táctico.
Mário respondió:
MÁRIO: Médico.
MIGUEL: Yo lo sé. Ahora ellos también.
Llegó un segundo mensaje.
MIGUEL: A uno le gustó específicamente tu repliegue defensivo al final.
Mário miró por la ventana y se rio en voz baja.
Nueve meses de rehabilitación y al ojeador le había gustado verlo correr hacia atrás.
El fútbol seguía teniendo unas prioridades ofensivas casi insultantes.
Mário había encontrado al rival de aquella temporada.
El partido también le había dado una referencia que ninguna prueba de salto podía reproducir.
En el autobús de vuelta, João le revisó la rodilla una vez y después dejó de preguntar.
Mário observó la carretera por la ventana.
Nueve meses antes, había salido en camilla de un campo de fútbol convencido de que el futuro había desaparecido dentro de un mal movimiento.
Aquella noche, uno de los mejores laterales de la categoría había pasado cuarenta y cinco minutos intentando pararlo y ni una sola vez lo había tratado como un proyecto de rehabilitación.
Ese era el regreso que Mário quería.
A la mañana siguiente, la rodilla mostraba solo la respuesta esperada después del partido. Sin hinchazón anormal. Sin pérdida de extensión.
João introdujo los datos en el sistema y, esta vez, no añadió ninguna advertencia.
—Cuarenta y cinco minutos contra Roldán —dijo Mário.
—Sí.
—¿Ya puedo decir que he vuelto?
João levantó la vista.
—Puedes llamarlo regreso, si quieres.
Mário se rio.
—¿Y tú cómo lo llamarías?
—Que has tolerado cuarenta y cinco minutos de competición, incluyendo carrera a alta velocidad, contacto y cambios de dirección repetidos. Ahora veremos si toleras la siguiente carga.
—Destruyes la poesía.
—Requisito profesional.
En el análisis ofensivo del lunes, Eduardo pasó más tiempo hablando de lo que Mário no había hecho que de la jugada que había originado el gol.
Congeló una imagen del minuto cincuenta y dos. Mário recibía abierto, Roldán mantenía el perfil y Mário reciclaba para Tomás.
—¿Por qué es bueno esto? —preguntó Eduardo al grupo.
Caio respondió:
—Porque no perdió el balón.
—Listón bajo.
Jorge dijo:
—Porque Roldán quería que forzara el uno contra uno.
—Sí.
Eduardo reanudó el vídeo.
El balón pasó por el centro del campo, volvió a la derecha quince segundos después y Roldán tuvo que defender una situación diferente.
—Los buenos defensas recuerdan tu impaciencia —dijo Eduardo—. Si les das la misma impaciencia cada vez, te vuelves previsible aunque seas más rápido.
Mário se observó en la pantalla.
Meses antes habría querido la jugada destacada: el caño, el sprint, el disparo.
Ahora un pase atrás podía representar evolución.
Le parecía demasiado adulto.
Más tarde aquella mañana, Barreto encontró otra utilidad en el partido.
Puso en pantalla la secuencia que había creado el gol de Diogo y, justo después, mostró una jugada en la que Roldán le había quitado el balón a Mário limpiamente.
—Mismo defensa —dijo—. Mismo jugador. Una buena decisión no borra la mala.
Mário sonrió.
—Muy inspirador.
—No me pagan para inspirar.
La clasificación apareció al final de la reunión.
Ferroviário primero. Valedouro a cuatro puntos después de cuatro jornadas.
Demasiado pronto para importar, según Barreto.
Lo que significó que Caio anunció que la lucha por el ascenso había comenzado.
Rui le lanzó un calcetín hecho una bola.
Mário miró el nombre del Ferroviário y pensó en Roldán diciéndole que volverían a verse.
Después de la reunión, el nombre de Roldán siguió en la pizarra de scouting porque el Ferroviário ya era señalado como candidato al ascenso.
Mário se detuvo delante.
Eduardo se acercó.
—¿Te gustó?
—¿El partido?
—Sí.
Mário lo pensó.
—Sí.
—¿Porque jugaste bien?
—Porque él era difícil.
Eduardo sonrió.
—Bien.
—Ha sonado a cosa tuya.
—Era fútbol.
Aquella antigua diferencia seguía contando.