Capítulo 20
La resonancia magnética duró treinta y dos minutos.
Mário lo sabía porque contó todos y cada uno.
La protección de los oídos amortiguaba la máquina sin volverla silenciosa.
Los golpes mecánicos cambiaban de ritmo sin previo aviso y hacían vibrar ligeramente la camilla bajo él.
Permaneció recostado con la pierna derecha colocada exactamente como quería la técnica y sin nada que mirar, porque el interior del aparato no ofrecía gran cosa que ver.
Cuando lo deslizaron hacia fuera, sus padres ya habían llegado desde Morelia.
Su madre lo abrazó con tanto cuidado que lo irritó.
También habían llevado a la sala de espera de radiología todas las emociones posibles.
Su madre cargaba con una bolsa de lona que contenía agua, dos sándwiches, una camiseta limpia y, inexplicablemente, una naranja.
Su padre llevaba los documentos prácticos: la identificación de Mário, los datos del seguro enviados por el club, la hoja impresa que Juan ya había facilitado por vía electrónica y una pluma enganchada al bolsillo de la camisa, como si en cualquier momento alguien pudiera exigir una firma urgente.
Ninguno de los dos preguntó por qué el partido había dejado de importar tanto como llegar hasta él.
Mário tampoco preguntó.
Miguel llamó mientras esperaban a la traumatóloga. Mário estuvo a punto de rechazar la llamada. Su padre vio el nombre.
—Contesta.
Mário contestó.
El agente ni siquiera se molestó en saludar.
—He hablado con Valle. Todavía nadie sabe nada.
—Ya lo sé.
—Los clubes que preguntaron por ti sabrán que saliste lesionado. Eso no significa nada hasta que haya un diagnóstico.
Mário fijó la mirada en la pared blanca de enfrente.
—Significa que dejarán de llamar.
—Puede que sí. Puede que vuelvan a preguntar dentro de seis meses. Puede que uno de ellos siga queriendo el informe médico cuando tengas el alta. Deja de convertir una lesión que ocurrió hace tres horas en un historial de traspasos que no existe.
Mário casi se rio.
—Todo el mundo se ha convertido en Barrera.
—Pensamiento aterrador.
La voz de Miguel se suavizó solo un poco.
—Tu contrato está bien. El club se encarga del tratamiento. Del fútbol nos ocupamos después.
—Está bien.
—Y, Mário.
—Sí.
—Hoy no le debes optimismo a nadie.
Fue lo primero útil que alguien le había dicho que no implicaba ligamentos.
Mário miró la rodillera.
—Bien.
Colgó antes de que dar las gracias se volviera incómodo.
—No soy de vidrio.
—Ya lo sé.
—Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de madre.
Su padre le quitó la bolsa a Juan.
—Déjala tener la cara.
Su padre estaba haciendo la versión de padre.
Ninguno de los dos lo comentó.
La traumatóloga los recibió en una consulta pequeña cuarenta minutos después. Juan se sentó junto a la pared con un bloc de notas. Barrera entró por teléfono porque el equipo ya viajaba hacia el norte.
La doctora Helena Moura puso las imágenes de la resonancia en el monitor. Mário no entendía casi nada. Ella no perdió tiempo fingiendo que sí.
—El ligamento cruzado anterior está roto.
Su madre inspiró bruscamente. Mário siguió mirando la pantalla. La doctora Moura continuó.
—También tienes una rotura del menisco medial. Por las imágenes, creo que es reparable. Eso es bueno para la salud de la rodilla a largo plazo, pero condiciona el inicio de la rehabilitación.
—Reconstrucción del LCA.
—Sí.
—¿Cuándo?
—La semana que viene no.
Mário la miró por fin.
—¿Por qué?
—Porque la rodilla está hinchada e irritada y quiero recuperar el rango de movimiento antes de operar. Juan y el equipo médico del club trabajarán contigo en la preparación preoperatoria. Si la rodilla se calma como esperamos, enero es un momento razonable.
—Enero.
—Sí.
—Eso son dos meses.
—Más bien seis o siete semanas.
—Es enero.
La doctora Moura no discutió semántica.
—No estás perdiendo tiempo de recuperación por preparar correctamente la rodilla.
Mário oyó la siguiente pregunta en la respiración de su madre y la hizo antes de que ella pudiera.
—¿Cuándo juego?
La doctora Moura juntó las manos.
—No voy a darle una fecha de vuelta a un futbolista profesional de diecinueve años el mismo día que le diagnostico una rotura del LCA.
Mário apretó la mandíbula.
—Una estimación.
—No.
—Todo el mundo sabe cuánto tarda un LCA.
—Todo el mundo conoce un intervalo. Tu vuelta depende del injerto, de la reparación del menisco, de la fuerza, de la calidad del movimiento, de la confianza, de cómo responda la rodilla y de que tu equipo médico considere que puedes soportar con seguridad las exigencias del fútbol profesional.
—¿Nueve meses?
—Es posible. A veces más. El objetivo no es hacer feliz al calendario.
La consulta quedó muy silenciosa. Nueve meses lo llevaban hasta agosto. Más tiempo ya lo metía dentro de la temporada siguiente.
En la cabeza de Mário, los visores desaparecieron sin que nadie tuviera que decirle sus nombres.
Su madre alargó una mano hacia él. Mário se levantó demasiado rápido y la rodillera le frenó el movimiento. El dolor le atravesó la rodilla. Juan se levantó de inmediato.
—Siéntate.
—Estoy bien.
—Mário.
Se sentó.
La doctora Moura esperó a que la consulta volviera a calmarse.
—Me has preguntado si puedes volver al fútbol profesional.
Mário la miró.
—Sí.
—Espero que puedas.
Las palabras lo tomaron por sorpresa.
—¿Espera?
—Es la promesa más fuerte que una cirujana honesta debería hacerte hoy.
Mário asintió. Podía agarrarse a eso. Apenas, pero podía.
La doctora Moura pasó otros quince minutos explicando cosas sobre las que Mário todavía no sabía lo suficiente como para preguntar.
Le enseñó dónde se había roto el menisco medial y por qué conservarlo importaba más a los diecinueve años que limitarse a retirar tejido para acelerar la fase inicial de la recuperación.
Explicó las opciones de injerto, la diferencia entre recuperar la movilidad pasiva y estar preparado para soportar carga, y por qué el fútbol profesional hacía que las decisiones de retorno a la competición fueran mucho más exigentes que las de la vida diaria normal.
Mário prestó más atención cuando habló de cambios de dirección.
—Correr en línea recta no es tu trabajo —dijo ella.
—No.
—Ni aprobar una prueba de gimnasio. Necesitas aceleraciones repetidas, desaceleraciones, giros, contacto, fatiga y toma de decisiones sin que la rodilla cambie tu forma de moverte.
Su padre asentía como si fuera él quien estaba haciendo un examen.
Mário dijo:
—Entonces, cuando parezca normal, todavía no habré terminado.
—Exactamente.
Odiaba la respuesta.
Confiaba más en ella por eso.
Cuando terminó la consulta, Juan se quedó dos minutos con la doctora Moura mientras los padres de Mário lo ayudaban a llegar al pasillo. Su madre empezó inmediatamente a preguntar dónde iban a dormir aquella noche.
—Mamá.
—¿Qué?
—No hace falta que se muden a mi departamento para el resto de la vida.
—Menos mal. Tu departamento tiene unas almohadas horribles.
Su padre se rio.
La risa tomó a Mário por sorpresa y lo desarmó.
Se había pasado toda la consulta agarrado al lenguaje técnico: LCA, menisco, injerto, inflamación, extensión, reconstrucción. Que su padre se riera de las almohadas le recordó que también tenía diecinueve años, estaba lesionado y tenía miedo.
Mário apartó la cara antes de que alguno de sus padres viera el cambio en su expresión.
Su madre lo vio de todos modos. No lo tocó. Eso ayudó.
Mário se quedó a la puerta del hospital apoyado en las muletas mientras sus padres discutían en qué auto iban a volver a Valle de Oro, cuando llamó Barrera.
—¿Es muy grave? —preguntó.
—LCA. Menisco medial.
Una pausa.
—¿Reparable?
—Creen que sí.
—Bien.
Mário soltó una risa breve.
—Todo el mundo sigue diciendo «bien» sobre partes de esto.
—Porque las partes importan.
—Estoy fuera.
—Sí.
—Mi temporada se ha acabado.
—Sí.
—Mi agente tenía clubes de Liga MX llamando.
—Y ahora tienes rehabilitación.
Mário cerró los ojos.
—Muy útil.
—No estoy intentando ayudar a tus sentimientos.
Por supuesto que no.
Barrera continuó:
—Sigues bajo contrato. El club paga la operación y la rehabilitación. Tu sitio en este plantel no depende de que me entretengas mientras estás lesionado.
Mário sonrió a pesar de todo.
—Está bien.
—Estarás en el centro de entrenamiento todo lo que Juan considere útil. No quiero que te quedes mirando jugar a todo el mundo hasta volverte loco.
—También muy útil.
—¿Están ahí tus padres?
—Sí.
—Bien. Llámame después de que vuelvas a hablar con Moura.
Barrera colgó.
Mário se quedó mirando el celular.
Juan esperó a que los padres de Mário se alejaran unos metros antes de hablar.
—Mañana, nada emocionante.
Mário lo miró.
—Excelente.
—Inflamación. Extensión. Activación del cuádriceps. Control del dolor. Vemos cómo se comporta la rodilla durante la próxima semana.
—¿Y después?
—Después, más de lo mismo, pero progresando.
Mário se apoyó en una muleta.
—¿Cuándo toco un balón?
Juan se rio una vez.
—Aprecio la ambición.
—Hablo en serio.
—Ya lo sé. Por eso no voy a darte una fecha.
Mário miró las puertas del hospital.
—¿Y si lo pierdo todo antes de la operación?
—Define todo.
—Velocidad. Fuerza. Los clubes que me estaban viendo. Mi sitio.
La cara de Juan se suavizó lo justo para que la respuesta sonara humana.
—Vas a perder fuerza. La reconstruiremos. La velocidad viene después. Yo no controlo a quién miran los visores. Tu sitio en este club no depende de una medición del cuádriceps.
Mário tragó saliva.
—¿Y si la reconstrucción sale mal?
—Entonces nos ocuparemos de lo que realmente salga mal.
—Eso suena a Sequeira.
—No. Suena a toda la gente competente que te cae mal.
Mário se rio a pesar de todo.
Juan le quitó los papeles de la mano.
—Un problema cada vez.
Aquella noche, eso casi parecía posible.
Su padre salió con la documentación del hospital en la mano.
—¿Te cae bien?
—¿Barrera?
—Sí.
—La mayoría de los días.
—No te suelta discursos de mierda.
—No.
Su padre asintió como si eso resolviera algo.
Volvieron a Valle de Oro aquella noche.