CAPÍTULO 11 #2
—Mantengan la distancia de seguridad y apaguen las linternas principales —ordenó Elena por la frecuencia táctica—.
Julián, te quedas pegado a mí. Los tres se adentraron en el denso pinar.
La hojarasca amortiguaba sus pasos, mientras el viento entre las copas de los árboles producía un silbido cavernoso que erizaba la piel.
Tras quince minutos de marcha siguiendo las coordenadas marcadas en cinabrio, el claro del antiguo taller de restauración surgió ante ellos.
Las ruinas del viejo barracón de madera, medio derruido por los años y la humedad, se alzaban en el centro del claro.
Pero lo que heló la sangre de Elena no fue la estructura podrida, sino el resplandor cálido que emanaba del foso central, la tumba improvisada que ella misma había cavado una década atrás.
Decenas de cirios de cera roja rodeaban la fosa, proyectando sombras danzantes sobre los árboles circundantes.
—Sara, cubre la retaguardia desde el linde de las ruinas — susurró Elena, desenfundando su pistola e internándose en el claro.
Julián avanzó a su lado, con el rostro iluminado por la luz parpadeante de las velas.
Al aproximarse al borde del foso, la escena que se reveló ante sus ojos superó cualquier horror que hubieran presenciado en las escenas de crimen anteriores.
En el fondo de la fosa, reposando sobre un lecho de cinabrio en polvo y agujas de pino secas, yacía la séptima y última víctima.
El cuerpo, moldeado e inmovilizado en una postura casi religiosa bajo una densa capa de cera negra brillante, no pertenecía a un desconocido ni a un miembro del Ministerio.
La figura erguida sobre el lecho vestía el abrigo de cuero oscuro y lucía la placa dorada de la Policía Judicial.
Era el detective Mateo Ríos. Elena dio un paso atrás, con el pulso acelerado.
La cera que cubría el rostro de su antiguo compañero aún proyectaba un ligero vaho bajo el calor de las velas.
En el pecho de Mateo, incrustada directamente sobre la cera, descansaba la tabla flamenca del siglo XVII que había desaparecido del Teatro Municipal.
La reliquia, limpia de la tierra del pasado y restaurada con un brillo sangriento, mostraba ahora la escena completa del retablo flamenco: un grupo de jueces sin rostro presenciando el juicio final de un pecador sumergido en cera carmesí.
—Mateo...
—murmuró Elena, incrédula—. Él era el filtro... el que colocó las pruebas en la caja fuerte de Miller y sacó la tabla del teatro.
—No era solo un filtro, Elena —la voz de Julián sonó baja, grave y dolorosamente cercana a su oído. Elena se giró bruscamente hacia él. Julián no miraba el cadáver de Mateo; sus ojos oscuros contemplaban la tabla flamenca con una mezcla de devoción y resignación absoluta.
—Mateo vendió al supervisor, diez años atrás, la información sobre las deudas y los movimientos de Gabriel — continuó Julián, dando un paso lento hacia el borde del foso—.
Él organizó la extorsión a Gabriel. Y cuando la fiscalía cerró el círculo, el Escultor no podía permitir que el último eslabón corrupto quedara con vida para negociar su condena.
—Julián...
—dijo Elena, sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies al notar la falta de sorpresa en la voz del historiador—.
¿Cómo sabes eso? Julián sacó del bolsillo interno de su abrigo un pequeño frasco de cristal relleno de resina y cera carmesí, el mismo pigmento utilizado en el sellado de las siete víctimas.
—Porque el retablo no podía concluir sin la restitución total, Elena —dijo él, mirándola fijamente a los ojos con una intensidad magnética y desgarradora—.
La Cofradía no era un grupo de asesinos en busca de dinero.
Era un tribunal barroco que mi familia fundó hace tres siglos para castigar a quienes profanaban y comerciaban con el arte sagrado.
Yo soy el último Gran Maestro de la Cofradía.
El silencio del bosque cayó sobre ellos como una losa pesada.
—No... no es posible —susurró Elena, apuntando el arma hacia el pecho de Julián con manos que luchaban por no temblar—. Has estado a mi lado. Me ayudaste a limpiar el nombre de Gabriel... me diste un refugio... nos besamos...
—Y cada palabra que te dije en mi casona era real, Elena — respondió Julián con una ternura infinita que contrastaba con la frialdad del bosque—.
Tu hermano Gabriel no era un pecador; era una víctima inocente atrapada entre la codicia de Miller, la traición de Mateo y la arrogancia de la cúpula ministerial.
Yo no maté a Gabriel. Lo honré. Ejecuté a cada uno de los hombres que arruinaron su vida y te obligaron a cargar con una culpa que no te pertenecía durante diez años.
Dio un paso atrás, hacia el borde encendido de la fosa, abriendo los brazos como si el fuego fuera un altar que llevara toda la vida esperándolo.
—Dispárame, Elena —dijo Julián, con una calma que sonaba casi a súplica—. Termina el retablo tú misma. Tenías que ser tú, para terminar el retablo, pero me enamoré de ti, y tengo que pagar por eso.
—No —respondió Elena, bajando el cañón del arma apenas unos centímetros, con la voz temblando de una furia que llevaba diez años conteniendo—.
No pienso dispararte para completar tu obra, Julián.
No te voy a regalar el final que llevas escribiendo.
Nada de mártires. Nada de retablos. Vas a vivir para que un tribunal de verdad, con jueces reales y sin ningún dios barroco de por medio, decida lo que eres.
Algo se quebró en la mirada de Julián: una grieta minúscula en diez años de control absoluto.
—Entonces lo haré yo mismo —susurró, y trató de caer hacia atrás, directo al fondo encendido de la fosa, con el frasco de resina y cera carmesí todavía apretado en el puño.
Elena disparó una sola vez, sin dudar. La bala impactó en el hombro de Julián a medio caer, desviando su cuerpo lo suficiente para que se estrellara contra el borde de piedra de la fosa en lugar de hundirse en las llamas.
El frasco se le escapó de la mano, rodando lejos del fuego antes de estallar en una llamarada breve e inofensiva sobre la tierra húmeda.
—¡Está vivo!
—gritó Sara, corriendo hacia el borde del foso con las esposas ya en la mano—. ¡Capitana, está vivo! Elena avanzó despacio, sin bajar el arma, hasta quedar de pie sobre Julián Thorne, que se retorcía de dolor contra la tierra fría, con la sangre de su hombro mezclándose con el cinabrio derramado.
—No...
—jadeó Julián, buscando sus ojos con una mezcla de incredulidad y algo parecido al respeto—. Se suponía que tú, entre todos, ibas a entender que esto merecía terminar en fuego.
—Nunca fue tuyo para terminar, Julián —respondió Elena, guardando el arma y haciendo una señal a Sara para que lo esposara—. Esta historia nunca te perteneció. Era de Gabriel. Y ahora también es mía.
Los equipos de emergencia llegaron minutos después, abriéndose paso entre los pinos con camillas y mantas térmicas. Mientras se llevaban a Julián maniatado y consciente hacia la ambulancia, Sara se acercó a Elena, todavía temblando por la adrenalina.
—¿Estás bien, capitana?
—No lo sé —admitió Elena, mirando el resplandor moribundo del fuego en el fondo de la fosa, donde la tabla flamenca, ennegrecida pero intacta, esperaba a ser recuperada como prueba—.
Pero por primera vez en diez años, no tengo que cargar sola con esto.
Sara asintió y llamó por radio a la unidad forense.
El caso del Escultor no terminó esa noche con una pira ni con un mártir.
Terminó con un hombre esposado, un expediente abierto y una capitana que, por fin, había decidido cómo se escribía el final de su propia historia.