Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

LA RED DE CINAbrIO

El resplandor azulado de tres monitores portátiles iluminaba la mesa central de la sala blindada. Fuera, la tormenta que golpeaba los ventanales de la comisaría comenzaba a amainar, pero la atmósfera en el centro de operaciones permanecía al borde del colapso.

—¿Pudiste rastrear el origen de la clave con la que notificaron la subasta, Sara?

—Salió de una dirección IP rebotada a través de tres servidores espejo en Ginebra y Praga —explicó Sara, señalando una cascada de código en el monitor secundario—.

Pero cometieron un error técnico o nos dejaron una migaja deliberada: el certificado Digital Signature Protocol de la cuenta vendedora se validó utilizando el repositorio de firmas del Instituto Anatómico y de Conservación Thorne.

Elena se giró hacia Julián, que permanecía de pie junto al ventanal con una taza de café en la mano, observando las luces lejanas de la ciudad.

—¿Alguien clonó las credenciales de tu laboratorio, Julián, o la red opera desde dentro de tu propio instituto?

— preguntó Elena con voz firme, neutra, pero con una mirada filosa que buscaba cualquier grieta en su compostura. Julián dio un paso hacia la mesa, dejando la taza sobre la madera con absoluta parsimonia.

—El Instituto cuenta con más de cuarenta investigadores, restauradores y becarios internacionales, Elena — respondió con esa voz grave e hipnótica que siempre lograba calmar el ambiente— .

Y la base de datos de materiales antiguos del laboratorio es accesible para cualquiera que trabaje en la catalogación del cinabrio barroco.

Alguien utilizó mi infraestructura como señuelo o para otorgarle autenticidad a la pieza en el mercado negro.

—O para obligarnos a entrar en la puja —añadió Sara, ajustando los auriculares de frecuencia cifrada—. Para poder participar en la subasta como comprador verificado, necesitamos una garantía bancaria de medio millón de euros y una firma de respaldo de una entidad cultural reconocida.

Elena miró a Julián.

—Ahí es donde entras tú. El Instituto Thorne puede respaldar la oferta.

—Y yo seré el postor —asintió Julián, rozando la mano de Elena con un toque breve pero cargado de significado —.

Pero si el vendedor es el Escultor, no busca dinero.

Busca que la capitana Vance rastree la transacción hasta el punto de entrega físico.

A las 22:50 horas, el equipo tenía todo preparado.

Elena, vestida con ropa táctica sin insignias policiales, montó la unidad de rastreo desde un vehículo no rotulado estacionado en el muelle pesquero abandonado de la zona portuaria —el punto geográfico donde la triangulación de la señal de red oscura mostraba el nodo local de transferencia.

En el interior de la furgoneta, Sara operaba la consola de seguimiento de paquetes de datos y la frecuencia del micrófono que llevaba Julián.

Julián avanzó solo hacia el almacén número 7 del muelle.

Llevaba una maleta rígida de fibra de carbono con el equipo de verificación espectrográfica y el terminal satelital listo para validar la transferencia encriptada.

—En línea en tres, dos, uno...

—anunció la voz de Sara a través del earpiece de Elena—.

La subasta está activa. Julián ya está dentro del canal VIP.

Elena empuñó su pistola, pegándose a la pared exterior del almacén.

El olor a salitre, madera podrida y humedad dominaba la noche.

A través del enlace de audio, Elena escuchaba la respiración pausada de Julián y el eco sintético de la plataforma digital.

«Lote 084. Oferta inicial: trescientos mil euros.

Postor 12 ofrece cuatrocientos mil. Postor 07...

» —Inicia el rastreo del servidor de origen ahora, Sara —ordenó Elena en un murmullo.

—Estoy en ello, capitana. El servidor está inyectando paquetes de datos desde una terminal física situada a menos de cincuenta metros de la posición de Julián.

El vendedor no está al otro lado del mundo...

está dentro del almacén. Elena sintió una descarga de adrenalina.

Hizo una señal a Sara para que se mantuviera en el vehículo y avanzó hacia la puerta lateral de metal corrugado del granero pesquero.

La chapa cediéndose con un crujido imperceptible al empujarla.

Dentro, la penumbra era casi total, salvo por la luz tenue de una pantalla que descansaba sobre una caja de madera de embalaje en el centro de la nave abandonada.

Julián estaba de pie frente a la pantalla, con el maletín abierto.

Sobre la caja no estaba la tabla flamenca.

En su lugar, iluminado por el reflejo del monitor, había un gran bloque de cera roja aún tibia, dentro del cual se encontraba sumergido un teléfono satelital que emitía la señal de la puja de forma automatizada.

—Es una trampa de retransmisión, Elena —dijo la voz de Julián resonando en la inmensidad del almacén. Él no se había girado, pero sabía que ella estaba a sus espaldas. Elena irrumpió con la linterna táctica y la SIG Sauer en alto, barriendo los rincones oscuros de la nave.

—¡Julián, aléjate de la caja!

—gritó Elena. Antes de que Julián pudiera dar un paso, el teléfono dentro de la cera comenzó a sonar.

El altavoz del terminal se activó automáticamente, multiplicando una voz distorsionada por un modulador analógico que retumbó en las vigas del techo: «Bienvenida a la puja, Capitana Vance.

Felicidades por la placa... y por la ejecución de Miller.

Era un peón inservible en un tablero que ya no le pertenecía.

» Elena avanzó con el arma apuntando al dispositivo.

—¿Dónde está la tabla?

—exigió Elena con la voz dura como el acero—.

¡El caso está reabierto y tengo a todo el cuerpo desplegado!

¡Se te acabó el tiempo! «La tabla nunca estuvo a la venta para el mercado negro, Elena» — rio la voz modulada con un tono escalofriante—.

«La subasta era solo el hilo de cera para atraer al historiador y a la policía al lugar correcto.

La tabla ha vuelto al único sitio donde la verdad de tu hermano puede consagrarse.

Revisa el correo privado de la capitanía.

» La llamada se cortó de golpe. El bloque de cera comenzó a derretirse rápidamente sobre la madera por una resistencia térmica interna, destruyendo los circuitos del teléfono y el disco duro secundario en una nube de humo tóxico con aroma a cinabrio y resina.

—¡Elena, sal de ahí!

—advirtió Julián, tomándola del brazo para arrastrarla hacia la salida antes de que las emanaciones del químico llenaran el recinto.

Diez minutos después, de vuelta en el centro de mando móvil de la furgoneta, Sara mostraba con manos temblorosas la pantalla del correo institucional de Elena.

Un archivo adjunto sin firmar contenía un plano vectorial de alta precisión: la planta arquitectónica del antiguo campamento de restauración del bosque de los Pinos, el mismo lugar donde hace diez años Gabriel disparó al supervisor y donde Elena enterró la tabla flamenca.

En el centro del plano del bosque, marcado con una cruz de cinabrio rojo, figuraba un mensaje manuscrito scanner: «La sexta escultura se ha retirado del teatro.

La séptima pieza no se moldeará en la ciudad.

El retablo concluye en la tumba donde todo comenzó.

Trae a tu asesor, capitana. Él sabe perfectamente cómo termina esta obra.

» Elena miró el plano y luego giró lentamente la cabeza hacia Julián.

La sombra de la duda, contenida durante semanas por la atracción y el consuelo mutuo, volvió a instalarse en el aire gélido de la furgoneta.

—Él dijo que tú sabes cómo termina esto, Julián —susurró Elena. Julián sostuvo la mirada de Elena con una serenidad inquebrantable, aunque sus ojos reflejaban una profunda y trágica gravedad.

—Sé cómo terminan los retablos del cinabrio barroco, Elena —respondió él, tomando la mano helada de la capitana entre las suyas—.

Exigen el sacrificio de quien descubrió el secreto.

Si volvemos al bosque de los Pinos, no iremos como policías...

iremos a cerrar nuestra propia condena. Elena apretó el puño sobre la mesa, mirando fijamente el mapa del bosque donde descansaban las cenizas de su pasado.

—Preparen el equipo de asalto nocturno —ordenó Elena a Sara con la voz convertida en piedra—.

Nos vamos al bosque de los Pinos El convoy de tres vehículos no rotulados avanzaba por la carretera comarcal en medio de una oscuridad cerrada.

Las luces de cruce apenas lograban perforar la niebla espesa que descendía desde los picos cercanos, envolviendo los troncos alineados del bosque de los Pinos en un sudario gris y húmedo.

Elena ocupaba el asiento delantero del primer todoterreno, revisando la carga de su arma.

A su lado, Julián mantenía la vista fija en la espesura del follaje, sereno pero con la mandíbula apretada.

En el asiento trasero, la subinspectora Sara Chen monitoreaba en silencio la señal de la baliza térmica sobre el plano digital del viejo campamento.

—Llegamos al perímetro norte, capitana —anunció Sara con voz contenida—.

A partir de aquí el terreno es impracticable para los vehículos.

Debemos continuar a pie. Elena descendió del vehículo sintiendo el choque del aire helado contra el rostro.

El olor a pino mojado y tierra húmeda la transportó de golpe a la noche de diez años atrás: los gritos aterrorizados de Gabriel, el estruendo del disparo y el esfuerzo agónico de sus dedos escarbando el barro para ocultar la tabla flamenca junto al cuerpo del supervisor.