CAPÍTULO 10
LA CORONA DE CERA
La lluvia azotaba sin tregua los ventanales de la comisaría central.
En el despacho principal, el capitán Miller contemplaba el vacío con los ojos desencajados.
Sobre su escritorio no solo reposaban las citaciones de la fiscalía especial, sino una serie de carpetas rojas que Julián y Elena habían filtrado a Asuntos Internos esa misma madrugada.
Las transferencias bancarias a cuentas en el extranjero, los pases de acceso firmados para la fundición de los Moretti y las grabaciones secretas no dejaban lugar a dudas: Miller figuraba como el engranaje clave de la Cofradía dentro del cuerpo policial.
Antes de que las patrullas de la unidad judicial cruzaran el perímetro para arrestarlo, la radio de emergencias de la central estalló en estática con una llamada de máxima prioridad.
—¡Unidad cero a central! Tenemos un código rojo en el antiguo Teatro Municipal.
Repito, un nuevo hallazgo. Se solicita intervención inmediata.
Elena y Julián llegaron a la escena del crimen antes que la comitiva de la fiscalía.
La fachada neoclásica del teatro se alzaba como un coloso en ruinas en mitad de la noche.
Al cruzar el patio de butacas, el hedor rancio a cera derretida y pigmentos minerales cubría todo el recinto.
En el centro del escenario, bajo el foco cenital, yacía la sexta víctima.
Se trataba del propio delegado del Ministerio del Interior —el mismo hombre que horas antes había firmado la orden de suspensión contra Elena—.
Su cuerpo estaba fijado a un marco de madera noble, completamente bañado en cera negra brillante.
En sus manos entrelazadas sostenía un cartel en latín con la palabra «IUDICIUM» (Juicio).
Sin embargo, lo que paralizó a Elena no fue el cadáver del alto cargo ministerial, sino el altar lateral sobre el que debía descansar la prueba reina.
La tumba de piedra donde el mensaje previo ubicaba la tabla flamenca del siglo XVII estaba vacía.
La reliquia que Gabriel y ella habían enterrado diez años atrás en el bosque de los Pinos había desaparecido sin dejar rastro de virutas ni residuos de tierra.
—Se la han llevado —susurró Elena, apretando los puños mientras contenía el aliento frente al escenario desolado—. La tabla ya no está aquí. Julián se acercó al pedestal de piedra, pasando un guante de látex sobre la superficie limpia.
—El ejecutor no vino a exhibir la tabla, Elena —dijo Julián con voz baja y calculadora—.
Vino a recuperarla. El sacrificio del delegado fue la maniobra de distracción perfecta para sacarla del perímetro mientras la policía concentraba sus unidades en el parque y en la fundición.
En ese instante, Mateo Ríos irrumpió en el escenario del teatro flanqueado por cuatro agentes de la Policía Judicial.
Sostenía en la mano la orden de detención inmediata contra el capitán Miller, pero al ver a Elena junto al nuevo cadáver, su rostro se desencajó por completo.
—Miller ha sido arrestado en su despacho —anunció Mateo con la voz temblorosa, mirando aterrado la figura encerada del delegado ministerial—.
Asuntos Internos encontró en el registro de su caja fuerte dos frascos de cera carmesí y los sellos originales de la Fundación Diocesana.
Está acabado. La fiscalía lo considera el cerebro operativo junto a los Moretti.
Elena mantuvo una frialdad matemática. Sabía que la incriminación de Miller era el movimiento definitivo para desarticular la cúpula visible de la red, pero también sabía que la tabla flamenca estaba ahora en manos de un coleccionista invisible.
—¿Y la investigación, Mateo?
—preguntó Elena con aplomo.
—El Ministerio necesita frenar este escándalo mediático hoy
mismo —respondió Mateo, tragando saliva antes de dirigirse formalmente a ella—.
Miller ha sido destituido de forma fulminante y encarcelado sin fianza.
Con la implicación del Ministerio y de la Interpol disuelta, la junta del Gobierno te ha restablecido todos los poderes.
Mateo hizo una pausa, adoptando una postura de firmeza institucional antes de entregarle una orden sellada con tinta azul.
—Por decreto de la fiscalía y con el visto bueno del comité de emergencia, quedas nombrada capitana interina del cuerpo.
Asumes el mando total de la jefatura y de la investigación del Escultor con efecto inmediato.
Julián miró a Elena con un destello de profunda complicidad en los ojos.
Para la administración y la fiscalía, Elena Vance era la heroína trágica que había destapado la corrupción interna tras perder a su hermano; no existía ningún indicio, documento ni huella que la ligara a ella o a Gabriel con la desaparición original de la tabla flamenca en el bosque de los Pinos.
Su expediente permanecía impecable, protegido por el propio halo de víctima del caso.
Elena tomó el documento oficial y se colocó el distintivo en la solapa de su abrigo.
Miró el escenario vacío donde la tabla había estado momentos antes y luego fijó la vista en Julián.
—Limpien el teatro y lleven el cuerpo al anatómico —ordenó Elena con la autoridad indiscutible de su nuevo cargo—.
Asumo el mando. Mientras los agentes comenzaban a acordonar la zona, Elena y Julián caminaron hacia la salida bajo el pórtico del teatro.
La lluvia comenzaba a amainar, dejando tras de sí un aire frío y despejado.
—Ahora tienes el control de la policía, capitana —murmuró Julián a su lado, tomándole la mano en la penumbra del pórtico con un apretón firme—. Puedes mover las unidades a tu antojo.
—Tengo la placa y la jefatura, Julián —respondió Elena en un susurro cargado de determinación, devolviéndole la mirada— , pero la tabla flamenca está en manos del verdadero Maestro.
Y ahora que tengo los recursos de la policía, la cacería no ha hecho más que empezar.
La celda de aislamiento del módulo de máxima seguridad olía a humedad y a desinfectante industrial.
Tras la reja reforzada, el ex capitán Miller parecía haber envejecido diez años en cuestión de horas.
Despojado de su uniforme, con un mono gris de presidio y las manos encadenadas a la cintura, caminaba de un lado a otro como un animal acorralado.
El chasquido metálico de la cerradura anunció la entrada de Elena.
Vestía su nuevo abrigo oscuro de capitana, con la placa oficial brillando en la solapa.
Tras ella, la puerta pesada se cerró con un retumbo sordo.
Miller se abalanzó contra el cristal blindado que los separaba, pegando las palmas de las manos a la superficie.
—¡Elena! ¡Tienes que escucharme, por el amor de Dios!
—suplicó Miller, con la voz ronca y los ojos inyectados en sangre—.
¡Me han tendido una trampa! ¡Te juro por la memoria de tu hermano que yo no puse esa cera en mi caja fuerte!
Elena se sentó al otro lado del mostrador de metacrilato con una frialdad glacial, apoyando la libreta de notas sobre la mesa.
—Las transferencias bancarias a la cuenta de las Islas Caimán llevan tu firma digital, Miller —dijo Elena con voz pausada, desprovista de cualquier atisbo de compasión—.
Las órdenes de traslado que permitieron a Laurent ejecutar a los hermanos Moretti salieron de tu terminal.
Estás dentro hasta el cuello. —¡No! ¡Alguien usó mis credenciales!
—gritó Miller, golpeando el cristal—. Admito que recibí presiones del Ministerio para frenar a la prensa, ¡sí!
Admito que miré hacia otro lado cuando el delegado me lo pidió porque temía por mi carrera...
¡pero yo no soy el Escultor! ¡Alguien sembró los frascos de cera carmesí y los sellos en mi despacho antes de que llegara Asuntos Internos!
¡Me convirtieron en el chivo expiatorio perfecto para que te nombraran capitana a ti y el caso se diera por resuelto!
Elena no pestañeó, pero las palabras de Miller resonaron con un eco incómodo en su mente.
—¿Quién tenía acceso a tu caja fuerte además de ti?
—preguntó Elena, inclinándose hacia adelante.
—Solo la cúpula... y Mateo —susurró Miller, sudando copiosamente—.
Mateo fue el último en salir de mi oficina antes de la redada.
Elena, no te fíes de nadie. La persona que te entregó la jefatura es la misma que colocó la tabla en el teatro y luego la hizo desaparecer.
Elena se puso de pie despacio, guardando la libreta en el bolsillo. —Nos veremos en el juicio, Miller.
—¡No me dejes aquí, Vance!
—chilló el ex capitán mientras los guardias lo reducían—.
¡El retablo no ha terminado! ¡Tú eres la pieza central!
Durante las cuatro semanas posteriores a la caída de Miller, la comisaría central vivió una purga sin precedentes.
Elena utilizó su nueva autoridad de capitana para desmantelar la antigua cúpula de la brigada.
Destituyó a Mateo Ríos de forma fulminante tras detectar inconsistencias severas en sus informes patrimoniales y reasignó al resto de los agentes veteranos a distritos periféricos.
Para su nuevo equipo de confianza, Elena redujo el núcleo operativo a solo dos personas: la subinspectora Sara Chen —una joven analista de inteligencia táctica, meticulosa, incorruptible y sin lazos con la antigua administración— y Julián Thorne, a quien ratificó formalmente como asesor especialista adjunto a la Capitanía.
En la planta superior de la comisaría, la sala de reuniones se convirtió en un centro de operaciones blindado, accesible únicamente mediante clave biométrica.
Sobre la gran pizarra magnética que dominaba la estancia, las fotografías de las seis víctimas permanecían alineadas bajo la luz tenue de los focos, La secuencia de seis víctimas estaba completa en la pizarra: nadie en la sala necesitaba que se lo recordaran en voz alta.
Sara Chen colocó sobre la mesa tres carpetas gruesas con los expedientes financieros, personales y médicos de los fallecidos, junto al informe forense completo de Gabriel.
—Capitana, he terminado el cruzamiento de datos de los últimos diez años que me pidió —anunció Sara, ajustándose las gafas mientras abría un mapa digital en la pantalla central— .
A primera vista, las víctimas no compartían círculos sociales ni cuentas bancarias comunes.
Pero al escanear los archivos notariales antiguos, encontramos la coincidencia.
Julián se acercó a la pantalla, colocándose al lado de Elena.
Su mano rozó la espalda de la capitana con un gesto discreto de apoyo que Sara pretendió no notar.
—Muéstranos, Sara —ordenó Elena.
—Hace exactamente diez años —explicó la subinspectora— , cinco de las víctimas ya registradas tenían un vínculo documentado con la Fundación del Patrimonio Diocesano.
Cuatro aparecían como patronos o colaboradores directos; Gabriel figuraba como aprendiz del taller de restauración del bosque de los Pinos. Elena frunció el ceño.
—Gabriel? Su registro corresponde al programa de aprendices del taller?
—No solo como aprendiz, capitana —intervino Julián con voz grave, señalando una fecha en la pantalla—. Sino como becario registrado en el taller de restauración del bosque de los Pinos.
Elena sintió un vuelco en el corazón.
—Las cinco primeras víctimas vinculadas al caso —continuó Sara— estuvieron presentes en el campamento de restauración del bosque la misma semana de verano en que la tabla flamenca desapareció.
El anticuario la tasó, el profesor autentificó la madera, el delegado gestionó la subvención gubernamental...
y su hermano Gabriel trabajaba como aprendiz en el taller donde se custodiaba la reliquia.
—Y el hombre al que Gabriel disparó esa noche...
—dedujo Elena, cerrando los puños con fuerza— no era un extraño. Era el supervisor del taller.
—Exacto —asintió Julián, mirando fijamente la fotografía de la tabla vacía en la pizarra—.
La Cofradía no está ejecutando a desconocidos al azar.
El Escultor está eliminando uno a uno a todos los testigos y cómplices que presenciaron el momento exacto en que la tabla flamenca fue robada y enterrada en el bosque.
Elena miró la pizarra con la mente trabajando a mil por hora.
La inocencia que siempre le había atribuido a su hermano pequeño comenzaba a teñirse de matices oscuros y trágicos.
Gabriel no se había tropezado por casualidad con la trama; él era la última pieza que unía el robo del pasado con las ejecuciones del presente.
—¿Y qué pasa con la tabla, Sara?
—preguntó Elena—. ¿Alguna pista de su paradero tras la reapertura del teatro?
—Ninguna en los canales policiales —respondió la subinspectora—.
Pero las bases de datos del mercado negro internacional acaban de registrar una alerta roja hace dos horas.
Alguien está ofreciendo una pintura flamenca del siglo XVII con pigmentos de cinabrio en una subasta privada en la red oscura.
Y el vendedor utiliza las iniciales del taller del Instituto Thorne.
Elena se giró bruscamente hacia Julián. El historiador mantuvo la calma, sosteniendo la mirada de Elena con una serenidad imperturbable.