Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

EL RETABLO IMPERFECTO

El despacho de Julián amaneció envuelto en una calma ficticia.

Los mapas topográficos, las listas de llamadas de la línea privada del capitán Miller y las fichas de los sospechosos cubrían la gran mesa de caoba.

Durante la madrugada, el acceso remoto a las redes de telecomunicaciones que Julián facilitó permitió confirmar la primera sospecha: dos horas antes del asesinato de Gabriel, la línea personal de Miller registró tres llamadas salientes dirigidas a un número encriptado adscrito al Ministerio del Interior.

Elena, con la taza de café amargo entre las manos y el cabello recogido sin esmero, leía los registros junto a Julián.

—Miller no solo recibió órdenes —dijo Elena con la voz firme, aunque sus ojos acusaban la falta de sueño—.

Él facilitó la ubicación de la casa de seguridad donde Gabriel intentaba ocultarse.

Vendió a mi hermano para cerrar la pinza.

Julián se situó tras ella, apoyando sus manos con firmeza sobre los hombros de la inspectora.

El contacto transmisor de su calor trajo a Elena un ancla instantánea en mitad del torbellino.

—Y Mateo actuó como el brazo operativo en el terreno — añadió Julián suavemente, inclinándose para rozar con los labios la mejilla de Elena—.

Pero la cadena de mando no termina en el comisario.

Hay un mecenas por encima de Laurent que exigía la ejecución del retablo sin interferencias de la prensa.

Antes de que Elena pudiera analizar el siguiente extracto bancario, el televisor encendido en silencio en un rincón del despacho comenzó a parpadear con el rótulo rojo de «ÚLTIMA HORA».

Elena tomó el mando y subió el volumen. «...

transmitiendo en directo desde el Parque Botánico Central.

La difusión de nuevas imágenes del cadáver de Gabriel en circunstancias idénticas a las del denominado «Asesino de Cera» ha desatado una ola de pánico institucional.

Apenas veinticuatro horas después de que el Ministerio del Interior diera el caso por cerrado atribuidos a los fallecidos hermanos Moretti, la aparición de nuevas imágenes de la quinta víctima ha desmontado la versión oficial.

Decenas de periodistas se concentran a las puertas de la Jefatura exigiendo explicaciones al capitán Miller... »

Elena se puso de pie de golpe. En la pantalla, un canal de noticias local difundía en directo una alerta de última hora: fotografías filtradas del cuerpo de Gabriel en las catacumbas del panteón, acompañadas de rumores de que la policía había clasificado el caso para encubrir a los verdaderos responsables.

—Alguien ha filtrado la escena, Julián —murmuró Elena, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la columna—.

Y no ha sido el Escultor: alguien de dentro quiere que esto explote antes de que el Ministerio pueda enterrarlo del todo.

A las tres de la tarde, la Jefatura de Policía parecía un fuerte sitiado.

Una multitud de reporteros, camarógrafos y ciudadanos indignados colmaba las escalinatas de la entrada.

La presión mediática, alimentada por el evidente fracaso de la versión ministerial sobre los Moretti, obligó al Gobierno a suspender temporalmente la baja de Elena y a convocar una comparecencia urgente.

Elena y Julián ingresaron por el acceso posterior de la central.

En el pasillo principal se cruzaron con Mateo Ríos.

El detective vestía su abrigo impecable, pero su mirada denotaba un nerviosismo inocultable al ver a Elena caminando codo a codo con Julián.

—Elena... no deberías estar aquí —dijo Mateo, bloqueando el paso con un tono que pretendía ser conciliador—. El capitán está dentro con el delegado. Esto es un polvorín. Elena se detuvo a escasos centímetros de su antiguo compañero, clavándole una mirada cargada de un desprecio helado.

—¿Te resulta incómodo ver que la historia oficial se derrumba,

Mateo?

—preguntó ella en un susurro audible solo para los tres—. La

filtración de las fotos de Gabriel demuestra que tus jefes mataron

a los hermanos Moretti para tapar su propia basura, no para

proteger a la ciudad.

—Ten mucho cuidado con lo que acusas, Vance —amenazó

Mateo en voz baja, cerrando los puños—. Estás fuera del cuerpo. —Ella no está sola, detective —intervino Julián, dando un paso

al frente con una presencia imponente que obligó a Mateo a dar un

paso atrás—. Y los expedientes que respaldan las llamadas de esta

madrugada ya no están en los servidores de la comisaría. Están

en un lugar donde la Interpol no puede borrarlos. Mateo mudó

de color, tragando saliva antes de dar media vuelta y alejarse a

grandes zancadas hacia el despacho de Miller.

—No van a cerrar este caso, Julián —sentenció Elena con la voz

convertida en acero—. Vamos a utilizar la presión de la prensa para

obligar a Miller a revelar el nombre del coleccionista. Y esta vez,

seré yo quien elija el escenario del juicio final. El estruendo de los

flashes y el murmullo ensordecedor de los periodistas rebotaban

en las paredes de mármol del vestíbulo de la Jefatura. El capitán

Miller, flanqueado por Mateo Ríos y los portavoces del Ministerio,

intentaba mantener la compostura tras el atril de prensa. —...se trata de un evento aislado que la policía científica

está evaluando —declaraba Miller con voz monótona, leyendo el

borrador oficial mientras se limpiaba el sudor de la frente con un

pañuelo—. Reiteramos que los principales sospechosos de la red

fueron neutralizados en la operación de la fundición... —¡Eso es mentira, capitán!

—la voz de Elena retumbó desde el fondo del vestíbulo,

cortando al comisario como un hachazo. La multitud de reporteros

giró en masa. Los focos de las cámaras iluminaron a Elena Vance,

que avanzaba por el pasillo central escoltada por Julián Thorne.

Aunque vestía de paisano y carecía de placa, la determinación en

su rostro imponía un respeto inmediato.

—Inspectora Vance, esta no es una comparecencia abierta

—intervino Mateo, dando un paso al frente con el rostro

desencajado—. Retírese de la sala.

—El cadáver del Parque Botánico lleva en su cuello las iniciales

de mi familia y el pigmento exclusivo de La Cofradía —dijo

Elena, dirigiéndose directamente a las cámaras de televisión—.

Los hermanos Moretti no eran los cerebros; eran simples ejecutores

al servicio de un mecenas que opera dentro de esta misma ciudad.

La policía dio el caso por cerrado prematuramente para encubrir

una red de tráfico de arte y homicidios bajo encargo. El caos se

apoderó de la sala. Los periodistas comenzaron a gritar preguntas

al unísono, apuntando con los micrófonos hacia Miller, cuyo rostro había pasado del rubor a un pálido cadavérico.

Julián se situó junto al atril, sacando de su maletín de cuero una carpeta con las copias impresas de los registros telefónicos y las transferencias bancarias no rastreadas que conectaban a la comisaría con el taller

del antiguo Museo Diocesano.

—El taller donde se moldeó la cera del último cadáver

—anunció Julián con una proyección de voz implacable —

funcionaba bajo el amparo de la Fundación para la Conservación

del Patrimonio, presidida por el propio delegado del Ministerio.

El caso no está resuelto porque los verdaderos culpables firman

las órdenes de cierre. Miller miró desorientado a Mateo, pero

su subordinado simplemente dio un paso atrás, apartándose

de la línea de visión de las cámaras para no quedar salpicado

por el desastre mediático. La presión pública se había vuelto

incontrolable; en cuestión de minutos, la transmisión en directo

convirtió el escándalo en una crisis nacional que ningún despacho

ministerial podría sofocar.

De vuelta en el despacho de Julián, Elena no podía apartar la

mente del residuo dorado que el doctor Arispe había hallado bajo

las uñas de Gabriel.

—No es solo un ataque a tu familia, Elena —dijo Julián,

repasando una vez más las fotografías forenses del cuello de

Gabriel con una lupa de bolsillo—. Esto es una confesión. —¿De qué estás hablando, Julián?

—preguntó ella, con la voz temblorosa por la reaparición del

fantasma de su hermano. Julián se giró hacia ella, tomando sus

manos congeladas entre las suyas para transmitirle firmeza. Julián hizo una pausa antes de continuar. Por primera vez,

decidió delimitar aquello que había sabido desde el comienzo. —Reconocí la firma de la Cofradía desde la primera escena

—dijo—. Conocía sus métodos y sabía que buscaban una tabla

flamenca desaparecida. Lo que no sabía era que tú estabas

relacionada con el robo ni que el caso terminaría utilizándote como

eje. Eso lo descubrí después, cuando el cuaderno apareció y el

patrón empezó a cerrarse sobre ti.

—El Escultor no eligió el bosque de los Pinos por casualidad

hace diez años, Elena. Tampoco eligió a Gabriel de forma arbitraria.

Quien está detrás de La Cofradía no es un desconocido que se

tropezó con tu secreto... es la persona que provocó el incidente en

el bosque desde el principio. Elena frunció el ceño, intentando hilar

los recuerdos de aquella noche aciaga.

—El hombre al que Gabriel disparó... el prestamista... —El prestamista era un ejecutor del gremio —reveló Julián

en voz baja, acercándose a su oído—. Trabajaba para el taller de

restauración del antiguo Museo Diocesano. Tu hermano no cayó en

una deuda de juego común; lo manipularon para que transportara

una tabla flamenca robada. Cuando el prestamista intentó silenciar

a Gabriel, tú interviniste y lo enterraste. Elena sintió que el mundo

giraba a su alrededor. Las piezas del rompecabezas encajaban con

una lógica aterradora.

—El Escultor... es el dueño de la tabla —dedujo Elena, con los

ojos abiertos por el impacto—. No está ejecutando crímenes al azar

para crear arte. Está utilizando la estructura de La Cofradía para

cobrar la deuda de la obra de arte que enterré junto al cadáver en

el bosque de los Pinos.

—Exacto —asintió Julián, apretando la mano de Elena con

intensidad—. La quinta escultura no es el final de una serie

religiosa. Es la factura de tu pasado. Y quien dio la orden de cerrar

el caso en el Ministerio es el mismo coleccionista que financió la

búsqueda de esa tabla durante diez años. Elena cerró los puños

hasta clavarse las uñas en la palma y luego fijó la vista en los ojos

oscuros de Julián. El dolor por la pérdida de Gabriel se transformó

en una sed de venganza implacable. La prensa presionaba afuera

para reabrir la investigación, la policía estaba dividida por la

corrupción y el verdadero cerebro de la red pensaba que la tenía

acorralada.

Dos horas más tarde, en el refugio de la casona de Julián, la

televisión emitía el boletín de noticias de la noche. El Ministro

del Interior se había visto obligado a comparecer en rueda de

prensa para anunciar la reapertura inmediata de la investigación,

la suspensión cautelar del capitán Miller y la designación de un

fiscal especial para auditar a la jefatura provincial. Elena observaba

las imágenes desde el sofá del despacho, con la cabeza apoyada

en el hombro de Julián. La victoria mediática, sin embargo, no le

devolvía el sueño ni aplacaba el vacío helado que la muerte de

Gabriel había dejado en su pecho.

—Hemos destapado la cobertura policial —dijo Elena en voz

baja, sintiendo el ritmo pausado del corazón de Julián contra su

mejilla—. Pero Miller y Mateo solo eran los peones de contención.

El coleccionista... el hombre que financió la búsqueda de la tabla

flamenca que enterré en el bosque sigue libre.

Julián le acarició el cabello con delicadeza, deslizando la mano

hasta su nuca para atraerla hacia él en un abrazo protector. —El coleccionista ya no tiene el escudo del Estado, Elena —

murmuró Julián, depositando un beso tierno en sus labios, cargado

de la complicidad y el afecto que se había consolidado entre ellos

en mitad del caos—. Al exponer la fundación, le hemos quitado

su anonimato. La figura del ’Escultor’ necesita un escenario para

la consagración final, y sabe que tú eres la única que puede cerrar

el círculo. Elena buscó la mirada de Julián en la penumbra de la

estancia. La atracción física y emocional que había surgido entre

ambos en los últimos días se convirtió en un ancla de humanidad

en medio de tanta muerte. Se inclinó hacia él y lo besó con

lentitud, saboreando la tibieza de sus labios mientras sus dedos se

enredaban en el cuello de su camisa. Julián correspondió al beso

con una intensidad contenida, rodeando la cintura de Elena con

sus brazos para estrecharla contra su pecho. Por unos instantes,

la venganza y el dolor de la pérdida quedaron suspendidos en el

ambiente del despacho, reemplazados por el refugio mutuo que

habían encontrado el uno en el otro. Al separarse despacio, con

las respiraciones agitadas y las frentes unidas, el teléfono personal

de Elena vibró sobre la mesa de caoba. El mensaje entrante

provenía de un número desconocido, sin texto alguno, únicamente

acompañado por una imagen adjunta. Elena tomó el terminal con

mano firme y abrió el archivo. La fotografía mostraba el interior

abovedado de la antigua Capilla del Silencio, en el corazón del

cementerio norte. En el centro del altar de piedra, iluminado por la

luz tenue de varias velas de cebo, se erigía una estructura metálica

vacía con la forma exacta del contorno del cuerpo de Elena. A los

pies del pedestal descansaba la tabla flamenca del siglo XVII que

ella y Gabriel habían enterrado diez años atrás en el bosque de los

Pinos, limpia de tierra y bañada en cinabrio. Al pie de la imagen,

una sola frase en latín servía de sentencia: «In cera tua, veritas

nostram.» (En tu cera, nuestra verdad). Elena levantó la vista hacia

Julián. Sus ojos ya no reflejaban dudas ni vacilaciones; el duelo por

su hermano se había sublimado en una resolución inquebrantable. —El retablo está listo, Julián —dijo Elena, guardando el

teléfono y tomando su arma no reglamentaria de la mesa—. Es

hora de ir a pagar la deuda del bosque.