Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

—El caso del «Escultor» y la llamada Cofradía del Cinabrio queda clasificado bajo la Ley de Secretos Oficiales y Seguridad del Estado —declaró el delegado sin pestañear—.

La investigación policial queda formalmente cerrada a partir de este momento.

El impacto de las palabras resonó en el despacho como un disparo de cañón.

—¿Cerrada?

—exclamó Elena, dando un paso al frente—. ¡Mi hermano fue asesinado hace diez horas! ¡Tenemos una red de homicidios internacionales actuando en la ciudad!

—La versión oficial para la prensa —interrumpió Miller con la voz apagada y sin mirar a Elena a los ojos— será que los dos hermanos Moretti fueron los únicos autores materiales e intelectuales de los crímenes.

Se informará de que fallecieron en un tiroteo durante el operativo de la fundición. El caso está resuelto, Elena.

—¡Eso es una falacia insostenible!

—intervino Julián Thorne con voz tajante—.

La muerte de Paolo y Giancarlo fue una ejecución limpia dentro del sótano mientras estaban bajo la custodia del inspector Laurent de la Interpol.

¿El Ministerio va a tapar la infiltración de una red internacional dentro del propio Estado?

El delegado miró a Julián con una frialdad despectiva.

—El inspector Laurent ha sido reasignado a su sede en Lyon, doctor Thorne. Y le sugiero que cuide sus palabras si no quiere que la asignación presupuestaria de su Instituto pase por una auditoría fiscal severa. El delegado tomó el expediente sellado, lo guardó en su maletín de cuero y miró a Elena.

—Inspectora Vance, a partir de mañana se le concede una baja psicológica retribuida de tres meses.

Entregue su placa, su arma reglamentaria y el control de accesos antes de salir del edificio.

Es una orden directa del Ministerio. Elena se quedó petrificada.

Miró al capitán Miller buscando un atisbo de la dignidad que el oficial solía defender, pero Miller simplemente bajó la cabeza y asintió levemente.

—Es lo mejor para todos, Vance. Descansa. Veinte minutos después, en el aparcamiento subterráneo de la Jefatura, Elena guardaba sus pertenencias en una caja de cartón. Mateo Ríos la esperaba junto a su coche no balizado, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

—No me mires así, Elena —dijo Mateo en voz baja cuando ella se acercó—.

Sabes que yo no tengo nada que ver con las órdenes de los de arriba.

Miller tenía las manos atadas. Elena dejó la caja sobre el capó del vehículo y miró fijamente a su compañero de los últimos cinco años.

Observó el reloj de marca cara que Mateo lucía en la muñeca —un lujo que un sueldo de detective jamás podría pagar— y la frialdad con la que había aceptado la versión de los disparos en la fundición.

—El reloj es nuevo, Mateo —dijo Elena con una voz desprovista de emoción—. ¿Te lo regalarías por tu buen trabajo en el foso del bosque? Mateo mudó de color, pero recuperó la compostura de inmediato.

—Estás alterada, Elena. Estás viendo fantasmas donde no los hay. Vete a casa y deja que las cosas se calmen. Julián Thorne se colocó al lado de Elena, tomándole la mano con un gesto protector que no pasó desapercibido para Mateo.

—Vámonos, Elena —dijo Julián—. Aquí no queda nada que buscar.

Elena subió al asiento del copiloto del Jaguar de Julián después de comprobar que el agente de enlace había cerrado el parte de traslado y que no había otra unidad disponible.

Mientras el vehículo abandonaba la penumbra del garaje policial y salía a la lluvia de la calle, Elena abrió su bolso.

En el fondo descansaba una pequeña grabadora digital encendida y un duplicado de la llave maestra de la oficina del capitán Miller que había logrado sustraer antes de entregar su placa.

—¿Cerraron el caso, Julián?

—preguntó Elena, mirando por el retrovisor cómo la figura de Mateo se empequeñecía a la distancia.

—Lo enterraron en papel, Elena. Pero la cera no se borra con un sello gubernamental —respondió él, cambiando de marcha. Elena se giró hacia Julián. Sus miradas se cruzaron con la complicidad secreta que había nacido entre ellos tras el duelo y la traición.

—Miller sabía lo del bosque. Mateo recibió un pago.

Y el inspector Laurent es la mano ejecutora —dijo Elena con la voz convertida en acero—.

No voy a tomarme una baja, Julián. Voy a investigar a mi propio equipo, empezando por Miller.

Julián sonrió en la penumbra del vehículo, un gesto lento y misterioso que iluminó sus ojos oscuros.

—En ese caso, inspectora... permítame ser su cómplice en la caza.

El Jaguar de Julián cortaba la lluvia de la tarde mientras ascendían por la carretera sinuosa que conducía a las colinas del norte, lejos del perímetro del centro urbano.

El destino no era el apartamento expuesto de Elena ni la sede del Instituto de Conservación Thorne.

Julián se detuvo ante una antigua verja de hierro forjado que abría paso al terreno de una casona de piedra de principios del siglo XX, oculta entre la frondosidad de los cipreses: su residencia privada.

—Aquí estaremos a salvo de las patrullas y de la vigilancia discreta que Miller sin duda habrá colocado en tu calle —dijo Julián, apagando el motor.

Elena bajó del vehículo abrazando la caja de cartón con sus escasas pertenencias policiales.

Al cruzar el umbral de la casona, el ambiente la recibió con un aroma acogedor a madera tratada, libros encuadernados en piel y cera de abeja natural.

No había rastro de la frialdad aséptica de la central ni del tufo metálico del cinabrio de las escenas del crimen.

Julián la guio hasta el despacho de la planta alta, un espacio dominado por un ventanal abovedado con vistas a la silueta lluviosa de la ciudad.

Sin perder un segundo, Elena dejó la caja sobre la gran mesa de caoba y extrajo los dos elementos que había logrado rescatar antes de que le retiraran los accesos: la grabadora digital con el audio de la reunión ministerial y la pequeña libreta de contactos personales del capitán Miller, copiada apresuradamente del cajón de su escritorio.

—Miller no estaba sorprendido cuando el delegado mencionó la Ley de Secretos Oficiales —comentó Elena, encendiendo la pantalla de su teléfono personal desvinculado de la red policial—.

Sabía exactamente a qué venían. Estaba preparado.

Julián se acercó a la mesa sirviendo dos copas de vino tinto.

Le entregó una a Elena y se apoyó contra el borde del escritorio, muy cerca de ella.

—En las estructuras del Estado, la Cofradía no paga con dinero ordinario, Elena —explicó Julián con voz pausada y profunda— .

Paga con inmunidad, con ascensos y con la eliminación de competidores.

Miller lleva ocho años al frente de la comisaría del distrito.

Para mantener ese puesto frente a las auditorías internas, se necesitan protectores muy poderosos en la capital.

Elena bebió un trago corto, sintiendo cómo el alcohol le devolvía un atisbo de calor al pecho.

Miró a Julián a los ojos, deteniéndose en la elegancia serena con la que se movía, imperturbable incluso ante la amenaza gubernamental.

—Paolo Moretti te reconoció en el sótano —dijo Elena, rompiendo el silencio con una pregunta que le había estado rondando la cabeza desde el tiroteo—.

Te llamó «el instrumento del Maestro». ¿Por qué, Julián?

Julián no vaciló ni desvió la mirada. Dejó su copa sobre la madera y se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos hasta que Elena pudo sentir la calidez de su respiración.

—Porque conozco a la Cofradía desde hace una década, Elena —respondió él en un susurro grave, tomándole suavemente la mano libre para entrelazar sus dedos con los de ella—.

He catalogado y autentificado las maquetas barrocas más oscuras de Europa.

Los Moretti intentaron reclutarme hace años para validar sus falsificaciones y sus «obras por encargo».

Me negué. Pero desde entonces, usan mi nombre y mis publicaciones como marco teórico para justificar sus atrocidades.

Para ellos, yo soy el instrumento teórico que le da valor a su retablo.

Elena sostuvo su mirada. Podía sentir la aceleración del pulso de Julián bajo las yemas de sus dedos. En ese toque no había engaño ni frialdad; solo la promesa firme de quien estaba dispuesto a arriesgarlo todo por ella.

—Si investigo a Miller y a Mateo desde las sombras —dijo Elena, apretando los dedos de Julián con fuerza—, pasaré a ser una fugitiva para el sistema.

—Un sistema corrupto no tiene autoridad para juzgar a quien busca la verdad —replicó Julián, inclinándose para rozar tiernamente sus labios contra la comisura de la boca de Elena—.

Mañana por la mañana accederemos a los registros de llamadas privadas de la línea personal de Miller a través de mis servidores del Instituto.

Encontraremos al nexo político de la Cofradía.

Elena cerró los ojos un segundo, dejándose llevar por la calidez del abrazo de Julián.

Por primera vez en diez años, el peso de las culpas y el dolor desgarrador por la muerte de Gabriel no la asfixiaban por completo; la presencia de Julián se había convertido en el único pilar sólido sobre el que sostener su sed de justicia.

—Empezamos esta noche —sentenció Elena, abriendo los ojos con una determinación renovada—.

Si el gobierno dio el caso por cerrado, nosotros abriremos el juicio por nuestra cuenta.

Julián sonrió con lentitud, sellando el pacto con un beso pausado y profundo en la penumbra del despacho, mientras al otro lado del gran ventanal, las luces de la ciudad comenzaban a parpadear bajo la lluvia inclemente de la noche.