Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

EL PESO DE LA CERA

Elena y Julián habían pasado de la sospecha mutua a una confianza incómoda.

Todavía no había una promesa entre ellos, pero sí una intimidad nacida de conversaciones nocturnas, silencios compartidos y la certeza de que ambos cargaban con secretos.

Elena no estaba preparada para llamar a aquello amor.

El silencio en el apartamento de Elena era una losa infranqueable.

La luz del mediodía filtraba una claridad cenicienta a través de las lamas de la persiana, proyectando sombras que parecían barrotes sobre el salón.

Elena permanecía sentada en el borde de la cama, inmóvil.

En sus manos sostenía una fotografía arrugada de la infancia: Gabriel, con siete años y los dientes mellados, sonriendo desde una bicicleta azul, mientras ella lo sujetaba por los hombros para que no cayera.

Las yemas de sus dedos, duras y agrietadas por el raspado inútil de la cera en la cripta, acariciaban el papel fotográfico como si pudieran devolverle el calor a la memoria.

No había llorado desde que la ambulancia se llevó el cuerpo de su hermano del cementerio antiguo.

Tenía los ojos secos, ardiendo por la falta de sueño y por un dolor visceral que se le había instalado en la base del esternón, duro como el granito.

El timbre de la puerta no sonó. En su lugar, el chasquido suave de la cerradura al ceder anunció una presencia.

Elena no echó mano a la SIG Sauer que descansaba sobre la mesilla.

Supo quién era antes de que los pasos amortiguados cruzaran el pasillo.

Julián Thorne apareció en el umbral del dormitorio.

Había dejado su habitual gabardina oscura sobre el perchero de la entrada.

Vestía una camisa de lino gris con las mangas arremangadas hasta los antebrazos y llevaba una bandeja con una taza de té humeante y un cuenco con agua templada y paños limpios.

—No has probado bocado en treinta horas, Elena —dijo Julián. Su voz, habitualmente distante y académica, bajaba un tono hasta convertirse en un murmullo casi íntimo.

—Déjalo en la mesa, Thorne —respondió ella sin levantar la vista de la foto.

Julián caminó despacio hacia la cama. En lugar de obedecer, dejó la bandeja sobre la mesilla y se arrodilló sobre la alfombra, justo frente a ella.

Tomó el paño húmedo del cuenco, lo escurrió con delicadeza y extendió la mano hacia el rostro de Elena.

—Tienes cinabrio en el cuello y bajo las uñas —dijo él suavemente—.

Deja que te ayude. Elena hizo un ademán de apartarse, pero la calidez de la mano de Julián sobre su mejilla la paralizó.

El contacto de sus dedos no era frío ni analítico como en las escenas del crimen; era una firmeza suave que la sujetaba para que no se desmoronara por completo.

Julián comenzó a limpiar la piel del cuello de Elena con toques breves y pausados, retirando los restos de pigmento rojo que aún la vinculaban al altar de Gabriel.

Elena cerró los ojos, dejando escapar un largo suspiro tembloroso.

Sentir el cuidado de otra persona en mitad del abismo fue la primera grieta en la coraza de piedra que se había construido.

—Se lo llevaron por mi culpa, Julián —susurró Elena, y una primera lágrima amarga se deslizó por su mejilla, limpiando la raya de hollín de su piel—. El secreto del bosque... la tumba que cavé hace diez años. Gabriel era inocente. Él solo era un chico asustado.

—No fue tu culpa, Elena —respondió Julián, deteniendo el paño sobre la línea de su mandíbula.

Su pulgar rozó la lágrima, secándola con una ternura insospechada—.

Gabriel fue el chivo expiatorio de una maquinaria grotesca que busca quebrarte.

No te castigues por haber intentado proteger a la única familia que te quedaba.

Elena abrió los ojos y se encontró directamente con la mirada de Julián.

Sus pupilas oscuras, siempre indescifrables, reflejaban ahora una intensidad magnética.

Por primera vez, Elena no vio en él al consultor enigmático ni al sospechoso envuelto en sombras, sino a un refugio en mitad de la tormenta.

Inclinándose imperceptiblemente hacia adelante, Elena apoyó la frente contra el hombro de Julián.

El olor a sándalo, papel antiguo y lluvia fresca de la chaqueta del historiador la envolvió por completo.

Julián rodeó la espalda de Elena con sus brazos, estrechándola contra su pecho con una fuerza protectora que terminó de romper los últimos diques del duelo de la inspectora.

Elena sollozó en silencio contra su camisa, aferrándose a su espalda con los dedos entumecidos.

Julián hundió una mano en el cabello húmedo de Elena, besando con extrema suavidad la coronilla de su cabeza.

—No estás sola en esto —le murmuró él al oído, mientras sus rostros quedaban a escasos centímetros al separarse despacio— .

Te prometo que encontraremos a los responsables.

Hasta la última cabeza de esa Cofradía pagará por lo que hicieron.

Las miradas de ambos se cruzaron en una pausa cargada de tensión contenida.

La frontera profesional que los había separado durante semanas se disolvió en el calor del duelo y la necesidad física de consuelo.

Julián acercó su rostro y sus labios buscaron los de Elena en un beso lento, profundo y amargo, que sabía a sal y a desesperación.

Elena respondió al beso con una vehemencia desesperada, aferrándose a él como si fuera la última ancla de cordura que le quedaba en el mundo.

Poco después del mediodía, Elena se presentó en el Instituto Anatómico Forense sin uniforme ni placa, cargando solo la fuerza de su determinación.

El doctor Arispe, el patólogo jefe que la conocía desde hacía años, dudó al verla en la puerta de la sala de autopsias.

—No deberías estar aquí, Elena —dijo él en voz baja, cerrando la carpeta que sostenía—. El cuerpo de tu hermano está bajo secreto de sumario. Nadie puede verlo sin autorización de la fiscalía.

—Te lo pido como un favor personal, Arispe, no como inspectora —respondió Elena, con la voz quebrada pero firme—.

Necesito verlo con mis propios ojos. Necesito saber qué le hicieron.

El patólogo la miró largamente, sopesando los años de amistad frente al riesgo de su propio puesto, y finalmente se apartó de la puerta para dejarla pasar.

Sobre la fría mesa de acero, el cuerpo de Gabriel había sido despojado de la capa de cera que lo cubría en las catacumbas, dejando a la vista la piel pálida y las incisiones metódicas de la autopsia.

Elena se obligó a mirar, buscando algo, cualquier cosa, entre el dolor.

Alrededor del cuello de su hermano, moldeada en la misma cera carmesí que cubría a las víctimas anteriores, descansaba una gargantilla que reproducía un monograma grabado: las iniciales E.V.

y G.V. entrelazadas por una rama de cinabrio.

—Elena Vance y Gabriel Vance —leyó el doctor Arispe con voz neutra—. La pieza fue moldeada directamente sobre la piel antes del deceso.

Elena se inclinó sobre el cuerpo, con los ojos entrenados por años de trabajo forense buscando algo más allá del dolor. Bajo las uñas de Gabriel, Arispe había extraído un residuo que brillaba con un tono dorado apagado: pan de oro antiguo, mezclado con astillas de madera de roble envejecida.

—Esto es de un marco —murmuró Elena, tomando el informe con manos temblorosas—. Es pan de oro de un marco antiguo, Arispe. ¿Cuándo se produjeron estas incisiones en las manos?

—Post mortem, pero horas antes de que el cuerpo llegara al panteón —respondió el patólogo, revisando sus notas—. Como si hubiera forcejeado con algo, o alguien, poco antes de morir.

Elena cerró los ojos, uniendo las piezas con una claridad dolorosa.

La noche en que exhumaron la fosa del bosque, ella misma había registrado cada centímetro del terreno junto a Julián: solo había un cuerpo y una gargantilla.

Ninguna tabla. Ningún marco. Recordó entonces el peso exacto del objeto que había enterrado hacía diez años junto al cadáver del supervisor, envuelto en lona impermeable, al pie del mismo pino.

—La tabla ya no estaba en la fosa cuando revisamos la exhumación —dijo Elena en voz baja, más para sí misma que para el patólogo—.

Quien hizo esto se nos adelantó. Sabía exactamente dónde cavar, y se llevó la tabla antes de dejarnos su exhibición como advertencia.

Diez años buscándola, y la encontró antes que nosotros.

A las cuatro de la tarde, la llamada del capitán Miller interrumpió el breve respiro.

La orden era tajante: reunión de urgencia en el despacho principal de la Jefatura.

Elena llegó vestida con su traje oscuro oficial, con el rostro pálido pero firme, caminando junto a Julián.

Al cruzar la puerta del despacho del capitán, la escena no presagiaba nada bueno.

Tras el escritorio de Miller no solo estaba el veterano oficial, sino también dos hombres maduros vestidos con trajes diplomáticos gris marengo y un delegado del Ministerio del Interior.

—Vance, toma asiento —dijo Miller con la vista fija en un expediente sellado con tinta roja sobre la mesa.

—Prefiero estar de pie, capitán —respondió Elena, notando el ambiente viciado del despacho. El delegado del Ministerio dio un paso al frente, ajustándose los gemelos de oro.

—Inspectora Vance, lamentamos profundamente la pérdida de su hermano.

El Ministerio envía sus más sinceras condolencias —comenzó el diplomático con un tono ensayado y distante—.

Sin embargo, la razón de esta convocatoria es notificarle una resolución gubernamental de carácter inmediato.

Elena entornó los ojos, sintiendo un nuevo chispazo de desconfianza.

—¿Qué resolución?