Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

—gritó Elena, con las venas del cuello marcadas por la rabia—. ¡Estaban maniatados! ¡Usted es el topo dentro de la investigación! ¡Los silenciaste para que no hablaran!

—Mida sus palabras, inspectora Vance —advirtió Laurent en un tono helado—.

Un informe precipitado contra un oficial superior de la Interpol solo conseguirá que la aparten del caso por inestabilidad emocional.

El capitán Miller atestiguará que la prioridad absoluta es salvar a su hermano en el cementerio antiguo, no discutir la baja de dos traficantes de arte violento.

Elena miró al capitán Miller. El veterano oficial tenía el rostro pálido y la mirada clavada en el suelo, abatido por la presión política de la cadena de mando superior.

No dijo nada. La red de la Cofradía no solo operaba en las sombras del arte; estaba infiltrada en las estructuras mismas de la ley.

Julián Thorne se acercó a Elena y le puso una mano firme sobre el antebrazo, obligándola a bajar imperceptiblemente el ángulo de disparo.

—Guarde su rabia para la exposición final, Elena —le susurró Julián al oído con una calma magnética—.

El inspector Laurent ya ha cumplido su función en este escenario.

Si perdemos diez minutos más aquí, la cera habrá terminado de fraguar en las catacumbas.

Elena tragó saliva, sintiendo el amargo sabor de la impotencia en la garganta.

Miró fijamente a Laurent, prometiéndose en silencio que ajustaría esa cuenta más adelante, y se dio la vuelta bruscamente hacia la salida.

El cementerio antiguo de la ciudad era un páramo de tumbas profanadas, cruces de hierro forjado carcomidas por el óxido y panteones neogóticos envueltos en la maleza silvestre.

La lluvia nocturna había aflojado la tierra, convirtiendo los senderos de grava en un lodazal intransitable.

Elena, Mateo y Julián avanzaron a través de la penumbra entre las hileras de mausoleos de mármol gris.

Las linternas tácticas cortaban la neblina densa que ascendía desde la tierra húmeda.

A cien metros de la entrada principal, la verja de hierro del Panteón de la Familia Valdivieso —la tumba subterránea más antigua del recinto— se encontraba entornada.

Un rastro fresco de huellas de botas sobre el musgo indicaba el punto de acceso.

—Las unidades del perímetro exterior no han detectado movimientos de vehículos en los últimos veinte minutos — informó Mateo en voz baja, empuñando su subfusil—.

Quien esté abajo, sigue encerrado en las catacumbas.

Elena no esperó las órdenes. Empujó la verja de hierro, que emitió un chirrido agudo que pareció eco en todo el camposanto, y comenzó a descender por las escaleras de piedra caracol que conducían a la cripta subterránea.

El aire en el interior del panteón era gélido y pesado, impregnado de un olor penetrante a flores secas en descomposición, cera fundida y pigmento de cinabrio.

Al llegar al fondo de la escalinata, la linterna de Elena iluminó una amplia nave subterránea con hornacinas funerarias excavadas en las paredes de piedra volcánica.

En el centro del recinto, sobre un altar de piedra donde reposaba antiguamente un sarcófago de mármol, se erigía una nueva instalación artística.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

El estómago se le convirtió en una piedra de hielo mientras el aire se le congelaba en los pulmones.

—No... Dios mío, no...

—ahogó un grito de puro dolor. Sobre la mesa de piedra, dispuesto en una postura reverencial con las manos cruzadas sobre el pecho, yacía el cuerpo de su hermano menor, Gabriel.

El torso y el rostro de Gabriel estaban completamente recubiertos por una capa fina y translúcida de cera virgen de color carmesí.

En sus ojos cerrados, el ejecutor había colocado dos monedas de plata de época colonial teñidas con pigmento de cinabrio.

Su piel estaba fría, pálida y petrificada en un gesto de absoluta serenidad.

Elena corrió hacia el altar, dejando caer la linterna al suelo.

Con las manos temblorosas y ahogando sollozos de angustia, comenzó a raspar desesperadamente la cera del rostro de su hermano, buscando un pulso en su cuello o un atisbo de calor en su piel.

—¡Gabriel! ¡Gabriel, mírame! ¡Por favor, despierta!

—suplicaba Elena, pegando su mejilla al pecho inerte del joven.

El corazón de Gabriel no latía. El rigor de la muerte comenzaba a apoderarse de sus extremidades.

Mateo llegó al altar y contuvo un gesto de horror, tapándose la boca con la mano mientras se apartaba para dar espacio a la inspectora.

En la mano derecha de Gabriel, aprisionado entre sus dedos rígidos y la cera carmesí, sobresalía un pequeño sobre de papel de tiza negra sellado con la marca del cinabrio.

Julián Thorne se acercó despacio al altar.

Su figura se recortó sobre la piedra funeraria con una solemnidad casi religiosa.

Con delicadeza, tomó el sobre de los dedos del difunto y rompió el sello de cera sin que Elena, sumida en su dolor, intentara impedírselo.

Julián extrajo una tarjeta de cartulina marfil escrita con una caligrafía elegante a tinta china negra.

—Lee la nota, Thorne...

—pidió Elena con la voz rota y quebrada por el llanto, levantando el rostro manchado de cera roja—.

Lee lo que ese maldito monstruo le hizo a mi hermano.

Julián bajó la vista hacia la tarjeta y leyó en un susurro grave que retumbó en la quietud de las catacumbas: «La Templanza ha sido purificada de la culpa de la carne.

La obra no ha concluido, Elena. El lienzo exigía la sangre del inocente para expiar la tumba del bosque.

La Sexta Escultura no se moldeará con la carne de un extraño...

se moldeará con la tuya. Te espero en la Catedral de la Consagración cuando la última campana de la medianoche marque el final del juicio.

» Elena se puso de pie despacio. Las lágrimas en sus ojos desaparecieron, reemplazadas por un brillo de ira pura, descontrolada y mortal.

Se limpió la cera roja de las manos en sus pantalones, tomó su pistola del suelo y miró el cuerpo inerte de su hermano por última vez.

El Escultor no solo había destruido su pasado y su presente; había fijado la fecha de su propia ejecución.

Y en las sombras de las catacumbas, la silueta de Julián Thorne la observaba con el convencimiento absoluto de que la fase final del retablo acababa de comenzar.