CAPÍTULO 7 #2
—¿Y dónde está Gabriel Vance?
—interrumpió Elena, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas—.
¿Dónde está mi hermano? Paolo inclinó la cabeza, fijando su mirada en Julián Thorne, que permanecía de pie a dos pasos de Elena, sumido en la penumbra.
Una chispa de reconocimiento y desconcierto cruzó los ojos del artesano al ver al historiador.
—Usted...
—murmuró Paolo, dando un paso atrás con la palanca—.
¿Por qué está con ella? ¿Acaso el Maestro ha cambiado el orden de las ejecuciones?
Julián avanzó despacio hacia el centro de la bóveda.
La luz blanca de la linterna de Elena iluminó su rostro desde abajo, acentuando la dureza de sus rasgos aristocráticos.
—El Maestro no cambia el orden, Paolo —dijo Julián con una voz profunda que resonó en las bóvedas de ladrillo como un mandato sagrado—.
El Maestro elimina a los instrumentos imperfectos que contaminan la obra con su torpeza.
Has incendiado la fundición. Has expuesto el taller a la policía.
Te has convertido en una mancha sobre la composición.
Paolo abrió la boca para responder, pero la confusión lo paralizó durante un segundo crucial.
Elena no desaprovechó la fracción de segundo.
Avanzó tres pasos, acortó la distancia y asestó un golpe seco con la culata de su pistola en la sien de Paolo.
El artesano cayó al suelo de piedra inconsciente, dejando caer la palanca de acero, que resonó con un chasquido metálico sobre las losas húmedas.
Elena corrió hacia la doctora Rostova, sacando su navaja táctica para cortar las correas de cuero que le sujetaban los brazos.
Le retiró la capucha de lino negro. La doctora Rostova respiraba con dificultad, con los ojos desorbitados por el terror y los labios temblorosos por la hipotermia.
—Elena...
—susurró la experta en arte, tosiendo por el aire enrarecido—.
Los... los planos... no están aquí...
—Tranquila, Alena, está a salvo —dijo Elena, cortando las últimas ligaduras—. ¿Dónde está Gabriel? ¿Lo vio?
—No... no estaba con él...
—balbuceó la doctora Rostova, señalando con la mano temblorosa hacia el fondo del pasadizo abovedado—.
Se lo llevaron dos hombres... vestidos con túnicas oscuras...
dijeron que el retablo principal requería la carne de la Templanza...
Se lo llevaron a la Capilla del Silencio...
en el cementerio antiguo. Elena se congeló.
El cementerio antiguo de la ciudad, abandonado hacía más de medio siglo en el extremo norte del valle, albergaba el panteón subterráneo de las familias patrías, una red de catacumbas de piedra volcánica donde la humedad y el aislamiento eran absolutos.
En ese momento, Mateo descendió apresuradamente por las escaleras del sótano, con la cara manchada de hollín y la linterna táctica en la mano.
—¡El fuego está bajo control en la nave central!
—informó Mateo, respirando con dificultad—. Miller acaba de llegar con tres unidades de refuerzo. Giancarlo Moretti está detenido, pero se niega a hablar. Elena se puso de pie, mirando a Mateo con una resolución feroz.
—La doctora Rostova necesita atención médica inmediata por hipotermia y exposición química. Mateo, saca a Alena de aquí y entrégala a los paramédicos.
—¿Y tú qué vas a hacer, Elena?
—preguntó el detective, notando el brillo peligroso en sus ojos.
—Voy al cementerio antiguo —respondió ella, guardando la navaja y comprobando el cargador de su arma—.
Gabriel está en las catacumbas del panteón principal.
El Maestro de taller está preparando la última fase del retablo allí.
Elena se giró hacia Julián Thorne, que permanecía al lado del panel de tuberías, examinando con detenimiento un grabado en latín inscrito sobre la estructura de piedra.
—Usted viene conmigo, Thorne —dijo Elena, apuntándolo con la linterna—.
Y esta vez, me va a contar exactamente qué quiso decir Paolo Moretti cuando lo miró a la cara y lo llamó el instrumento del Maestro.
Julián giró la cabeza despacio hacia ella.
Una leve sonrisa sin calor curvó la comisura de sus labios en mitad de la penumbra del sótano.
—Será un placer acompañarla al cementerio, inspectora — murmuró Julián en un susurro cargado de sombras—.
Después de todo, en las catacumbas es donde los verdaderos muertos finalmente rompen su silencio.
Antes de que Elena y Julián pudieran avanzar hacia las escaleras que conducían a la salida, un estruendo sordo sacudió la entrada superior del sótano.
Pasos pesados descendieron a toda prisa por los peldaños de piedra, acompañados por el chasquido metálico de las armas tácticas.
El inspector Laurent, de la Interpol, irrumpió en la galería subterránea escoltado por dos agentes ataviados con uniformes de operaciones especiales sin insignias visibles y cascos balísticos integrales.
Detrás de ellos venía el capitán Miller, con el rostro desencajado por el humo y el estrés de la operación.
—¡Aseguren el perímetro inferior!
—ordenó el inspector Laurent con voz tajante y autoritaria—. ¡Nadie entra ni sale de este subsuelo sin mi autorización directa! Elena se interpuso entre los recién llegados y la doctora Rostova, a quien Mateo ayudaba a incorporarse.
—La rehén está a salvo, inspector —informó Elena con voz firme—.
Paolo Moretti está neutralizado en el suelo.
Su hermano Giancarlo fue aprehendido en la planta superior.
Tenemos la confirmación de que Gabriel Vance está retenido en las catacumbas del cementerio antiguo.
El inspector Laurent examinó la escena con una frialdad glacial.
Sus ojos pasaron por la doctora Rostova, se detuvieron un instante en Julián Thorne y finalmente se fijaron en Paolo Moretti, que comenzaba a gemir en el suelo mientras recobraba el conocimiento.
—Buen trabajo, inspectora Vance —dijo Laurent, avanzando dos pasos.
Luego se giró hacia el capitán Miller—. Capitán, lleve a la doctora Rostova al exterior y organice la escolta para el traslado médico.
Mis hombres de la Interpol se encargarán de la custodia de los hermanos Moretti y del aseguramiento de la evidencia química.
Son sospechosos clave en nuestra red internacional.
—Entendido —asintió Miller, haciendo una señal a Mateo para que llevara a Alena hacia las escaleras—.
Vance, Thorne, salgan a respirar aire limpio.
La unidad de respuesta rápida se está concentrando en la entrada del cementerio norte.
Elena vaciló. Algo en la postura rígida de los dos agentes tácticos que acompañaban a Laurent encendió una alarma en su instinto.
Las armas que portaban no eran las estándar de la policía provincial ni de la Interpol; eran subfusiles con silenciadores integrados, y sus cascos ocultaban completamente sus rostros tras viseras de policarbonato oscuro.
—Nosotros acompañaremos el traslado de Paolo —dijo Elena, dando un paso hacia el prisionero.
—Es una orden, inspectora —interrumpió el inspector Laurent, interponiendo su figura en el camino de Elena.
Su voz mantenía un tono calmo, pero sus ojos reflejaban una determinación imperturbable—.
Esta es una operación de la Interpol ahora.
Despeje el área. Elena apretó los dientes, sintiendo la tensión acumulada en los hombros.
Miró a Julián, pero el historiador permanecía inmóvil en la sombra, observando al inspector Laurent con una sonrisa imperceptible y enigmática.
Sin otra opción inmediata para no desobedecer frontalmente una cadena de mando directa, Elena comenzó a subir las escaleras junto a Mateo y el capitán Miller, que guiaban a la doctora Rostova hacia el exterior.
Apenas habían cruzado el umbral del sótano y puesto un pie en la nave central devastada por el incendio, el sonido sordo y ahogado de tres disparos con supresor resonó desde la galería subterránea.
Pfft. Pfft. Pfft. Elena se congeló en el acto.
Giró sobre sus talones y desenfundó la SIG Sauer en un movimiento instintivo, bajando las escaleras a toda velocidad, ignorando los gritos del capitán Miller a sus espaldas.
Al irrumpir de nuevo en la bóveda de ladrillo, la escena la dejó sin aliento.
Paolo Moretti yacía en el suelo sobre un charco de sangre fresca que se expandía velozmente entre las losas de piedra, con dos impactos de bala a quemarropa en el tórax.
A unos metros de él, Giancarlo Moretti —a quien los agentes de Laurent supuestamente habían bajado custodiado desde la planta superior— yacía sin vida junto a uno de los pilares, con un disparo certero en la sien.
El inspector Laurent guardaba con absoluta serenidad una pistola táctica equipada con un silenciador en la funda interior de su chaqueta a medida.
Los dos agentes encapuchados flanqueaban la escena como estatuas de plomo.
—¡¿Qué demonios ha hecho?!
—bramó Elena, apuntando directamente a la cabeza del inspector Laurent—.
¡Ha ejecutado a los dos sospechosos! El capitán Miller y Mateo irrumpieron detrás de Elena, quedándose paralizados al ver los cadáveres de los artesanos.
El inspector Laurent no mostró el menor atisbo de nerviosismo.
Se limpió una brizna de hollín de la solapa con la punta de los dedos y miró a Elena con una calma escalofriante.
—Los prisioneros intentaron arrebatarle el arma de servicio al agente Vance en el traslado, inspectora — respondió Laurent con una voz neutra y burocrática, citando el protocolo de legítima defensa como si estuviera leyendo un informe de rutina—.
Paolo Moretti tenía acceso al detonador del panel de combustible.
Fue una neutralización de emergencia para proteger la vida del equipo.
—¡Eso es mentira!