Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

EL TALLER DE LAS SOMbrAS

La lluvia de la tarde caía con furia sobre los tejados de arcilla del casco antiguo.

Las calzadas empedradas se habían transformado en riachuelos oscuros por los que flotaban hojas secas y basura urbana.

A tres manzanas de la plaza del Mercado Viejo, en un callejón sin salida donde la luz del alumbrado público apenas lograba perforar la penumbra, se alzaba el antiguo edificio de la Fundición Moretti.

La fachada de ladrillo visto, desgastada por dos siglos de hollín y salitre, carecía de ventanas en la planta baja.

Una pesada puerta de hierro forjado con el emblema de dos cinceles cruzados constituía el único acceso visible.

Dentro de la furgoneta táctica no balizada, estacionada a cincuenta metros del lugar, la atmósfera era sofocante.

Elena se ajustaba el chaleco antibalas de nivel III-A mientras revisaba el cargador extendido de su SIG Sauer.

A su lado, Mateo repasaba el plano de la estructura en una tableta táctica.

—El edificio consta de tres niveles —explicó Mateo, indicando con el dedo los trazos azules en la pantalla—.

Una planta baja dedicada al vertido de metales y fragua, un sótano abovedado donde guardan los moldes de escayola y una planta superior que funciona como vivienda y oficina de los hermanos Moretti.

Las cámaras térmicas de la unidad exterior detectan calor en la planta baja y en el subsuelo.

—No entraremos disparando, Mateo —advirtió Elena, con la mirada clavada en la puerta de hierro tras los cristales tintados—. Si la doctora Rostova o Gabriel están dentro, cualquier detonación prematura podría llevar a los ejecutores a destruir las evidencias o activar los sistemas químicos.

Entramos en modo silencioso por el tragaluz posterior.

—El capitán Miller y el inspector Laurent de la Interpol han desplegado el perímetro a dos calles —añadió Mateo—.

Si esto es un taller de La Cofradía, no saldrá nadie vivo ni muerto de este perímetro.

Julián Thorne, que ocupaba el asiento posterior en calidad de asesor técnico, se inclinó hacia adelante.

Su traje oscuro permanecía impecable, ajeno al barro y a la tensión del operativo.

—Tengan en cuenta una cosa, inspectora —murmuró Julián con voz serena—.

Los Moretti no son simples fundidores de bronce.

Son artesanos de la cera perdida, un procedimiento que exige el uso de hornos de inducción de alta temperatura y tanques de enfriamiento con parafina.

En un espacio cerrado, un solo disparo cerca de los depósitos de solventes puede convertir la nave en un infierno.

Elena giró la cabeza para mirarlo fijamente.

—Usted se queda en el vehículo con el equipo de comunicaciones, Thorne. No es una visita académica.

—El lenguaje de los Moretti se habla en símbolos, Elena —replicó Julián, sosteniendo la mirada con una calma imperturbable—.

Si encuentran las maquetas de composición, necesitará a alguien que sepa descifrar cuál de los rehenes representa a la Justicia y cuál a la Fe.

Sin esa clave, buscarán en las salas equivocadas.

Elena apretó los labios, sabiendo que el historiador tenía razón.

Con un gesto seco, le entregó un chaleco táctico ligero y una linterna de alta intensidad.

—Si se interpone en la línea de tiro de un agente, no dudaré en sacarlo de la escena — sentenció ella.

El ingreso por la parte trasera se realizó con la precisión de un corte quirúrgico.

Mateo forzó el candado de la rejilla del conducto de ventilación con un cortafríos hidráulico, permitiendo que Elena, Mateo, Julián y dos agentes del grupo táctico se descolgaran hacia la pasarela metálica que volaba sobre la nave principal de la fundición.

El aire en el interior del taller era denso, saturado por un olor acre a cera de abejas hirviendo, aceite industrial y el inconfundible tufo metálico del bronce derretido.

Desde la pasarela superior, la vista de la planta baja resultaba sobrecogedora.

Gigantescos crisoles de fundición colgaban de rieles de acero en el techo.

A lo largo de la nave central se alineaban decenas de figuras humanas en escayola, algunas cubiertas con lonas plastificadas y otras expuestas en diversas fases de modelado: torsos sin cabeza, extremidades extendidas en gestos dramáticos y rostros fijados en muecas de agonía eterna.

En el centro de la nave, sobre una mesa de trabajo iluminada por potentes focos halógenos, dos hombres ataviados con delantales de cuero grueso y máscaras panorámicas de protección respiratoria manipulaban un gran contenedor de acero inoxidable.

De la boquilla del contenedor fluía un chorro espeso de cera de color carmesí que caía sobre un molde anatómico de tamaño humano.

Eran los hermanos Giancarlo y Paolo Moretti.

—Tienen el molde encendido —susurró Mateo al oído de Elena, nivelando su subfusil MP5—. Si están vertiendo la cera, la víctima debe estar dentro del encofrado de escayola.

—No veo a Gabriel ni a la doctora Rostova en la superficie —respondió Elena en un murmullo, usando los prismáticos nocturnos—. Ese molde es demasiado pequeño para un adulto.

Corresponde a una figura articulada.

—Es el prototipo de la composición final —intervino Julián desde la sombra, observando los grabados de las paredes—.

Los Moretti no trabajan a escala real sin antes validar la rigidez de la estructura en una maqueta de prueba.

Las víctimas vivas están en el nivel inferior.

Elena tomó una decisión instantánea. Señaló a los dos agentes del grupo táctico y les hizo una seña con los dedos para que cubrieran la salida principal, mientras ella y Mateo descendían por la escala de caracol hacia el área de trabajo.

—¡Policía! ¡Que nadie se mueva! ¡Manos sobre la cabeza!

—gritó Elena al poner un pie en el suelo de hormigón, apuntando directamente a Giancarlo Moretti.

El mayor de los hermanos dio un salto de sorpresa, dejando caer una espátula de modelar metálica que resonó con un estruendo estridente sobre el pavimento.

Paolo, el hermano menor, reaccionó con una rapidez instintiva y peligrosa: tomó una antorcha de acetileno encendida de la mesa de soldadura y la arrojó directamente contra el contenedor de parafina hirviendo.

—¡Abajo!

—bramó Mateo, empujando a Elena al suelo.

La parafina entró en contacto con la llama de acetileno, provocando una deflagración instantánea.

Una llamarada de fuego azul y naranja se elevó hacia el techo, envolviendo la mesa de trabajo y haciendo estallar los frascos de solventes aromáticos alineados en las estanterías.

El humo negro y tóxico comenzó a llenar la nave con una rapidez aterradora, activando las alarmas de incendio que empezaron a emitir un pitido ensordecedor mientras los aspersores del techo descargaban chorros de agua fría sobre la masa de cera ardiente.

En mitad del caos de humo, fuego y agua, Paolo Moretti corrió hacia la puerta blindada que conducía a las escaleras del sótano.

Elena se incorporó de golpe, sorteando los charcos de parafina en llamas.

—¡Mateo, asegura a Giancarlo y corta la línea de combustible!

—ordenó Elena, lanzándose en persecución de Paolo.

Julián la siguió a pocos metros de distancia, moviéndose entre las sombras del humo con una agilidad sorprendente.

Paolo llegó a la puerta del sótano, introdujo una llave pesada en la cerradura y atravesó el umbral, intentando cerrar la hoja de hierro tras de sí.

Elena llegó justo a tiempo para empotrar su bota contra el marco, evitando que el pasador encajara.

La fuerza del golpe arrojó a Paolo contra el tramo de escaleras de piedra, haciéndolo rodar hasta el descansillo inferior.

Elena y Julián bajaron peldaño a peldaño con la luz de sus linternas cortando la oscuridad del subsuelo.

El sótano de la Fundición Moretti era una galería abovedada de ladrillo del siglo XVIII, fría, húmeda y dominada por un silencio sepulcral que contrastaba con el estruendo de las alarmas de la planta superior.

El aire olía a tierra mojada, humedad añeja y a un sutil perfume de aceite de mirra.

En el centro de la bóveda, apoyada contra uno de los pilares de piedra, se encontraba una mujer atada a una silla de madera tallada.

Llevaba la cabeza cubierta con una capucha de lino negro y las manos sujetas con correas de cuero a los brazos de la silla.

A sus pies, dos cubos de escayola líquida comenzaban a fraguar alrededor de sus tobillos, fijándola al suelo.

—¡Alena!

—exclamó Elena, reconociendo la figura de la doctora Rostova.

Elena avanzó con rapidez hacia ella, pero la voz rasposa de Paolo Moretti resonó desde la penumbra del fondo de la galería.

—Si da un paso más, la mezcla se activa —dijo Paolo, emergiendo de entre las sombras de las arcadas.

Tenía el rostro manchado de hollín y una palanca de acero en la mano.

Junto a él, fijado a la pared de ladrillo, se encontraba un panel de control artesanal conectado a una red de tuberías de alta presión que alimentaban cuatro depósitos suspendidos sobre la silla de la doctora Rostova.

—No tiene salida, Moretti —dijo Elena, manteniendo la SIG Sauer fija en el rostro del artesano—.

El edificio está rodeado por la policía y la Interpol.

Giancarlo ya está bajo custodia. Si entrega a la rehén, aún puede negociar con la fiscalía.

Paolo dejó escapar una risa amarga y desprovista de cordura.

—¿Negociar? ¿Con quién? ¿Con la ley de los hombres?

—espetó Paolo, golpeando la tubería metálica con la palanca—.

Nosotros no respondemos ante su justicia, inspectora. La Cofradía sirve a la belleza perdurable. La doctora Rostova ha sido elegida para encarnar a la Prudencia. Su piel será el molde y su último aliento quedará petrificado en la cera eterna.