CAPÍTULO 6 #3
—El capitán Miller acaba de asumir el mando del operativo desde la central —dijo Mateo, guardando su arma en la funda—.
Tienen la orden de regresar de inmediato.
Sara encontró una pista crítica en la agenda del doctor Marcus Fray antes de que muriera.
A las diez de la mañana, la sala de mandos de la Jefatura presentaba un aspecto de gabinete de crisis.
Sobre la gran pantalla central no solo aparecían las fotos de las cuatro víctimas anteriores, sino una nueva serie de fichas que Sara Chen había desclasificado de los archivos de la Policía Internacional.
El capitán Miller aguardaba de pie junto al proyector, flanqueado por un hombre de unos cincuenta años, de aspecto pulcro, traje gris a medida y una mirada tan gélida como la de un cirujano.
—Antes de eso, capitán, tengo algo sobre la fosa del bosque — intervino Sara Chen, proyectando en la pantalla el acercamiento del dije hallado junto a los restos—.
El símbolo grabado no es un escudo policial ni militar: es una marca de tasación clandestina, usada por intermediarios que certifican piezas de arte sacro robadas antes de venderlas.
Cruzando el diseño con el archivo que compartió la Interpol, el hombre que murió en el bosque hace diez años figuraba en una lista de sospechosos de sustracción de arte religioso, vinculado directamente a la red que ahora conocemos como la Cofradía.
—Les presento al inspector jefe Laurent, de la división de
Delitos contra el Patrimonio Histórico de la Interpol — anunció Miller sin preámbulos—.
Laurent ha estado rastreando una red clandestina de restauración y tráfico de arte sacro en Europa Central y Sudamérica durante los últimos tres años.
Una organización conocida en el mercado negro como La Cofradía del Cinabrio.
Elena y Julián tomaron asiento en la mesa central, acompañados por Mateo.
—Las escenificaciones que están viendo en esta ciudad no son aisladas, inspectora Vance — explicó el inspector Laurent con un marcado acento europeo, proyectando una serie de fotografías forenses de crímenes ocurridos en Florencia, Praga y Sevilla—.
Durante la última década, La Cofradía ha ejecutado al menos siete homicidios rituales utilizando la misma técnica de preservación en cera y pigmentos minerales raros.
Elena se inclinó hacia adelante, examinando las imágenes de las escenas internacionales.
La precisión anatómica, el uso del claroscuro y la fijación de los tejidos eran idénticos.
—¿Dice que no es un solo asesino en serie?
—preguntó Elena.
—Es un taller, inspectora —corrigió Laurent—.
Un grupo selecto de mecenas, anatomistas y restauradores de élite que consideran que la muerte es el único lienzo inmortal.
Cada víctima no es el arrebato de un loco, sino una comisión privada pagada por coleccionistas anónimos.
Marcus Fray era solo el químico local encargado de preparar la base en esta región.
Y el taller de los hermanos Moretti, en el casco viejo, funcionaba como la fundición técnica.
—¿Y quién es «El Escultor» que nos envía los mensajes?
—interrumpió Mateo.
—El maestro de taller —intervino Julián desde su asiento, cruzando las manos sobre la mesa—.
En los gremios barrocos, el maestro de taller es el único autorizado para diseñar la composición general y firmar la obra final.
Los demás miembros son aprendices y preparadores de materiales.
El inspector Laurent dedicó una mirada de aprobación a Julián.
—Exactamente, doctor Thorne. Y según nuestras fuentes, el maestro de taller ha elegido esta ciudad para realizar su exposición colectiva más ambiciosa.
Pero para completar la serie, necesitan a cinco víctimas que representen las cinco virtudes teologales y cardinales de la iconografía clásica.
Sara tecleó rápidamente en su terminal, haciendo aparecer en la pantalla los perfiles de las personas desaparecidas en las últimas seis horas.
—Tengo dos alertas rojas confirmadas —anunció Sara con la voz acelerada—.
La primera es Gabriel Vance, sustraído de su domicilio esta mañana.
La segunda es la doctora Alena Rostova, la experta en arte sacro del Museo Metropolitano que entrevistamos el primer día para la consultoría.
Fue emboscada en el garaje de su vivienda hace dos horas.
Un silencio sofocante se apoderó de la sala.
Elena sintió una opresión helada en el pecho.
Las piezas del tablero se multiplicaban; ya no se enfrentaban a una mente solitaria a la que podían acorralar en un callejón, sino a una hidra de múltiples cabezas que operaba desde las altas esferas del arte y la conservación.
—Tenemos a dos rehenes con vida en las manos de una red internacional —sentenció el capitán Miller, golpeando la mesa— .
La casa de los Moretti está bajo vigilancia discreta desde hace veinte minutos y la orden judicial de entrada ya fue validada por la fiscalía de guardia.
Vance, Ríos, quiero a todo el grupo táctico listo para intervenir el taller de fundición de los Moretti.
Si La Cofradía está preparando la exposición final, los insumos y las órdenes tienen que salir de ahí.
Elena se puso de pie, ajustándose la chaqueta.
Al girarse hacia la salida, cruzó la mirada con Julián.
El historiador permanecía sentado, con la vista fija en la fotografía de la doctora Rostova proyectada en la pantalla, y en sus ojos oscuros no había sorpresa...
sino el cálculo silencioso de quien sabe exactamente cuál de los peones del tablero será el siguiente en caer.