CAPÍTULO 5 #3
—Llegas a tiempo, Vance —dijo Miller sin rodeos, señalando la mesa—.
El paquete llegó hace media hora a la recepción principal.
No pasó por el correo ordinario; un mensajero pagado en efectivo lo dejó en la ventanilla con una nota adhesiva que llevaba tu nombre.
Elena caminó hacia la mesa, sintiendo que los ojos de todo el equipo estaban clavados en su nuca.
Se obligó a mantener la espalda erguida y la respiración pausada, a pesar del nudo que le atenazaba el estómago.
Dentro de la caja reposaba una fotografía Polaroid en blanco y negro y una cinta de casete de audio de noventa minutos, del tipo que se utilizaba en los dictáfonos de los años noventa.
Elena extendió la mano con guantes de nitrilo y tomó la fotografía.
La imagen mostraba un pino solitario en mitad de una frondosidad reconocible: el bosque de los Pinos.
En la corteza del árbol, alguien había grabado con un cuchillo una cruz profunda y, a los pies del tronco, la tierra aparecía ligeramente removida, con un pequeño recipiente de cristal semienterrado que contenía un polvo rojo. Cinabrio.
—Es una coordenada —intervino Sara desde su consola—. He procesado los patrones de la vegetación de la Polaroid con los mapas satelitales del perímetro forestal del norte. Coincide con una parcela estatal protegida a treinta kilómetros de aquí.
—¿Por qué el asesino te enviaría una localización del bosque, Elena?
—preguntó Mateo, dando un paso hacia ella y frunciendo el ceño—.
¿Hay alguna relación entre ese lugar y los casos antiguos en los que trabajaste?
Elena sostuvo la fotografía con tanta firmeza que el papel sintético se curvó bajo sus dedos.
Sintió la mirada de Julián clavada en la comisura de sus labios, midiendo cada uno de sus impulsos.
—No hay registros en mi historial de esa zona —mintió Elena, sosteniendo la voz en un tono neutro y profesional que le exigió hasta el último gramo de su fuerza de voluntad—. Pero es evidente que intenta sacarnos de la jurisdicción urbana. Quiere atraer a la policía a su propio terreno.
—Aún no hemos escuchado la cinta —dijo Miller, indicando el reproductor portátil que descansa junto a la caja —.
Sara, ponla en el altavoz central. Sara introdujo el casete en el reproductor metálico y presionó la tecla de play.
El siseo de la cinta magnética llenó el silencio tenso de la sala.
Durante tres segundos no se escuchó más que el estático del fondo, hasta que una voz grave, distorsionada digitalmente con un tono metálico y cavernoso, comenzó a hablar: «El silencio es el barniz que protege la mentira, Elena.
Pero la piedra no olvida el cuerpo que sostiene en sus entrañas.
Si quieres recuperar la última pieza del retablo antes de que la cera se vierta sobre la carne viva, ven al lugar donde plantaste la primera sombra.
Ven sola. Si tu placa cruza el límite con refuerzos, la cuarta escultura será consagrada con la sangre que juraste proteger.
» Un chasquido seco marcó el final de la grabación.
El silencio que siguió en la sala de operaciones fue absoluto, pesado y sofocante.
Mateo miró a Miller y luego a Elena, con la confusión dibujada en el rostro.
—¿«La sangre que juraste proteger»?
—marcó Mateo, cruzando la vista con la inspectora—.
Elena... ¿de qué demonios habla este tipo?
¿Quién es la quinta víctima? Elena no respondió.
Su mente estaba procesando las implicaciones de la última frase de la cinta.
La sangre que juraste proteger. Gabriel.
Su hermano menor. Quien había intentado reconstruir su vida en otra provincia tras la noche del bosque, estaba ahora en la diana del Escultor.
—Capitán —dijo Elena, volviéndose hacia Miller con una determinación helada—, exijo que se ponga bajo custodia de inmediato a mi hermano Gabriel Vance. Den la orden a la comisaría del distrito sur para que envíen una patrulla a su domicilio.
—Sara, hazlo de inmediato —ordenó Miller sin dudarlo—. Y quiero a la unidad de respuesta rápida lista para desplegarse en las coordenadas del bosque.
—¡No!
—interrumpió Elena con vehemencia—. Escuchó la cinta, capitán.
Si enviamos un despliegue masivo al bosque de los Pinos, matará a la rehén antes de que lleguemos al perímetro.
Tiene puestos sus ojos en la central. Julián Thorne se levantó despacio de su silla, ajustándose el botón de la chaqueta.
Su figura proyectó una sombra alargada sobre el mapa topográfico de la mesa.
—La inspectora tiene razón, capitán —intervino Julián con una autoridad tranquila que hizo que todos se giraran hacia él—.
El Escultor opera bajo un código de simetría estricto.
Esta no es una trampa de aniquilación; es un juicio escénico.
Si rompen la liturgia del encuentro individual, la obra se destruirá y la víctima morirá sin dejar rastro de los motivos del autor.
—No voy a enviar a una inspectora sola a un bosque a enfrentarse con un asesino en serie, Thorne —espetó Miller con dureza.
—No irá sola, capitán —respondió Julián, conectando su mirada oscura con la de Elena en una alianza tácita y aterradora—.
Irá con el único consultor técnico que puede descifrar los pasos del Escultor en el terreno.
Yo la acompañaré. Elena miró a Julián. En el fondo de las pupilas del historiador no había miedo, ni vacilación; solo una fascinación contenida y la promesa implícita de que el secreto del bosque estaba a punto de ser expuesto bajo la luz de la verdad.
—Preparen el vehículo no balizado —concluyó Elena, dando la vuelta sin esperar más objeciones—. Thorne y yo salimos hacia el bosque de los Pinos en diez minutos.