CAPÍTULO 5 #2
—Tiene razón, Elena —dijo el detective en voz baja—.
Te ves fatal. Yo me encargo de procesar la cera negra y el anillo.
Vete a descansar. Julián se ofreció a llevarla en su propio vehículo, pero Elena se negó en redondo.
Él aceptó sin insistir y pidió a un agente de enlace que confirmara por radio que el taxi de la línea policial la dejaría en casa.
Necesitaba distancia, espacio y, sobre todo, aislarse de la mirada escrutadora del historiador.
Tomó un taxi de la línea policial que la dejó en la puerta de su edificio a las cinco de la mañana.
El apartamento de Elena era un espacio austero, funcional y carente de adornos personales en el tercer piso de un edificio antiguo del centro histórico.
El silencio del inmueble la recibió como un golpe físico.
Sin encender las luces, caminó en penumbra hasta el baño.
Se despojó de la ropa impregnada de olor a sulfuro y trementina, dejándola caer al suelo como una piel muerta.
Bajo el chorro de agua hirviendo de la ducha, frotó su piel con rabia hasta dejarla enrojecida, intentando borrar la sensación helada de los dedos de Julián sobre su mejilla y la visión del anillo de su madre sumergido en la cera negra.
Salió envuelta en una camiseta ancha de algodón y se dejó caer sobre la cama sin molestarse en secarse el cabello por completo.
La cabeza le retumbaba con una punzada sorda.
Cerró los ojos tratando de mantener la mente en blanco, pero el cansancio extremo terminó por arrastrarla hacia un abismo denso y turbulento.
El sueño comenzó con el sonido inconfundible de las hojas secas crujiendo bajo sus botas nocturnas.
No estaba en su apartamento ni en la capilla.
Estaba de vuelta en el bosque de los Pinos, diez años atrás.
La bruma nocturna era tan espesa que apenas dejaba ver la luna llena recortada entre las copas de los árboles altos.
El olor a pino resinoso y tierra mojada la envolvió de inmediato.
Elena, diez años más joven, vestía el uniforme básico de agente de escala ejecutiva.
A sus pies, en un claro del bosque bañado por la luz espectral de la luna, yacía el cuerpo inerte de un hombre.
El rostro del cadáver estaba desfigurado por el impacto de un disparo a quemarropa en el torso.
En su mano derecha, el hombre aún aferraba un arma de fuego sin marca; a un metro de él, tirado entre las agujas de pino, descansaba un fajo de dinero manchado de sangre fresca.
Junto al cuerpo, temblando descontroladamente y con las manos cubiertas de rojo, se encontraba su hermano menor, Gabriel.
Tenía apenas diecinueve años, los ojos desorbitados por el pánico y la respiración entrecortada.
—Elena... no quería... él me iba a matar, Elena...
—sollozaba Gabriel, cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda —.
Vino a cobrar la deuda de juego... sacó el arma y...
y forcejeamos... Elena recordaba la frialdad paralizante que se apoderó de ella en aquel instante.
La placa de policía en su bolsillo pesaba como un bloque de plomo.
Si llamaba a emergencias, si reportaba el homicidio, la investigación revelaría las deudas ilegales de Gabriel, su vinculación con los prestamistas del bajo mundo y su vida quedaría destruida para siempre.
—Cállate, Gabriel. Mírame. Cállate —ordenó Elena en el sueño, su propia voz resonando con un eco distorsionado y metálico. Sostuvo a su hermano por los hombros, sacudiéndolo con firmeza.
—Vas a ir al coche. Vas a limpiarte las manos con el alcohol del botiquín y te vas a quedar dentro.
Yo me encargo de esto. En el sueño, la escena avanzaba a cámara lenta, sumergiéndola en la pesadilla metódica de aquella noche.
Elena tomó la pala plegable del maletero.
Durante tres horas agónicas, bajo la lluvia torrencial que empezaba a caer, cavó una fosa profunda al pie de un pino abuelo.
La tierra negra y pegajosa se le metía bajo las uñas, desgarrándole la piel.
Arrastró el cadáver hasta la fosa. Antes de cubrirlo con la tierra, se inclinó para despojar al muerto de cualquier identificación.
Pero en el sueño, cuando estiró la mano para revisar los bolsillos del cadáver, la figura del muerto en el suelo cambió.
La ropa de paisano del prestamista se transformó en la túnica de lino recubierta de cera de las víctimas del Escultor.
Elena ahogó un grito y retrocedió, pero los ojos del cadáver se abrieron de golpe.
No eran los ojos muertos del hombre del bosque; eran los ojos brillantes, negros y pulidos de cera de la primera víctima del almacén.
Y la voz que salió de la garganta petrificada del muerto no era la de su hermano ni la del prestamista.
Era la voz suave, magnética e inconfundible de Julián Thorne: —El lienzo original nunca estuvo limpio, Elena.
Plantaste una semilla en la tierra, y de la podredumbre de tu secreto ha florecido nuestra obra.
El cadáver levantó el brazo rígido. En su dedo anular brillaba la alianza de oro de su madre.
Elena intentó correr, pero el suelo bajo sus pies se volvió cera líquida e hirviente, tragándola lentamente hacia la oscuridad.
Las manos de arcilla y yeso de las víctimas comenzaron a emerger de la tierra, aferrándole las piernas, los brazos y la garganta, arrastrándola hacia el fondo mientras la voz de Julián resonaba en la cúpula del bosque:
—Consagrada en el silencio... Elena se incorporó de golpe en la cama, dando un ahogado jadeo de terror.
Estaba empapada en sudor frío, con el corazón latiéndole a mil por hora contra las costillas.
La luz cenicienta del amanecer entraba a través de las lamas de la persiana del dormitorio, proyectando sombras alargadas sobre las paredes.
Temblando, se llevó una mano al pecho para calmar la respiración acelerada.
Miró sus manos en la penumbra del cuarto; casi podía sentir de nuevo el tacto rasposo de la tierra húmeda del bosque de los Pinos.
El sueño no había sido una simple pesadilla.
Había sido la reconstrucción exacta del crimen que había sepultado diez años atrás para salvar a su hermano.
Y la presencia de Julián en ese recuerdo deformado era la confirmación de que la red que la envolvía se estaba cerrando sobre ella.
El teléfono móvil en la mesilla de noche comenzó a vibrar con un zumbido insistente, rompiendo el silencio de la habitación.
Elena extendió la mano con timidez y contestó.
—Vance —dijo con la voz ronca.
—Elena, soy Sara —la voz de la analista al otro lado de la línea sonaba alterada, con el ruido de fondo de la sala de mandos de la Jefatura—.
Tienes que venir a la central de inmediato.
Mateo y el capitán están revisando un paquete que acaba de llegar a tu nombre por mensajería anónima.
Elena sintió que el aire se le congelaba de nuevo en los pulmones.
—¿Qué hay en el paquete, Sara?
—Una cinta de casete antigua... y una fotografía polaroid.
Elena... la foto es de un pino marcado con una cruz en mitad del bosque.
Elena no esperó a cambiarse adecuadamente.
Se enfundó unos vaqueros oscuros, la chaqueta de cuero y tomó las llaves del vehículo con los dedos entumecidos.
Cada peldaño que bajaba en las escaleras del edificio parecía retumbar en su cabeza con la cadencia de una cuenta atrás.
El trayecto hacia la Jefatura fue un borrón de semáforos en ámbar y calles mojadas por la llovizna matutina.
La llamada de Sara le había arrebatado el último vestigio de control.
Ya no se trataba de deducciones complejas o de mensajes simbólicos en escenas del crimen: el Escultor estaba desmantelando la fachada de su vida con la precisión quirúrgica de quien retira la cobertura de yeso de una estatua.
Al cruzar la puerta de la sala de operaciones, el murmullo de las conversaciones se apagó de golpe.
El capitán Miller estaba de pie junto a la mesa central, con los puños apoyados en la madera y una expresión de severidad que Elena rara vez le había visto.
Mateo permanecía a su lado, cruzado de brazos y con la vista clavada en una pequeña caja de cartón gris que descansaba en el centro del tablero.
Julián Thorne, impecable en su traje de tres piezas, ocupaba la silla del rincón, observando la escena con la serenidad de un juez imparcial.