CAPÍTULO 5
LA CONSAGRACIÓN DEL SILENCIO
La relación entre Elena y Julián todavía no tenía nombre.
Hasta ese momento había nacido de la necesidad de pensar juntos y de una confianza profesional que ninguno de los dos se permitía confundir con deseo.
Después de la emboscada, Elena empezó a notar algo distinto: Julián sabía cuándo hablar y, sobre todo, cuándo guardar silencio.
Esa contención sería el primer gesto que la acercaría a él.
El vapor químico se extendió con la densidad de una niebla ácida, descendiendo en espirales desde la cúpula abierta. El aire en el interior de la capilla se volvió irrespirable en cuestión de segundos; un olor penetrante a azufre, solventes volátiles y trementina abrasaba las vías respiratorias.
—¡Elena, no respire ese gas!
—exclamó Julián, cuya voz grave rompió la reverberación de la nave.
Se quitó rápidamente la bufanda de lana fina que llevaba al cuello, la empapó con el agua estancada de uno de los recipientes de bronce del altar y se la ofreció a ella.
Elena reaccionó con la rapidez propia de su entrenamiento táctico.
Rechazó la bufanda, tomó su propio pañuelo del bolsillo interior de la chaqueta, lo humedeció y se lo presionó contra la boca y la nariz.
—¡Hacia la sacristía!
—ordenó Elena, ahogando un golpe de tos mientras la vista comenzaba a nublársele por el escozor del vapor.
Avanzaron a través de la penumbra cegadora.
La luz de la linterna apenas lograba traspasar la densidad del gas.
Julián se mantuvo pegado a ella, utilizando su hombro para guiarla entre las sombras de las capillas laterales mientras el compresor industrial continuaba su rugido rítmico tras el altar mayor.
Llegaron a la puerta de roble de la sacristía.
Elena pateó la cerradura con fuerza, pero el pasador de hierro instalado desde el exterior ni siquiera cedió. El marco de madera crujió, inamovible.
—Está bloqueada con una barra transversal —dijo Julián, evaluando la resistencia del portal mientras tosía ligeramente—.
Necesitamos masa para hacer palanca. Elena buscó a su alrededor.
Junto al arco del crucero, un candelabro monumental de hierro forjado descansaba sobre una base de piedra.
Con la fuerza multiplicada por el chute de adrenalina, Elena aferró el fuste metálico y lo abatió contra el suelo.
—Ayúdeme con esto —pidió ella. Juntos tomaron el pesado candelabro como si fuera un ariete improvisado.
Echaron marcha atrás tres pasos y embistieron el centro de la puerta de madera.
El impacto resonó como un cañonazo en la acústica de la capilla.
La madera crujió y se astilló cerca de los goznes.
A la tercera embestida, la hoja cedió con un estallido seco, liberando una corriente de aire frío y húmedo que comenzó a disipar la nube de vapor del vestíbulo.
Rodaron hacia el callejón exterior justo en el momento en que las sirenas de las patrullas de Mateo y las unidades de apoyo cortaban la noche a lo lejos, aproximándose por el camino de grava.
Elena cayó de rodillas sobre la hierba mojada, quitándose el pañuelo y tomando bocanadas desesperadas de aire puro.
Su pecho se elevaba agitadamente; las lágrimas, provocadas por la irritación química, le corrían por las mejillas.
Julián se inclinó a su lado, apoyando una mano sobre su espalda mientras recuperaba el aliento con una serenidad pasmosa, casi sobrehumana.
—Está a salvo, Elena —murmuró él, con una voz suave que contrastaba con la violencia de los minutos anteriores. Elena levantó la cabeza, fijando sus ojos rojos y enfurecidos en los de Julián. La luz lejana de los faros de la policía comenzaba a teñir la niebla de rojo y azul.
—Nos quería encerrados aquí —dijo ella, con el tono áspero por la quemadura del gas—.
No quería matarnos aún. Quería que viéramos el molde.
Quería que supiera que el escenario está listo.
Veinte minutos después, la capilla de Nuestra Señora de la Piedad era un enjambre de agentes con trajes de protección biológica, focos de alta intensidad y personal de policía científica.
El compresor había sido desactivado y los extractores de aire de la unidad de bomberos limpiaban la nave central.
Mateo caminaba de un lado a otro por el transepto con expresión sombría.
Al ver a Elena acercarse con una manta térmica sobre los hombros, se dirigió hacia ella a grandes zancadas.
—¿En qué estabas pensando, Vance?
—estalló Mateo, alzando las manos—. Entrar sin esperar a los refuerzos a una estructura no asegurada...
Pudo haber sido una masacre. El análisis preliminar del gas indica que era una mezcla de sulfuro de carbono y benceno.
Un par de minutos más ahí dentro y ambos habrían sufrido un edema pulmonar severo.
—El sospechoso estaba dentro, Mateo —respondió Elena con voz fría y firme, sin revelar la sacudida emocional que llevaba por dentro—. Si no entrábamos, habríamos perdido la trayectoria de fuga.
—Pues la perdimos de todos modos —replicó el detective, señalando la nave—.
El tipo se evaporó por el entramado de andamios exteriores.
Pero dejó algo en el altar antes de encender el compresor.
El equipo de vestigios acaba de empaquetarlo.
Elena caminó hacia la mesa de restauración iluminada por los focos blancos de los forenses.
En el centro, sobre una bandeja de acero inoxidable, reposaba el objeto recuperado del molde de yeso inacabado.
No era un mensaje en papel. Era un molde de cera negra que reproducía con una fidelidad anatómica aterradora la mano izquierda de una mujer.
En el dedo anular, la cera había sido modelada para replicar un anillo específico: una alianza de oro con un grabado interior diminuto.
Elena sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.
Se inclinó sobre la bandeja, incapaz de apartar la vista.
Aquel anillo no pertenecía a ninguna de las víctimas registradas.
Tampoco era una antigüedad del catálogo de restauración de la Academia.
Era la alianza matrimonial de su madre, una joya que había sido robada de la casa familiar de Elena varios años atrás.
—¿Elena?
—preguntó Mateo, notando la palidez repentina de su cara— .
¿Reconoces esa pieza? Elena apretó los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta hasta que las uñas se le clavaron en la carne de las palmas.
Sabía que Julián estaba de pie a solo dos metros, observando cada uno de sus micro movimientos con la devoción de un cirujano.
—No —mintió Elena, sosteniendo la voz con un esfuerzo sobrehumano—. No la he visto en mi vida. Debe ser de la siguiente víctima seleccionada.
—Sara está cruzando las bases de datos de personas desaparecidas en las últimas cuarenta y ocho horas que coincidan con la morfología de la mano —dijo Mateo, volviéndose hacia los técnicos para dar instrucciones.
Elena se alejó de la mesa paso a paso, sintiendo que la capilla se reducía a un túnel claustrofóbico.
Salió al pórtico exterior, donde la lluvia fina continuaba cayendo sin tregua.
Julián la siguió en silencio, deteniéndose a su lado bajo el alero de piedra.
—Miente muy bien, inspectora —dijo Julián en voz baja, con un tono neutro que no contenía reproche, sino una apreciación estética—.
Pero la dilatación de sus pupilas al ver el anillo la delató por completo ante mí.
Elena no se giró hacia él. Se mantuvo de cara a la noche oscura, con la mandíbula apretada. —Usted sabe quién es, ¿verdad?
—susurró ella, encarando por fin al historiador con los ojos ardiendo por la verdad reprimida—.
Sabe quién está detrás de todo esto. Conoce el cuaderno, conoce el anillo y conoce lo que hice en el bosque de los Pinos.
Julián dio un paso hacia ella. La luz de los rotativos policiales iluminó la mitad de su rostro, dejando la otra mitad sumida en una sombra impenetrable.
Extendió la mano con elegancia y, con la yema de sus dedos, rozó la mejilla de Elena para limpiar una gota de lluvia que corría por su piel.
El contacto fue suave, helado y dominador.
—El verdadero arte no consiste en revelar las respuestas, Elena —murmuró Julián, acercándose tanto que su aliento cálido le rozó la oreja—.
Consiste en guiar al espectador para que descubra la belleza de su propia condena.
El anillo es solo la invitación. La pregunta que debe hacerse no es quién es el Escultor...
sino qué parte de usted misma está dispuesta a sacrificar cuando la escultura esté terminada.
Elena se quedó inmóvil, incapaz de apartarse de ese toque que la aterrorizaba y la encadenaba al mismo tiempo.
En la penumbra de la capilla barroca, entre el olor a cera quemada y la certeza de que su pasado acababa de ser transformado en la materia prima de un asesino, comprendió que ya no había vuelta atrás.
La consagración de la obra había comenzado, y ella era, a la vez, la cazadora y el lienzo final.
El capitán Miller llegó a la capilla a las cuatro de la madrugada.
Tras una breve y agria discusión en el pórtico, al ver el rostro demacrado de Elena, el tono agrietado de su voz por la inhalación del gas y la palidez cadavérica que amenazaba con hacerla colapsar, tomó una decisión tajante.
—Vance, te vas a tu casa. Es una orden directa —decretó Miller, señalando la patrulla de Mateo—.
Estás al límite y no me sirves desmayada en mitad de una escena del crimen.
Mateo se queda a cargo del levantamiento de pruebas con el equipo nocturno.
Mañana a las nueve te quiero en la central, duchada y descansada.
Elena intentó protestar, pero la mano firme de Mateo sobre su hombro la detuvo.