Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 4 #2
30%

CAPÍTULO 4 #2

—Los secretos enterrados son como los cimientos de los frescos barrocos, Elena —murmuró él, sosteniendo su mirada con una intensidad que bordeaba la obsesión—.

Tarde o temprano, la humedad de la culpa hace que la pintura se agriete y la verdad aflore.

Pero yo no estoy aquí para juzgar sus crímenes pasados.

Estoy aquí para ayudarla a entender los presentes.

Elena contuvo el aliento, dividida entre el instinto policial de rechazar la proximidad perturbadora del consultor y la oscura atracción intelectual que la empujaba hacia él.

Julián la comprendía. Entendía la negrura que habitaba en ella, la frialdad que necesitaba para funcionar en el infierno.

Y por primera vez en años, se sentía vista de una manera que aterrorizaba y fascinaba por igual.

La vibración repentina de su teléfono móvil rompió el encanto claustrofóbico.

Elena retrocedió bruscamente, apartando la mano, y descolgó.

—Vance —respondió, su voz temblando ligeramente antes de recuperar el control marcial. Era Sara Chen.

—Elena, acabo de cruzar los datos de las licencias de restauración con la compra de materiales en efectivo de las empresas fantasma —anunció la analista, su voz acelerada por la urgencia—.

Tengo un nombre y una dirección. Una capilla desacralizada del siglo XVIII, en las afueras de la ciudad, fue comprada hace un año por una sociedad anónima extranjera.

Están realizando reformas estructurales con yeso y piedra caliza sin supervisión municipal.

Elena miró a Julián, quien permanecía impasible y sereno, escuchando la conversación por el altavoz que no estaba encendido pero que la acústica permitía descifrar.

—Envíame las coordenadas de inmediato, Sara. Y prepárate para un allanamiento esta noche. Al colgar, Elena tomó su chaqueta de cuero del respaldo de la silla.

—Parece que hemos encontrado su escenario final, doctor Thorne —dijo ella, ajustando el arnés de su arma reglamentaria. Julián recogió sus documentos con movimientos precisos y elegantes, guardándolos en su maletín.

—La capilla será, sin duda, un marco grandioso, inspectora.

Pero le advierto una cosa —dijo, deteniéndose en la puerta y volviéndose hacia ella con una sombra oscura cruzando su mirada—.

El Escultor no construye un escenario para ser atrapado.

Lo construye para invitar a su musa. Tenga mucho cuidado cuando cruce ese umbral.

El estruendo de la lluvia azotando el techo de lámina de la patrulla era el único sonido que rompía el tenso silencio entre Elena y Julián.

Dejaron atrás la masa de hormigón de la ciudad para adentrarse en la carretera secundaria que serpenteaba hacia el norte, donde la vegetación costera y los pinos húmedos devoraban los márgenes del asfalto.

A través del parabrisas, los destellos de las luces cortas apenas alcanzaban a iluminar la estructura que emergía entre la niebla: la Capilla de Nuestra Señora de la Piedad.

Desacralizada a mediados del siglo pasado, la edificación barroca se alzaba con sus muros de mampostería desgastada, arcos de medio punto y una cúpula central parcialmente derruida que parecía una herida abierta contra el cielo nocturno.

Elena apagó los faros a cincuenta metros de la entrada principal y echó el freno de mano.

—Mateo y la unidad de apoyo vienen diez minutos detrás de nosotros —dijo Elena, extrayendo su linterna táctica y revisando el cargador de la SIG Sauer 9mm—.

Nos quedamos en la patrulla hasta que el perímetro esté asegurado.

Julián no respondió de inmediato. Mantenía la mirada fija en el pórtico de la capilla, donde un andamio de tubos metálicos y mallas de obra ocultaba parte de la fachada de piedra.

—No hay luces en el interior, pero la puerta lateral de la sacristía está desencajada, Elena —comentó Julián con voz pausada, señalando con el índice la penumbra del flanco izquierdo— .

Si el proceso de fraguado del yeso y la cera está en marcha, cada minuto cuenta antes de que los materiales se solidifiquen e imposibiliten la extracción de evidencias.

Elena apretó el volante con fuerza, sintiendo el conflicto interno entre la estricta disciplina policial y el impulso abrasador de descubrir si dentro de esos muros se encontraba la respuesta al cuaderno negro.

—Bajo yo sola —sentenció Elena, abriendo la puerta. El aire frío y con olor a tierra húmeda la golpeó de lleno —. Usted se queda en el vehículo, Thorne. Es una orden.

—Las órdenes policiales no detienen la química del deterioro, inspectora —replicó Julián con una cortesía helada, bajando del coche casi al mismo tiempo y ajustándose la solapa del abrigo.

Elena lanzó un taco entre dientes, pero sabía que perder tiempo discutiendo con el historiador en mitad de la tormenta era inútil.

Avanzaron en fila india por el camino de grava húmeda, evitando las zonas despejadas hasta alcanzar el callejón de acceso a la sacristía.

El interior de la capilla olía a cal viva, polvo de mármol fresco, aceite de lino y ese rastro inconfundible y pegajoso de la cera orgánica.

La luz de la linterna de Elena cortó la densidad de la nave central.

Las bancadas de madera habían sido amontonadas a los lados para despejar el transepto.

En el centro exacto, bajo el tambor de la cúpula abierta a la lluvia, se erigía una estructura circular de madera recubierta con láminas de plomo y pan de oro.

Sobre la plataforma no había un cadáver.

En su lugar, descansaba un bloque monumental de yeso de moldear aún húmedo, esculpido a medias.

Del bloque emergían las formas anatómicas de un torso femenino y un brazo alzado en un ángulo desesperado, como si la figura estuviera intentando escapar de la propia materia sólida que la aprisionaba.

A los pies del altar improvisado, varios recipientes de bronce contenían cinabrio líquido y frascos de vidrio con capas de cera purificada flotando en agua estancada.

—Es un escorzo inacabado —murmuró Julián, entrando a la nave con pasos silenciosos que resonaban en la acústica de la bóveda—.

Está preparando el vaciado negativo. Este no es el lugar donde abandona a las víctimas; es su taller principal de moldeado.

Elena caminó desconfiada rodeando la plataforma, con la linterna en la mano izquierda y la pistola en la derecha.

La luz iluminó un escritorio de restauración colocado junto al altar mayor.

Sobre él, ordenados con una simetría desquiciante, reposaban instrumental quirúrgico, espátulas de modelado de hueso y un gramófono antiguo de manivela.

Junto al gramófono, una sola hoja de papel de tina, doblada por la mitad.

Elena se acercó, manteniendo el arma apuntada hacia la penumbra de las capillas laterales.

Con la punta de la linterna desdobló el papel.

«La forma perfecta exige que el molde abrace la carne mientras el aliento aún la mantiene tibia.

Has llegado a tiempo para ver la preparación del gran lienzo, Elena.

Pero para la consagración final, el escenario requiere que dejes atrás la placa que te protege del pasado.

» Un chasquido metálico resonó en la parte posterior de la nave central, seguido por el sonido seco de una puerta pesada al cerrarse y pasar el cerrojo desde el exterior.

—¡Elena!

—la voz de Julián sonó por primera vez desprovista de su habitual distancia calculada.

Elena se giró bruscamente, enfocando la linterna hacia la entrada principal.

La figura de un hombre embozado se recortó por un instante tras el ventanal de la sacristía antes de desaparecer en la oscuridad de la noche.

En el mismo segundo, el motor de un compresor industrial oculto tras el altar se encendió con un zumbido sordo.

De los tubos instalados en la parte alta de la cúpula comenzó a emanar un vapor denso y blanquecino de sulfuro y solventes químicos que empezó a descender rápidamente sobre la nave central, cerrando el paso del aire limpio y dejando a Elena y a Julián atrapados en el corazón de la estructura.