CAPÍTULO 4
LA PREPARACIÓN DEL LIENZO
La entrada en la casa no se planteó como una incursión improvisada.
Miller obtuvo una orden de registro urgente a partir de la compra irregular de materiales, la actividad no autorizada de la sociedad propietaria y la detección térmica de una fuente de calor compatible con un taller activo.
Dos unidades de apoyo quedaron en el perímetro, Bomberos fue avisado y Policía Científica preparó el equipo de extracción de evidencias.
Elena tendría que entrar si existía una amenaza inmediata para una posible víctima, pero el operativo ya contaba con una ruta de retirada y cobertura exterior.
El asesinato de Marcus Fray desató el caos absoluto en la jefatura policial.
A las siete de la mañana, los pasillos estaban atestados de reporteros, funcionarios del distrito y agentes de asuntos internos.
La presión mediática era asfixiante; la filtración de que el asesino no solo seguía suelto, sino que había convertido al principal experto técnico en su nueva víctima, provocó la furia del alcalde y del alto mando.
En la sala de operaciones del equipo de Elena, el silencio era denso y tenso.
Las fotografías de la escena del crimen en la casona de Fray ocupaban ahora el centro de la pizarra, flanqueadas por las tres víctimas previas.
Mateo, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y la frustración evidente en sus movimientos, revisaba las transcripciones de las cámaras de tráfico alrededor de la zona.
Mateo había llegado a la sala con un informe de cámaras preparado antes de que Seguridad entregara las copias completas. Elena lo notó y frunció el ceño.
—¿De dónde sacaste estas imágenes? —preguntó. —Me las pasó un contacto de tráfico. Quería adelantar trabajo —contestó él.
La explicación era posible, pero no satisfactoria. Elena pidió que el origen del archivo quedara anotado en la cadena de custodia. Mateo asintió sin discutir, aunque su expresión se endureció por un instante.
—Nada. El tipo no dejó rastro —gruñó Mateo, arrojando un manojo de papeles sobre la mesa—.
Ni huellas en la casona, ni grabaciones útiles, ni testigos en un radio de cinco manzanas.
Es un fantasma, Elena. Y ahora tiene carta blanca para seguir cazando.
Elena se mantenía de pie frente a las imágenes, analizando la caligrafía del mensaje hallado en las rodillas de Fray: «El falso maestro ha sido retirado del escenario.
La verdadera función está por comenzar.» Su mente no dejaba de repasar la conversación de la noche anterior con Julián.
Los verdaderos maestros nunca firman el lienzo hasta que la obra está terminada, le había advertido.
Julián tenía razón en cada detalle. Él había anticipado el fracaso de Vance antes incluso de que la policía llegara a su casa.
—¿Dónde está Thorne?
—preguntó Elena con voz contenida.
—El capitán Miller lo citó en su oficina a primera hora —
respondió Sara, levantando la vista de su monitor—.
Quieren saber si sus perfiles históricos pueden identificar algún patrón nuevo basado en la escenificación de anoche.
Elena asintió, aunque el estómago se le encogió ante la mención de Julián en las altas esferas de la investigación.
El cuaderno negro seguía bajo llave en su despacho; la amenaza silenciosa y directa que contenía sobre su pasado seguía sin salir a la luz, quemándola por dentro.
Si confesaba lo que había leído, la apartarían del caso inmediatamente, y eso era exactamente lo que el asesino buscaba: aislarla.
La oficina del capitán Miller estaba inundada por el humo espeso de sus cigarrillos.
Julián permanecía sentado frente a él, con las piernas cruzadas y la expresión tan inescrutable como siempre, sin inmutarse por la atmósfera cargada.
—Doctor Thorne —empezó Miller, apagando el cigarro con fuerza contra el cenicero—, su predicción de anoche fue inquietantemente precisa. Fray no era el asesino, era la distracción. ¿Cómo sabía que la pose y los materiales apuntaban en esa dirección?
—La respuesta, capitán, está en la historia del arte y no en los manuales de criminología —respondió Julián, usando un tono didáctico pero cortante—.
Fray carecía del pulso técnico. Su obsesión era la química, no la narrativa visual.
El asesino que buscamos es alguien que comprende la liturgia de la presentación; no busca simplemente preservar la carne, sino comunicar una idea.
Fray fue sacrificado porque su tosquedad ofendía la pureza de la obra final.
Miller frunció el ceño y se inclinó hacia adelante.
—Bien. Si usted entiende tan bien su mente, dígame: ¿qué significa esa frase de la «verdadera función»?
—Significa, capitán, que el asesino ha completado su fase de ensayo.
Las tres víctimas y Fray fueron estudios de luz, composición y textura —explicó Julián, apoyando los codos sobre los apoyabrazos y entrelazando los dedos —.
La «verdadera función» es su Opus Magnum.
Y a juzgar por la teatralidad de sus ejecuciones, el escenario final no será un rincón oscuro de la ciudad.
Será un lugar público. Un altar donde su espectadora principal deba contemplar el sacrificio en toda su plenitud.
Elena, que acababa de abrir la puerta de la oficina tras llamar brevemente, se detuvo en seco al escuchar las últimas palabras de Julián.
Su espectadora principal. El historiador no había apartado la vista del capitán, pero Elena supo instintivamente que el mensaje iba dirigido a ella.
—Inspectora Vance, la estábamos esperando —dijo Julián, girando ligeramente la cabeza para recibirla con una mirada que era mitad cortesía y mitad desafío—.
Supongo que trae los informes toxicológicos de la última víctima.
Elena cerró la puerta a sus espaldas, caminando hacia el escritorio con la mandíbula tensa.
—Los tengo —confirmó, entregando una carpeta delgada a
Miller—. La mezcla de cera y cinabrio hallada en las manos de Fray es idéntica a la del almacén. Sin embargo, el forense encontró una anomalía en las fosas nasales: restos microscópicos de yeso fresco y polvo de mármol blanco. No provienen de su taller. Julián alzó una ceja, visiblemente intrigado.
—Yeso fresco —murmuró, como si paladeara el hallazgo—. El asesino está preparando el molde de la pieza final en un espacio en construcción o en proceso de restauración estructural.
—Necesitamos cruzar los permisos de obra municipales con las licencias de restauración de patrimonio histórico en los últimos tres meses —sugirió Elena, dirigiendo la mirada al capitán.
Miller asintió con gravedad.
—Autorizado. Thorne, quiero que trabaje directamente con Vance en la revisión de esos permisos.
Usted conoce los espacios históricos de la ciudad mejor que cualquiera de nosotros.
Encuentren ese taller final antes de que este lunático reclame su obra maestra.
A las cuatro de la tarde, la luz declinante teñía de naranja cobrizo los pasillos desiertos de la biblioteca central de la Jefatura.
Elena y Julián estaban solos en el archivo histórico, rodeados de carpetas municipales, planos de la ciudad y registros de restauración.
El silencio solo era roto por el crujir del papel y el zumbido leve del sistema de climatización.
La tensión entre ambos era un cable tenso a punto de romperse.
—Dejó que el capitán pensara que el asesino busca reconocimiento público —soltó Elena de pronto, sin apartar la vista de un plano urbano. Julián dejó a un lado el expediente que estaba leyendo y se giró hacia ella con lentitud calculada.
—¿Le molesta que ofrezca un perfil preciso, o le molesta que lo haga omitiendo lo que usted y yo sabemos en realidad?
—replicó él, su voz grave resonando con un eco sutil entre los estantes de madera. Elena levantó la vista, clavando sus ojos oscuros en la figura impecable del historiador.
—Usted sabe que él me está hablando a mí, Julián.
Sabe que las escenas del crimen son mensajes personales.
Pero también sabe que no puedo llevar esa información al capitán Miller sin que me aparten del caso.
¿Por qué no lo dijo en la reunión? Julián acortó la distancia entre ellos con dos pasos silenciosos y fluidos, invadiendo el espacio personal de la inspectora.
Su altura la obligaba a alzar la cabeza ligeramente.
—Porque el arte exige complicidad, Elena —susurró él, y el uso de su nombre sin el título formal hizo que el aire en los pulmones de Elena se volviera denso—.
Si Miller interviene, el asesino cambiará las reglas del juego.
Y si cambia las reglas, usted nunca sabrá qué intentaba decirle.
Elena dio un paso atrás, pero la mesa de roble se interpuso en su camino, dejándola atrapada entre el borde pulido y la presencia abrumadora de Julián.
—Sabe sobre mi pasado —dijo ella, con un hilo de voz tenso por la adrenalina, refiriéndose al contenido del cuaderno negro y, sin saberlo, a lo que Julián ya intuía—.
Quienquiera que sea este hombre, conoce secretos que enterré hace años.
Julián levantó la mano con una lentitud deliberada, rozando con los nudillos el dorso de la mano de Elena que descansaba tensa sobre el plano.
El contacto fue gélido, y sin embargo, provocó un escalofrío abrasador a lo largo de su brazo.