CAPÍTULO 3
EL ESPEJO DE CINAbrIO
El sonido de la lluvia al chocar contra los ventanales rotos del taller amortiguó el chasquido del cuaderno al cerrarse.
Elena presionó el cuero negro contra su chaleco táctico, sintiendo el impulso primario de ocultar la prueba antes de que Mateo o cualquier otro agente pudiera leer lo que guardaban sus páginas.
—Vance, ¿qué encontraste ahí?
—insistió Mateo, dando un paso al frente con la linterna enfocada directamente a las manos de la inspectora.
—Notas sobre las víctimas —mintió Elena sin pestañear, sosteniendo la mirada del detective con una frialdad ensayada— .
Rutas de seguimiento, horarios y mezclas de pigmentos.
Es el diario de trabajo de este demente.
Mateo frunció el ceño, detectando la micro expresión de tensión en la mandíbula de su compañera, pero el crujido de la madera en la trastienda desvió la atención de todos.
Dos agentes de apoyo irrumpieron en el espacio central con las armas levantadas.
—Perímetro asegurado, inspectora —reportó uno de ellos—.
La puerta trasera da a un callejón ciego.
No hay nadie en el edificio, pero la tetera de la cocina improvisada aún está tibia.
Estuvo aquí hace menos de una hora. Elena no respondió de inmediato.
Sintió la mirada de Julián fija en ella desde la penumbra.
El historiador no había avanzado hacia el escritorio, pero su postura erguida y sus ojos oscuros reflejaban un cálculo minucioso.
No parecía sorprendido por el hallazgo; parecía un espectador atento en el acto crucial de una obra teatral.
—Aseguren el lugar —ordenó Elena, recuperando la voz de mando—.
Que Policía Científica empaquete cada frasco, cada boceto y este cuaderno.
Quiero un análisis dactilar completo de la mesa y de los picaportes.
Mateo, habla con el propietario del inmueble y averigua a nombre de quién está el contrato de arrendamiento de esta empresa fantasma.
—Voy de inmediato —asintió Mateo, aunque dedicó una última mirada inquisitiva al cuaderno antes de salir hacia la patrulla.
A las once de la noche, la sala de operaciones de la Jefatura estaba sumida en una penumbra artificial, iluminada únicamente por la luz azulada de los monitores y los focos que apuntaban a la pizarra de pruebas.
Elena se encerró en su despacho individual y echó el cerrojo.
Colocó el cuaderno de cuero sobre el escritorio de madera y lo abrió con cuidado bajo la lámpara de flexo.
Volvió a la página marcadora. Allí estaba su rostro.
La precisión del trazo a lápiz era inquietante: había capturado la inclinación exacta de sus hombros cuando estaba fatigada y la ligera cicatriz junto a su ceja izquierda.
Pero lo que hacía que el aire se le helara en los pulmones era la nota al pie de página, escrita con caligrafía pulcra y fina: «La justicia humana es un barniz torpe sobre un lienzo agrietado.
Conozco el peso de la tierra sobre el cuerpo que enterraste en el bosque de los Pinos, Elena.
Tú y yo compartimos el mismo arte: la preservación del secreto.
» Un golpe suave en la puerta de cristal la hizo reaccionar.
Elena cerró la libreta de golpe y la deslizó dentro del cajón inferior, echando la llave antes de ponerse de pie.
Era Julián. A través del cristal, sostenía dos tazas de café para llevar. Elena abrió la puerta.
—Pensé que le vendría bien esto, inspectora Vance —dijo
Julián, ofreciéndole una de las tazas de cartón—. El café de la máquina central sabe a solvente industrial. Este viene de la cafetería de la esquina.
—Gracias, doctor Thorne —respondió ella, haciéndose a un lado para dejarlo entrar—.
Debería haberse ido a casa hace horas. Su contrato no exige turnos nocturnos en la central.
Julián caminó hasta el ventanal que daba a la sala de mandos vacía, observando las fotos de las víctimas colgadas en la pizarra.
—El arte puede esperar; una persona no debería hacerlo, Elena —dijo en voz baja, usando su nombre de pila por primera vez con una fluidez natural—.
Y este caso ha dejado de ser una simple investigación criminológica.
Lo veo en sus ojos. Lo que encontramos en ese taller cambió algo en usted.
Elena se apoyó contra el borde del escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho para ocultar el ligero temblor de sus dedos.
—Encontramos la confirmación de que estamos persiguiendo a alguien meticuloso, Julián.
Alguien que estudia a la policía tanto como nosotros lo estudiamos a él. Julián giró la cabeza despacio, estudiando el rostro de la inspectora bajo la luz tenue de la lámpara.
—Hay una diferencia fundamental entre un criminal común y un artista de la muerte —comentó Julián, dando un sorbo a su café—.
El criminal huye de la policía porque le teme al castigo.
El artista busca a un espectador digno. Alguien que sea capaz de comprender la simetría de su obra y la necesidad de sus sombras.
Elena sostuvo su mirada, sintiendo una corriente helada recorriéndole la columna vertebral.
La voz de Julián era pausada, magnética, capaz de envolver el espacio en una atmósfera de intimidad peligrosa.
—¿Y usted cree que él ha elegido a su espectador?
—preguntó ella.
—Estoy convencido de ello —respondió Julián con una sonrisa imperceptible—.
Cada detalle del escenario, desde la postura de la Santa Cecilia hasta el uso del cinabrio, es un diálogo privado.
El ’Escultor’ no busca impresionar a la prensa ni a sus superiores, Elena.
Le está hablando directamente a usted. La pregunta es: ¿qué está dispuesta a responderle cuando la obra llegue a su clímax?
Antes de que Elena pudiera articular una respuesta, la luz de la sala de mandos se encendió de golpe.
Mateo abrió la puerta del despacho sin llamar, sosteniendo una carpeta de manila con el sello de «Urgente».
—Tenemos la identidad del arrendatario del taller —anunció Mateo, rompiendo la tensión de la habitación con voz agitada—El contrato fue firmado hace seis meses a nombre de un difunto.
Pero el pago del alquiler se realizaba mediante transferencias bancarias desde una cuenta de custodia radicada en el extranjero.
—¿Hay un hilo del que tirar?
—preguntó Elena, alejándose del escritorio.
—Mejor que eso —dijo Mateo, extrayendo una fotografía impresa del sistema de vigilancia de la sucursal bancaria local— .
El apoderado que retiraba los extractos en efectivo fue captado por las cámaras ayer por la mañana.
Elena tomó la fotografía y la colocó bajo la luz de la lámpara.
La imagen mostraba a un hombre de unos cincuenta años, de complexión delgada, cabello cano y una cicatriz visible en el pómulo derecho.
—Es el doctor Marcus Fray —dijo Mateo, clavando la vista en Elena—.
El primer catedrático que entrevistamos para la consultoría.
El especialista en restauración que descartó el caso como simple sadismo.
Un silencio pesado cayó sobre el despacho.
Julián dio un paso al frente, inclinándose ligeramente sobre la fotografía con expresión analítica.
—Marcus Fray fue expulsado de la Academia de Bellas Artes hace cinco años por manipular la restauración de un retablo barroco del siglo XVII —intervino Julián en voz baja—.
Se le acusó de obsesión con las técnicas de conservación orgánicas y heterodoxas.
Elena miró la foto del sospechoso y luego a Julián.
El engranaje encajaba demasiado bien, casi de forma perfecta.
El primer experto entrevistado, el hombre que intentó desviar la atención de la policía desde el principio, resultaba ser el arrendatario del taller de cera.
Sin embargo, en el fondo de su mente, el susurro del cuaderno de cuero resonaba con una advertencia implacable.
¿Era Marcus Fray el verdadero «Escultor», o solo una pieza más colocada meticulosamente en el tablero por alguien que manejaba los hilos desde una penumbra mucho más cercana?
—Si Marcus Fray es el arrendatario, tenemos causa probable suficiente para una orden de detención y registro — sentenció Elena, guardando la fotografía en la carpeta oficial con un movimiento metódico.
—Iré a preparar al equipo de asalto para su domicilio — dijo Mateo, dando media vuelta con decisión—.
Esta vez no se nos va a escapar. Elena asintió, pero cuando Mateo cruzó el umbral del despacho, ella permaneció inmóvil tras la mesa.
La pieza encajaba demasiado rápido. Para un individuo que había demostrado un dominio quirúrgico de la composición, la química y los tiempos, dejar un rastro bancario directo con el rostro expuesto ante las cámaras sonaba a un descuido imprudente...
o a un chivo expiatorio cuidadosamente posicionado en el momento exacto.
Julián se acercó a la puerta de cristal y echó la cortina de láminas antes de volverse hacia Elena.
Su silueta recortada contra la penumbra del despacho transmitía una calma magnética y desconcertante.
—Marcus Fray es un hombre brillante, pero carece de la visión poética para una obra de esta magnitud — comentó Julián con voz pausada, dando un paso lento hacia el escritorio—.
Es un artesano de la restauración, no un creador.
Se obsesiona con la química, pero carece del alma barroca que exige este nivel de sacrificio.
Elena clavó sus ojos en los de Julián. La cercanía del historiador proyectaba una sombra densa sobre la mesa donde guardaba bajo llave el cuaderno de cuero.
—Está sugiriendo que alguien lo está utilizando, Julián.
—Sugiero, inspectora, que los verdaderos maestros nunca firman el lienzo con su propio nombre hasta que la obra está terminada —respondió él, apoyando ambas manos sobre la madera del escritorio e inclinándose ligeramente—.
Marcus puede ser la mano que compró el material, pero la mente que redactó los mensajes directos a usted sigue estando a salvo en la oscuridad.
El silencio entre los dos se volvió denso, casi palpable.
Elena sostuvo el pulso visual, consciente de que Julián estaba leyendo la tensión en su postura con la misma agudeza con la que analizaba los bocetos de la escena del crimen.
—¿Cómo sabe que los mensajes eran para mí?
—preguntó Elena en un susurro cargado de electricidad. Julián dedicó una leve sonrisa enigmática, apenas una sombra en la comisura de sus labios.
—Porque desde el primer día comprendí que el mensaje estaba dirigido a usted.
La secuencia, los materiales y la selección de escenarios coinciden con métodos de una red clandestina que estudié durante años.
No sabía todavía quién era el maestro de taller ni por qué usted estaba en el centro.
Solo sabía que alguien estaba utilizando una gramática que yo ya había visto antes.
A la una de la madrugada, tres furgonetas tácticas de la policía rodearon la residencia del doctor Marcus Fray, una vieja casona de tres plantas ubicada en los márgenes del barrio universitario.
El aire olía a tierra mojada y pino quemado.
Elena, ataviada con el chaleco antibalas y el arma corta en la mano, encabezó el avance junto a Mateo.
Julián permanecía dentro del vehículo de mando, observando la operación a través del parabrisas lluvioso.
—A las tres echamos la puerta abajo —ordenó Elena por la frecuencia de radio.
—Entendido —respondió Mateo desde el flanco izquierdo.
Tres, dos, uno. El ariete de la unidad de asalto impactó contra la madera maciza de la entrada con un estruendo seco.
La puerta cedió de golpe y los agentes irrumpieron en el vestíbulo al grito de orden policial.
El interior de la casa era un laberinto sofocante.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías que albergaban cientos de frascos con pigmentos, réplicas en yeso de rostros agónicos y tomos deshojados de anatomía comparada.
Sin embargo, no había gritos ni intentos de huida.
Al llegar al salón principal, la luz de las linternas tácticas reveló una escena sobrecogedora.
En el centro de la estancia, sentado en un sillón de orejas de terciopelo verde, se encontraba el doctor Marcus Fray Vestía un traje de etiqueta pulcro, pero su cuerpo permanecía completamente rígido.
Su cabeza descansaba inclinada hacia atrás y sus ojos abiertos, fijos en el techo, mostraban el mismo acabado satinado e inmóvil que las víctimas del almacén.
Sus manos estaban posadas sobre los apoyos del sillón, recubiertas por una fina capa de cera transparente que fijaba sus dedos a la madera.
Sobre sus rodillas descansaba un papel de estraza con una sola frase escrita en caligrafía barroca: «El falso maestro ha sido retirado del escenario.
La verdadera función está por comenzar.» Mateo bajó el arma despacio, dejando escapar un taco entre dientes.
—No era el asesino —murmuró el detective, enfocando el rostro petrificado de Fray—.
Era la siguiente escultura. Elena se acercó al cuerpo sin tocar nada, sintiendo cómo el estómago se le comprimía en un nudo helado.
Marcus Fray no había sido el cerebro del caso; había sido el peón sacrificado para desviar la atención de la policía y limpiar el camino hacia el verdadero objetivo.
Giró la cabeza hacia la ventana de la casona que daba a la calle.
A través del cristal empapado por la lluvia, vio la silueta lejana de Julián Thorne bajando del vehículo de mando, ajustándose la solapa del abrigo mientras observaba la casa iluminada por los destellos rojos y azules de las sirenas.
En ese instante, Elena comprendió la terrible realidad: la cacería no había terminado con la muerte del sospechoso principal.
Quienquiera que estuviera al mando del juego acababa de cerrar la primera parte de su obra, y la línea que separaba a la investigadora del próximo cadáver era cada vez más delgada.