Entre la Cera y la Sangre CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Póngase un chaleco táctico de la unidad y no se separe de Mateo ni de mí en ningún momento —sentenció ella.

Cinco minutos después, la patrulla de Elena y Mateo, seguida por dos unidades de apoyo con las sirenas apagadas, se abría paso entre la niebla vespertina hacia el distrito histórico, sin saber que en el taller no solo encontrarían las herramientas del asesino, sino la primera pista directa de que la investigación ya estaba profundamente comprometida desde adentro.

El callejón de los Artesanos estaba sumido en una penumbra húmeda cuando las tres unidades policiales cortaron el paso.

Las fachadas de piedra desgastada absorbían la luz de los faros, y el número 14 se erigía como una mole de madera carcomida y ventanales cubiertos por gruesas capas de hollín y polvo acumulado.

Elena desenfundó su arma reglamentaria con un movimiento fluido.

Mateo se posicionó al otro lado del marco de la puerta, mientras los dos agentes de apoyo cubrían el perímetro exterior.

Julián permaneció unos pasos atrás, con el chaleco táctico sobre su chaqueta y las manos en los bolsillos, observando la estructura con una serenidad inquietante.

—Sin sirenas, sin luces —susurró Elena—.

Entramos rápido. Mateo forzó la cerradura de hierro con una palanca corta.

Con un chasquido seco, la hoja de madera cedió hacia adentro, liberando de inmediato una ráfaga de aire helado que transportaba el mismo perfume denso y reconocible de la escena del crimen: cera de abejas, trementina, tierra húmeda y aceite de lino.

El interior era un espacio de techos altísimos, apoyado sobre vigas de roble oscuro.

La luz de las linternas tácticas cortó la penumbra, revelando un escenario sobrecogedor.

Bustos de yeso inacabados, extremidades de mármol tallado y moldes de silicona descansaban en las estanterías como restos de una masacre inerte.

En el centro del taller, sobre una mesa de trabajo de madera maciza, se encontraban ordenados en hileras perfectas frascos de cristal con pigmentos minerales: cinabrio carmesí, lapislázuli molido, oropimente amarillo y polvo de hueso.

—Está limpio. No hay nadie aquí —anunció Mateo tras inspeccionar la trastienda con la linterna y el arma en alto—.

Pero este tipo usa el lugar como su taller de preparación.

Elena avanzó hacia el fondo del recinto, donde una pared de ladrillo visto estaba completamente cubierta por un mapa topográfico de la ciudad.

Decenas de hilos de seda roja conectaban las ubicaciones de los tres cadáveres hallados hasta el momento con varios puntos de interés histórico y galerías de arte.

—Miren esto —murmuró Elena, enfocando el centro del mapa.

En el corazón de la red de hilos rojos no había una dirección ni una fotografía de una víctima, sino un boceto a lápiz realizado sobre papel de gramaje antiguo.

Representaba una cuarta escultura, aún más compleja, dispuesta con la anatomía forzada de un ángel caído.

Bajo el dibujo, una inscripción en latín trazada con caligrafía impecable: «Amor Vincit Omnia et Veritas Vos Liberabit».

Julián se acercó despacio, situándose justo al hombro de Elena.

La luz de la linterna iluminó la mitad de su rostro, dejando la otra sumergida en una sombra absoluta.

—La cuarta fase de la obra —dijo Julián en voz baja, con un tono casi reverente—. La consagración. Ya ha elegido a la siguiente modelo.

—No si intervenimos el lugar y rastreamos la propiedad de esta empresa fantasma —replicó Mateo, aproximándose a la mesa central—. Voy a pedir al equipo de policía científica que traiga todo el equipo de iluminación y análisis forense.

—Espere, detective —interrumpió Elena, deteniendo a Mateo con la mano.

Algo en el escritorio de trabajo del taller había captado su atención.

Entre las espátulas de modelado, las balanzas de precisión y las fijaciones químicas, descansaba un cuaderno de cuero negro entreabierto.

Elena se enfundó un par de guantes de nitrilo y se inclinó sobre las páginas.

No eran simples notas técnicas de anatomía o recetas de barnices.

Las páginas contenían registros de seguimiento minuciosos: horarios de entrada y salida, rutas de transporte, hábitos nocturnos...

todo enfocado en los miembros de la propia investigación policial.

Elena pasó la página con el pulso repentinamente helado.

En la siguiente hoja, dibujado a tinta china con un nivel de detalle perturbador, aparecía el retrato de la propia Elena Vance.

Junto a su rostro, el autor había escrito las fechas exactas de su expediente policial, sus turnos de guardia y, rodeado con un círculo rojo de cinabrio, un dato que solo tres personas en todo el departamento conocían: la fecha exacta del crimen del pasado que ella había encubierto para proteger a su familia.

Un silencio sofocante cayó sobre el taller.

Mateo se acercó al ver la rigidez de su compañera.

—¿Elena? ¿Qué es eso?

—preguntó el detective, enfocando la libreta.

Elena cerró el cuaderno de golpe, sintiendo una corriente de aire helado erizarle la piel.

Miró alrededor del taller oscuro. Las estatuas de yeso parecían observarla desde las sombras.

Quienquiera que fuera «El Escultor», no solo estaba ejecutando una serie de asesinatos rituales; estaba operando con información privilegiada desde el corazón del sistema, observando cada uno de sus movimientos desde mucho antes de que se descubriera el primer cadáver.

—Nos está mirando —murmuró Elena, girándose despacio hacia la penumbra del fondo del taller—. Sabe exactamente quiénes somos. Y sabe perfectamente qué es lo que oculto.