CAPÍTULO 2
CRETÁCEO Y CINAbrIO
Antes de continuar, Elena observó a Mateo. El detective había cerrado una ventana del informe digital que no necesitaba cerrar y guardó el teléfono cuando ella se acercó.
—¿Algún problema? —preguntó Elena.
—Ninguno. Un proveedor me devolvió una llamada — respondió él, demasiado rápido.
Elena no insistió. Solo anotó mentalmente el detalle: Mateo era meticuloso con los informes, pero aquella mañana parecía más preocupado por quién podía ver su pantalla que por lo que mostraban las pruebas.
El hedor a formaldehído y metal frío de la morgue acompañó a Elena durante todo el trayecto de regreso al despacho.
Eran las nueve de la mañana cuando el equipo volvió a reunirse en la sala de operaciones.
El sol de la mañana comenzaba a golpear los ventanales de la Jefatura, revelando las motas de polvo en suspensión y el cansancio acumulado en el rostro de cada uno de los presentes.
En la pizarra central, la foto de la víctima del almacén textil ya no estaba sola.
A su lado, flanqueadas por fichas policiales recuperadas del archivo de casos fríos, colgaban las fotografías de las otras dos víctimas.
—Tres víctimas confirmadas —inició Elena, marcando con un rotulador rojo la fecha estimada de la muerte de cada una.
La primera, registrada en mayo como una muerte accidental en un inmueble abandonado del sector industrial.
La segunda, recuperada en junio de la ribera del río y clasificada como ahogamiento.
Y la última, hallada hace unas horas en el almacén.
El patrón temporal indica una aceleración en sus intervalos.
Pasó de tres semanas entre la primera y la segunda, a solo catorce días para la tercera.
—El proceso de perfeccionamiento requiere menos tiempo a medida que domina la técnica —intervino Julián desde su esquina.
Se había quitado la chaqueta de su traje marengo y la mantenía doblada con elegancia sobre el respaldo de su silla.
Se inclinaba sobre la mesa examinando las fotografías en alta resolución de los sellos cuneiformes encontrados en las gargantas de las víctimas.
—Las primeras dos mujeres presentaron un nivel menor de concentración de resina en los tejidos —continuó Julián, alzando la vista para conectar con la mirada de Elena—.
Eran pruebas de permeabilidad cutánea. En la tercera, la mezcla de cera de abejas, aceite de linaza y cinabrio es uniforme.
Es la diferencia entre el primer boceto a carbón de un maestro y el lienzo final presentado ante el público.
—Doctor Thorne —interrumpió Mateo, apoyando los puños sobre la mesa con escepticismo—, con todo respeto a la historia del arte, lo que tenemos aquí son tres asesinatos premeditados y un maniático que sabe bastante de química.
¿Cómo nos ayuda la iconografía barroca a predecir dónde va a colocar el siguiente cadáver?
Julián no se inmutó ante el tono desafiante del detective.
Con calma pausada, abrió su maletín de cuero y extrajo una lámina impresa en alta definición de una obra de arte. La colocó en el centro de la mesa.
—Este es El triunfo de la Muerte, de Giacomo Borlone de Buschis —explicó Julián, indicando los detalles con el índice.
En la pintura barroca e iconografía bajomedieval, los cadáveres no se disponen al azar.
Siguen una composición alegórica estricta dividida en tres etapas: la purificación mediante el agua, la fijación mediante la cera y la consagración mediante el color.
Las tres primeras víctimas representan esas tres fases en orden cronológico exacto.
Sara Chen, que tecleaba frenéticamente en su estación de trabajo, alzó la mano sin despegar los ojos del monitor.
—He cruzado los datos de los análisis toxicológicos de la morgue con las bases de datos de proveedores industriales — anunció Sara—.
El pigmento de cinabrio utilizado en la última víctima no es sintético.
Es sulfuro de mercurio extraído de forma artesanal, con vestigios de minerales raros que solo se comercializan en tres restauradoras especializadas de la región y un par de talleres privados de conservación.
—Quiero un rastreo inmediato de todas las compras de esos talleres en los últimos seis meses, Sara —ordenó Elena—. Nombres, firmas, métodos de pago y licencias de manipulación de químicos.
—A la orden, inspectora. El capitán Miller entró en la sala con una taza de café humeante y el semblante ensombrecido.
Llevaba veintidós años en el cuerpo, los últimos ocho al frente del distrito, y Elena sabía que ese tiempo se le notaba menos en las canas que en la manera en que últimamente evitaba mirar los expedientes viejos.
Corría un rumor viejo entre los veteranos —nunca confirmado, nunca del todo desmentido— sobre un caso de finales de los noventa que Miller había cerrado demasiado rápido, a cambio de una recomendación que lo sacó de una comisaría de provincia y lo trajo a la capital.
Nadie lo mencionaba delante de él. Miller tampoco lo mencionaba delante de nadie.
—La prensa ya filtró la relación entre el caso del almacén y los hallazgos de la morgue —dijo Miller, apoyando la espalda contra el marco de la puerta—.
El periódico local titula en portada sobre ’Las Estatuas de Sangre’.
Tengo al fiscal de distrito pidiendo resultados y a la alcaldía exigiendo que mantengamos al equipo restringido.
Vance, te quiero en el laboratorio de análisis químico con Thorne.
Si hay una firma única en esa mezcla de cera y minerales, la quiero sobre mi mesa antes del mediodía.
Fue una orden clara, directa, la de siempre.
Pero Elena notó, por primera vez, que Miller daba esas órdenes mirando un punto en la pared por encima de su cabeza, como si llevara años entrenándose para no sostener la mirada de nadie durante demasiado tiempo.
—Entendido, capitán. El laboratorio central de la policía científica era un espacio amplio, dominado por mesas de acero inoxidable, microscopios electrónicos y la luz blanca de las lámparas fluorescentes.
Elena y Julián trabajaban codo a codo frente al espectrómetro de masas donde se analizaban los residuos recuperados del sello de bronce hallado en la garganta de la última víctima.
La cercanía de Julián traía consigo un aroma discreto a sándalo y papel antiguo que contrastaba intensamente con los efluvios químicos de la sala.
—Tiene una compostura muy inusual para alguien que no pertenece a la fuerza policial, doctor Thorne — comentó Elena sin apartar la vista de los resultados que comenzaban a renderizarse en la pantalla.
—El análisis de la belleza y de la tragedia exige distanciamiento emocional, inspectora Vance —respondió Julián, observando las gráficas químicas—.
Si un restaurador se conmueve ante la grieta de un fresco antiguo, le temblará el pulso al aplicar el pincel.
Me imagino que en la perfilación criminal ocurre algo similar.
Elena pausó sus movimientos. La frase tocó una fibra sensible en su interior, trayendo a su memoria por un brevísimo instante el recuerdo reprimido de aquella noche, años atrás, cuando tuvo que limpiar meticulosamente las evidencias para proteger a su hermano y cubrir un crimen que jamás debió salir a la luz.
—Hay marcas que no se borran con distanciamiento — murmuró Elena, recuperando la firmeza en la voz—.
Solo se aprende a convivir con ellas. Julián la estudió en silencio por unos segundos.
Su mirada era penetrante, analítica, como si estuviera descifrando una capa de barniz oscuro sobre un cuadro antiguo para adivinar la escena oculta debajo.
—Ciertamente —dijo Julián en voz baja—. Todos llevamos un secreto que consideramos nuestra obra maestra o nuestra condena.
El bip del espectrómetro interrumpió el momento.
Las lecturas de los componentes del sello revelaron una firma atípica: una proporción exacta de cera de abejas virgen mezclada con resina de alerce y rastros de polvo de mármol de Carrara.
—No es un material de uso común en restauración moderna —observó Elena, analizando la densidad de la fórmula—. Esta combinación solo se utiliza en la réplica de técnicas de modelado escultórico del Renacimiento tardío.
—O por un escultor que no busca restaurar el pasado, sino recrearlo con materia viva —añadió Julián. A las tres de la tarde, Mateo entró al laboratorio con un archivo manchado de grasa bajo el brazo.
—Tenemos un cruce positivo en las bases de datos de proveedores, Elena —dijo Mateo, arrojando la carpeta sobre la mesa de análisis—.
Un taller de restauración y escultura situado en el casco viejo hizo tres pedidos de cinabrio natural y cera purificada en los últimos cuatro meses.
Compras pagadas en efectivo a nombre de una empresa fantasma.
—¿Dirección del taller?
—preguntó Elena de inmediato, tomando las llaves de su vehículo institucional.
—Callejón de los Artesanos, número 14. Un antiguo estudio de esculpido que perteneció a un profesor de la Academia de Bellas Artes, cerrado al público hace dos años. Elena miró a Julián, quien ya tomaba su abrigo del perchero con gestos tranquilos.
—Se queda aquí, doctor Thorne —dijo Elena con tono profesional—. Esta es una operación de registro policial.
—Inspectora —replicó Julián con elegancia firme—, ese taller contiene herramientas y tratados de modelado simbólico que su equipo no sabrá interpretar.
Si el ’Escultor’ ha dejado un mensaje o la clave de su siguiente paso en el estudio, necesitará a alguien que sepa leer entre las sombras del espacio.
Elena vaciló un segundo, evaluando el riesgo, pero la lógica del argumento de Julián era irrefutable.