CAPÍTULO 2 #2
—En todo caso, Jules, no dudes que te presentaré otro candidato que esté buscando algo más que sexo de una noche. Lo prometo. Además de mi gran noticia sobre el no-embarazo —rio—, te tengo una información muy interesante.
—¡Cuéntame! —exclamó, feliz de dejar de lado el tema de parejas. Su amiga, a quien conocía desde que ambas salieron de Kentucky para forjarse una vida en Nueva York, podía llegar a ser muy persistente.
—Una clienta me ha dicho que necesita orientación para elaborar una guía de ruta con un nuevo negocio que tiene en mente. Me pidió recomendaciones, y de inmediato le di tu nombre. ¿Cómo estás de tiempo hoy?
—Tengo que hablar con mi casera, pero aparte de eso estoy libre.
—Debra Michaels, mi clienta, es la gerente de bebidas y alimentos en el Hotel Plaza.
¿Puedes reunirte con ella? Sé que no es tu idea de empleo el dar asesoría, sino que buscas manejar fondos pequeños de capitales, y sé que lo vas a lograr en algún momento, pero Jules, antes de que digas no, si Debra te contrata, pues esta sería una manera de salir del bache hasta que llegue algo mejor.
Julianne esbozó una sonrisa y se incorporó del sofá.
—Claro que estoy interesada, ya sabes que jamás rechazo las oportunidades.
—Sí, pero como sé cuán enfocada eres cuando buscas algo…
—Lo que no es equivalente a ser tonta. Los que necesitan no pueden hacerse de rogar. Y yo necesito un jodido empleo lo antes posible. ¿Te dejó saber tu clienta algún detalle sobre el negocio que tiene en mente?
—La idea de Debra es crear una línea de cosméticos ecológicos, algo pequeño y personal, pero necesita la orientación adecuada.
No quiere dejar su trabajo en el Plaza, aunque sí explorar este proyecto que, según me contó, lo lleva en mente desde hace ya bastante tiempo. Es todo lo que alcanzó a decirme.
—La llamaré de inmediato. Gracias, Phoebe.
El bebé empezó a quedarse dormido en brazos de su madre, aunque esta sabía que el descanso le duraría poco. Pronto le tocaba el biberón.
—Te acabo de enviar la información de ella. —El sonido de mensaje recibido sonó en el móvil de Julianne—. Jules, déjame saber cómo va todo. ¿Vale?
—Seguro que sí, nos vemos la próxima semana para el cumpleaños sorpresa de Max. Ojalá todo salga bien en Canadá con él. ¡Eres la mejor amiga del mundo!
—Lo sé. —Ambas se rieron—. Ahora iré a preparar el biberón de tu ahijado.
Julianne llamó a Debra y acordaron reunirse esa tarde en el lobby del Hotel Plaza.
Le quedaban un par de horas libres, así que iba a aprovecharlas para hablar con la dueña del edificio, Renée Winchester.
La señora le extendió el plazo de pago de la renta cuando Julianne le comentó que estaba desempleada, y por eso quería compensar la generosidad.
Sabía que las personas que más dinero poseían eran menos propensas a ser flexibles en asuntos monetarios, y eso hacía que valorara más el gesto de Renée.
Se calzó unas botas altas de tacón que compró en rebajas, era así como conseguía gran parte de su guardarropa de diseñador, que eran Gianvito Rossi.
Se recogió el cabello negro azabache en una coleta alta.
Llevaba un jean oscuro ajustado, y una blusa con cuello alto que hacía juego con el tono de sus ojos azul cielo.
La chaqueta larga para el frío, así como la bufanda y los guantes, los dejó sobre el sofá antes de salir de su estudio.
Apenas regresara del piso de Renée, sabía que la mujer disfrutaba de las largas charlas, estaría a tiempo para ir hacia su reunión en el Plaza.
Le hizo mimos a su gato, y cuando este ronroneó varias veces, Julianne se quedó tranquila.
Pirata era una mascota muy engreída y adorable.
Salió al pasillo y se dirigió hacia los elevadores.
—Me alegra que seas puntual, hoy tengo muchas actividades —dijo Renée con una sonrisa abriendo la puerta de madera oscura—. Pasa, por favor.
La muchacha asintió con suavidad. El tono de voz de la casera era gentil, aunque distante.
Por lo general parecía mantener una barrera emocional, al menos así era durante las ocasiones en que se llevaban a cabo las reuniones de inquilinos una vez cada cinco meses, aunque con Julianne parecía más abierta en su conversación.
—Aprecio que me recibieras.
—No hay problema.
Con el cabello tinturado de gris platino, peinado con mimo con una sutil raya a un lado; ataviada una falda larga y una blusa de seda, Renée era una mujer elegante. Aquella era la segunda ocasión que Julianne entraba en la casa de la mujer. La primera fue al firmar el contrato de arrendamiento.
El penthouse ofrecía una vista espectacular a la ciudad, y a pesar de que toda la infraestructura estaba hecha de materiales de primera categoría, no parecía ostentoso. El entorno tenía toques que creaban calidez e invitaba a sentirse en casa.
—Toma asiento, mientras Harriet trae el té —replicó Renée, haciéndole un gesto con la mano para que se acomodara en uno de los dos sofás grandes color café—. Ahora, sí, cuéntame en qué puedo ayudarte.
Julianne sonrió.
—Ya lo has hecho al aplazarme el pago del alquiler, pero me gustaría compensártelo de algún modo. Es ese el motivo por el que pedí verte.
Renée elevó ligeramente ambas cejas.
—Ese es un gesto muy noble de tu parte, aunque no hace falta que compenses nada.
Alguna vez, durante algunos años, mi vida pendía de un salario mísero.
No siempre he sido una persona adinerada.
Cuando las cosas no van bien para alguien y puedo ayudar, como en este caso, lo hago sin esperar algo a cambio —dijo con amabilidad—.
Dicho lo anterior, y ya que hemos quedado para esta pequeña reunión, sería una grosería de mi parte no escucharte.
Julianne asintió con una sonrisa.
Renée era una mujer con modales propios de personas con educación, y que al mismo tiempo eran educadas; ambas características no solían ir de la mano.
También poseía la capacidad de ser un camaleón, pues jamás parecía fuera de sitio y daba igual la edad de sus interlocutores.
Ella adaptaba con perfecta naturalidad su interacción a cualquier tipo de persona que estuviera a su lado.
Las personas que vivían en el edificio sabían que la dueña era viuda y tenía dos hijos que se preocupaban mucho por ella. No solo eso, sino que el nombre Winchester se reconocía como uno de los mayores donantes en campañas filantrópicas de misiones humanitarias en países de África.
—Gracias… —se aclaró la garganta—, tengo una maestría en negocios, Renée, y según me comentaste hace poco, has considerado lanzar una línea de ropa especial para mascotas y accesorios de cuidado especial para ellas.
Yo puedo ayudarte a crear la estrategia de negocios, la ruta de aplicación con calendario y presupuestos estimados e incluso hacer el perfil de los inversionistas para este tipo específico de operación si acaso los llegases a requerir.
Renée esperó a que Harriet sirviera el té, y una vez que cada una tuvo su taza en mano, procedió a beber un pequeño sorbo. El sabor que prefería era Darjeelin.
—Es bastante refrescante saber que algunas personas prestan atención a las conversaciones breves —sonrió—, Julianne.
Efectivamente, aun tengo esa idea en mente, porque me gustan muchos los animales, pero debido a mis alergias no puedo tenerlos conmigo.
Me gustaría tener un inversionista o dos que no tengan que ser mis hijos —se rió bajito—, pero de ese asunto me encargo yo.
Sin embargo, acepto tu ayuda para el plan de negocios e incluso hablaríamos de que seas tú quien lo administre cuando yo esté fuera de la ciudad por viajes o eventualidades.
Mis ideas, por lo general, no se quedan en concepciones creativas; ahora que tengo la posibilidad procuro siempre concretarlas.
Lo cierto es que has llegado en un momento idóneo, porque dentro de nueve días pensaba reunirme con alguien que ya ha hecho proyectos para mí y mi familia, pero quiero ver un punto de vista diferente y creo que el tuyo será más que bienvenido.
Julianne asintió complacida de poder ayudar.
—Suena estupendo —replicó dejando la taza sobre la mesita de centro. Enlazó las manos sobre el regazo—. Hoy tengo una entrevista de trabajo, y espero conseguir el empleo, así me permitirá estar al día con el alquiler de mi estudio.
—Te dije que no tengo prisa, y has sido una buena arrendataria, así que puedo esperar un par de meses.
Julianne meneó la cabeza. La posibilidad de acumular más la renta le parecía horrorosa, porque además de sus préstamos de la universidad lo que menos deseaba era incrementar el valor que le adeudaba a Renée.
—La idea es no quedarte mal, ni continuar viviendo a base de ramen —dijo con una risa, aunque era precisamente ese su alimento base los últimos meses—.
Mi oferta no tiene ningún costo, que lo sepas, Renée.
Por Dios, imagínate qué descarada tendría que ser para decir que quiero ayudarte y luego pedirte una paga.
Renée, con la espalda siempre erguida en una postura regia, inclinó la cabeza un poco, mirando a su interlocutora.
—Julianne, no puedes obsequiar tu trabajo, porque las personas se mal habitúan y luego se te hará difícil decir no. Todo es costumbre, incluso aprender a darle valor a tu tiempo, ¿queda claro? Es un consejo no pedido de una mujer que lleva en el planeta más años que tú —dijo con suavidad.
—Pero…
—No, no, déjame terminar. —Julianne cerró la boca—.
Acepto tu ayuda, porque entiendo que es un gesto que surge de tu generosidad, pero voy a pagarte lo mismo que le pagaría a cualquier profesional con tus credenciales.
El tiempo es dinero, muchacha. Yo no estoy dejando de cobrarte la renta, tan solo he aplazado sin intereses el cobro; jamás entregues más de lo que recibes.
—Vaya… Llevas razón en lo que me dices, Renée. Quizá deba venir a charlar contigo más a menudo.
Renée se rió.
—Escucha, si no me gusta lo que haces, te lo diré; no seré indulgente. Como te he dicho, no quiero que retribuyas regalándome nada.