Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—No esperaría menos, claro que tendrás que decirme si no te gusta algo. Quiero que ese proyecto para mascotas, porque las adoro, sea un éxito. Y lo será.

—Me complace tu optimismo —replicó, mientras observaba con disimulo el reloj que estaba sobre la pared a su derecha—.

Creo que eres una muchacha con mucho carácter, y haces lo que sea necesario para sobrevivir.

Lo último que podría ofrecerte sería lástima, creo que no eres ese tipo de persona.

Me recuerdas un poco a mí cuando era joven.

La vida me quitó mucho, pero me entregó a cambio unos hijos de los que estoy muy orgullosa.

A pesar de que Julianne solía toparse con la anciana de vez en cuando, las charlas que sostenían eran encantadoras, aunque breves. Esta era la primera ocasión que revelaba algo sobre su vida personal; por lo general era bastante críptica.

—¿Vienen a visitarte muy seguido? —preguntó con interés.

—Ya quisiera —se rió, meneando la cabeza—.

Ese par tiene adicción al trabajo. Un mal que no logro arrancarles.

Ahora que he envejecido encuentro la necesidad de decirles a mis hijos que el dinero soluciona muchos problemas; que la ambición lleva lejos; pero sin el soporte de una persona o una familia a tu alrededor, nada vale la pena.

Tan solo mi hijo mayor, Nicholas, lo entendió y me ha dado dos preciosos nietos. El caso de Erick es más complicado.

—Seguro pronto encontrará a la persona que le haga cambiar de opinión —replicó llevándose una galleta a la boca. A pesar de que llevaban charlando veinte minutos, a ella le parecía que eran apenas dos.

—Pocos están dispuestos a luchar por el amor cuando lo encuentran.

Los jóvenes de ahora tienen unas normas extrañas…

—dijo con un tenue atisbo de nostalgia, evocando los recuerdos de su vida con Arnold, su difunto esposo con el que estuvo casada durante treinta y ocho años—.

Imagino que soy demasiado vieja y obtusa para intentar entenderlos —terminó.

Julianne reparó en los dos portarretratos que descansaban en la mesita que estaba al lado izquierdo de su anfitriona.

Una de las fotografías era en blanco y negro: Renée en el día de su boda.

En la otra fotografía estaban dos niños pequeños, imaginaba que eran los dos hijos de su casera, porque se notaba bastante antigua.

—Nah, lo cierto es que a veces a mí me cuesta entender a mi propia generación —se rió—.

Da igual el método que utilicemos para tratar de encontrar pareja; nadie escapa de las decepciones —dijo sin evitar la amargura en su voz recordando a su ex—.

Nuestra cultura contemporánea del romance está enfocada en lo descartable.

Renée dejó su taza de té vacía sobre la mesita de centro, y se incorporó. Julianne la imitó. El tiempo de charla se había agotado.

—Me gustaría continuar esta conversación, pero pronto debo atender unas diligencias. Ven a verme cuando te sea posible, y coordinamos tu participación en mi nueva línea de negocios. ¿De acuerdo?

—Fantástico —replicó, mientras Renée caminaba con ella hacia la puerta principal—. Estoy segura de que lograremos algo bueno con tu proyecto.

—Buena suerte en tu entrevista de hoy.

—Voy a necesitarla —murmuró, mientras salía del penthouse, con la idea muy clara de que no iba a extender más meses la acumulación de su renta.

Daba igual que Renée le acabase de decir que estaba libre de intereses, y que podía esperarla.

A veces la presión que Julianne ejercía sobre sí misma en relación con sus responsabilidades, en especial las financieras, era más fuerte que si tuviese al ejecutivo más atroz del Servicio de Rentas tras ella.

Bajó a su estudio, y durante las siguientes horas previas a la entrevista, organizó su habitación.

Aquella era la forma de mitigar la ansiedad o el enojo.

Aprovechó para imprimir su hoja de vida, pero tan solo lo hizo cuando sintió que sus nervios estaban apaciguados.

A pesar de que ya había enviado su currículum a Debra, por email, Julianne creía que llevarlo en papel era una precaución ante una posible excusa usual: «no lo leí», «no alcancé a leerlo», «seguro está en la carpeta de spam».

No podía echar a perder esa entrevista y dejarle a la tecnología todo el trabajo.

¿Qué si se iba la conexión y su email no llegaba?

¿Qué si de pronto había un apagón en la ciudad?

Okeeey… Estaba exagerando un poco, pero es que no solo estaba ante una tabla de salvación potencial, sino que se trataba de una recomendación de Phoebe.

Su mejor amiga, por más de que la quisiera y conociera desde sus primeros años en el Kinder en Louisville, jamás la recomendaría si no confiara plenamente en su capacidad profesional.

Prefería cubrir todos los frentes, y eso incluía llevar una mini presentación hipotética de todo lo que podría hacer para el proyecto de Debra si esta decidía contratarla.

Le dio un beso a Pirata, y este maulló antes de ir a esconderse bajo la frazada que Julianne le había comprado. La butaca solitaria de la esquina izquierda de la sala era el sitio preferido en el que ese consentido dormía.

La primera parada, antes de ir a la entrevista, era la gasolinera.

Su automóvil era un Toyota C-HR plateado relativamente nuevo.

No necesitaba que fuese cuatro puertas. Tan solo era ella, Pirata cuando iba al veterinario, y sus compras.

Procuraba usar el vehículo lo menos posible para evitar el gasto que implicaba ponerlo en circulación; en su vivienda el garaje estaba incluido dentro del alquiler; otro alivio presupuestario.

Además de que parquear en Manhattan era una pesadilla y cual más prefería usar el transporte público.

Esta vez, Julianne iba a hacer una excepción e iría en automóvil.

Primero porque hacía un frío de cojones y prefería estar calentita todo el tiempo; y segundo, porque Debra le aseguró que, si iba en coche, no tendría que pagar parqueo en el hotel, porque era una cortesía ya que iba a reunirse con ella.

A Julianne le costaba entender cómo el Gobernador de Nueva York de turno parecía perder la perspectiva.

Gastaban el presupuesto en chorradas, cuando los neoyorkinos necesitaban a gritos un metro en buenas condiciones.

Eso no implicaba solo que funcionara, sino que estuviera libre de hedores, y suciedad.

Quizá en otra realidad, ella podría ser una eficiente política en su país.

El panorama esa tarde, aunque con aguanieve alrededor, pintaba estupendo.

Le quedaban pocas calles para llegar, y el teléfono empezó a sonar.

Solía dejar el aparato en el asiento del copiloto por si alguna llamada de casa la pillaba; aunque no era una conductora imprudente, la posibilidad de no estar disponible si sus padres tenían noticias de Oliver o si ellos necesitaban algo, la causaba un poco de ansiedad.

El semáforo estaba a punto de cambiar, así que Julianne miró con el rabillo del ojo la pantalla.

El número era desconocido. Sabía que podían ser los de telemarketing, así que prefirió ignorarlo.

En esas milésimas de segundo, en que enfocaba de nuevo su completa atención a la calle, la luz roja dio paso a la verde.

Dudó varios segundos antes de ponerse en movimiento.

Un automóvil que estaba detrás de manera súbita impactó contra el de ella, y su Toyota pareció zigzaguear sobre la calle. Asustada maniobró como pudo para intentar guiar el vehículo, pero en medio de la inestable situación su pie, en lugar de presionar el freno, piso el acelerador de nuevo.

Con un balbuceo incoherente de miedo intentó cambiar su pie hacia el freno, activó el freno de mano, pero era demasiado tarde.

El Toyota patinó e impactó contra otro vehículo con fuerza.

«Quizá había sido muy apresurado creer que el universo estaba confabulado para darle solo buenas noticias durante ese día».