CAPÍTULO 2
El edificio en el que vivía Julianne, desde hacía tres años, poseía un carácter familiar, elegante, aunque sin los excesos del bullicio que podían encontrarse en áreas más transitadas por turistas.
Cuando encontró el estudio de treinta metros cuadrados creyó que la suerte le sonreía sin trucos de por medio.
Hasta el momento no podía quejarse, en especial porque su estudio tenía la renta más barata con relación a la de otros inquilinos.
El precio estaba relacionado con el tamaño de cada unidad, claro.
Al menos había agregado esa breve experiencia laboral como secretaria en la gerencia comercial de Construcciones Porter en su currículum, y era un referente.
Claro, no había quemado sus pestañas para ejercer como secretaria, y tampoco se hallaba en la postura de rechazar oportunidades cuando apenas iniciaba su intención de forjar una trayectoria.
Si encontraba una vacante en una empresa y tenía relación con su título de administración de negocios, entonces la tomaba, así de simple.
Su jefa, Chantelle, la ayudó a poner en práctica lo aprendido en la universidad.
Esto último fue una ganancia en sí misma, en especial considerando que muchos ocupantes de cargos altos en las compañías solían ser egoístas.
Ese no fue el caso con Chantelle Richards.
Antes de marcharse, le entregaron a Julianne una carta de recomendación por sus casi tres años en la empresa, además de un paquete de liquidación financiera que estaba evaporándose con más celeridad cada día.
Llevaba dos meses sin encontrar trabajo.
Aún no le había comentado a sus padres, Amanda y Darren, la mala noticia.
De hecho, continuaba enviándoles dinero para ayudar con los gastos que generaba la granja familiar en Louisville, su ciudad natal en el Estado de Kentucky.
Julianne no quería preocuparlos, menos cuando la casa-granja había sido hipotecada por segunda vez cuando tuvieron que pagar las facturas del tratamiento médico que salvó a su padre de la leucemia, años atrás.
Los ciento ochenta acres de propiedad requerían mantenimiento para continuar la cosecha cíclica de maíz, soja, heno.
Además, el flujo de capital debía ser constante para invertir en la elaboración de sus productos lácteos artesanales.
¿Cómo podría Julianne no ayudarlos? Sus padres, conscientes del inmenso trabajo que implicaba el negocio, aceptaban a regañadientes la ayuda económica de sus hijos.
En la sencilla tienda familiar de la granja, Sweet fue cuando descubrió la pasión por la administración de negocios y decidió que estudiaría eso en la universidad.
Darren y Amanda tenían un temple de acero, porque a pesar de que Oliver —su hermano mayor— estaba enlistado en las Fuerzas Armadas y desplegado en una localidad desconocida de Oriente Medio, se mantenían optimistas.
No era fácil tener un integrante de la familia en la milicia.
Julianne echaba en falta ver a todos sus seres queridos reunidos, y esperaba con ansias los festivos para volar a Louisville, pero sabía que regresar a vivir a Kentucky no estaba dentro de sus opciones.
Si algo aprendió trabajando en la granja —aparte de ordeñar, limpiar establos, cosechar y dar mantenimiento a los envases en que comían los animales— era a no dejar de lado sus responsabilidades hasta que su cuerpo estuviera cansado, pero su espíritu satisfecho.
Aplicaba esos principios también para sobrevivir anímicamente en una ciudad como Nueva York, que no era solo abrupta y fantástica, sino muy solitaria a pesar del bullicio del entorno.
El salario de Julianne había sido muy bueno en Construcciones Porter, así que necesitaba encontrar una posición con una remuneración similar o superior. El gran problema era que todos los gastos debían ser cubiertos mes a mes.
Después de ducharse y darle de comer a Pirata, su gato negro con beige, escuchó la melodía de su móvil. Frenética, porque estaba esperando la llamada de Phoebe, su mejor amiga, desordenó todo hasta que dio con el aparato bajo uno de los cojines de su sofá gris. Con un resoplido agarró el teléfono.
—¡Salió negativo! —gritó Phoebe, eufórica a modo de saludo—.
Jules —dijo llamándola con el apelativo que usaban todos sus amigos—, qué susto el que he pasado.
Max estaba pálido en la videollamada cuando le dije que me haría la prueba.
Tan solo le volvieron los colores al rostro cuando supo que no tendría que postergar toda su rutina para incluir un nuevo integrante de la familia.
—Ufff —exhaló Julianne cerrando los ojos—, no sé cómo resistes la tensión de esperar esos minutos hasta que la prueba de embarazo te dé el resultado.
Y Max en Canadá nada menos, a punto de firmar el contrato de su vida, y tú le sales con estas noticias.
De verdad, el hombre debe amarte. Siempre tienes alguna situación para ponerle contra las cuerdas.
Phoebe soltó una carcajada.
—Tenemos un bebé que adoramos, y la posibilidad de otro en la mitad de un cambio de casa sería una hecatombe. Quiero ser mamá de nuevo, pero no todavía. Esto me da un respiro y una bofetada al mismo tiempo para ir con más calma.
Julianne meneó la cabeza y se rió con suavidad.
Su mejor amiga era chispeante, alegre, atrevida y carismática.
El hecho de que era una diseñadora de interiores, con clientes que pagaban muchísima pasta para que ella personalizara la decoración de millonarias propiedades en Manhattan, que ostentaba sin pretensiones un portafolio profesional muy vistoso siendo tan joven, pues era de aplaudirse.
—Envidio que tu vida sexual, con tres años de casada, siga siendo tan interesante como el primer año de novios.
Creo que pocas tienen la suerte de experimentar eso llamado «amor a primera vista», así que ten un poco de compasión por el resto de los mortales, Phoebe —dijo bromeando—.
Debo decir que me gusta la idea de ser madre algún día, pero de momento me conformo con tener sobrinos.
El sonido del llanto de un bebé en el fondo dejaba en firme que, si el pequeño Kiernan estaba ya despierto, su madre y la mejor amiga de esta no podrían cotillear. No era la primera vez, después de todo el nene tenía solo un año y medio.
A diferencia de Phoebe Nielsson, Julianne siempre supo que antes de tener hijos necesitaba consolidarse en algo que la apasionara.
Y estar sin empleo no era precisamente su concepto de éxito profesional a sus veinticuatro años.
¿Qué clase de madre sería si vertía sus emociones de sueños frustrados en sus hijos?
Conocía muchos casos de esos y los traumas que venían enlazados.
Ella no pretendía sumar en esas estadísticas sociológicas.
—Te he presentado al menos dos amigos de Max, y siempre pones excusas después de la primera cita. No te culpo, me he equivocado con algunos, pero tampoco es que hubieran sido catastróficas elecciones, Jules.
Julianne soltó una exhalación y acomodó mejor el trasero sobre el sofá.
El tiempo invertido en sus estudios apenas le dio la posibilidad de salir con chicos.
Tenía muy claro que abrir su propia compañía de asesoría de negocios era una prioridad, y no lograría su cometido si se dedicaba a ir de fiesta en fiesta o de cama en cama.
Sabía cómo divertirse, claro que sí, pero llevaba claro su objetivo.
Después del fiasco con su exnovio diez meses atrás, ella no tenía intención de involucrarse sentimentalmente con nadie.
El muy cretino, después de serle infiel, tuvo el descaro de decirle que la culpable era ella.
Julianne no tenía inclinación a dejar pasar las afrentas por estar o no enamorada; daba lo mismo que Blake le hubiera propuesto matrimonio tres meses antes de que ella lo pillara con el pene en la boca de la secretaria de la oficina en la que ejercía como abogado criminalista.
El amor no justificaba dejar pasar las mentiras.
Además, para ella el respeto de una mujer empezaba por sí misma, y hacer la vista gorda con un hombre infiel era atentar contra ese principio.
Por otra parte, Julianne tenía el ejemplo del vínculo de sus padres: un matrimonio que llevaba cuarenta años de vigencia, con altos y bajos, pero jamás con infidelidades.
Aquel referente dejaba el listón alto para sus relaciones sentimentales.
Por eso, perdonar una traición tan grande como la de Blake no fue una opción.
Merecía amor, y no iba a conformarse con menos.
¿Acostarse con alguien solo por placer? Lo había hecho una o dos ocasiones.
De eso aprendió que el vacío que dejaban en su cama, y daba lo mismo si era o no buen sexo, no solo era físico.
—Bueno, quiero sexo, pero también algo más en el departamento emocional, Phoebe. Desesperada no estoy. Que si tengo urgencia está Thor.
Phoebe soltó una risotada, mientras agarraba a su bebé en brazos para acunarlo. La experiencia del parto fue dolorosa, aunque jamás podría arrepentirse cada que conectaba con la mirada pura de amor incondicional que le brindaba Kiernan.
—Tu vibrador nada menos, mira ¡qué pesar contigo, Jules! —dijo en tono bromista, y dándole palmaditas suaves en la espalda a su hijo—. Sé que Blake te hizo una jugarreta, pero es injusto tratar a todos los prospectos como potenciales infieles.
—Lo sé, Phoebe… A veces es inconsciente.
—Trabaja en ello, aceptando mis próximas ideas como Cupido.
—Ja-ja-ja. Paso.
Phoebe esbozó una sonrisa.