Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

El triunfo de cada gestión provocaba en él un corrientazo de adrenalina.

La única forma de canalizar la euforia era en el gimnasio o en la cama con alguna mujer que conocía en Tinder o incluso en un bar de alta sociedad que sabía que era discreto.

Sin embargo, en esta ocasión, el día todavía estaba en su punto más complejo en materia de trabajo, así que tendría que postergar su búsqueda de desfogue personal.

El día a día estaba perfectamente estructurado, tal como le gustaba todo.

No le gustaban las sorpresas. Su rutina empezaba a las cinco de la madrugada en el gimnasio, y luego desayunaba sustanciosamente para tener suficiente fuerza y así lograr soportar a los imbéciles, y tolerar a los que no lo eran…

del todo. Ryder se sentía muy cómodo en ese mundo que con esfuerzo había creado y en el que, al igual que otros magnates, ahora ejercía gran influencia.

Ryder estaba a punto de devolver la llamada a un colega en Dubai, para testear si había o no algún comentario que pudiera servirle durante su reunión con el jeque esa tarde, cuando la puerta de su oficina se abrió de repente.

Desistió de la llamada y frunció el ceño.

La expresión de preocupación en Becca lo puso en alerta.

No era usual que ella perdiese la calma en su semblante.

—¿Qué ocurre? —le preguntó fijando su atención en la mujer.

—Tengo una pésima noticia. Tu antigua asistente terminó de hacer una estupidez como despedida.

—Él enarcó las cejas—. La reunión con el jeque Dafah es dentro de una hora, no dentro de tres o cuatro, lo acabo de confirmar porque me llamó mi contraparte en el equipo de trabajo del jeque para preguntarme un par de cosas, al final comentó que me vería dentro de una hora con el resto de la comitiva de Emiratos Árabes Unidos que está en Nueva York para esta junta.

Natasha cambió los horarios de la reunión de hoy en la agenda electrónica de todo el staff y pudo hacerlo porque mantenía el acceso a tu agenda y servidor.

—Maldita sea —replicó incorporándose, mientras agarraba la chaqueta y la portátil—. Tenemos sesenta minutos para llegar, y cuando esto termine me encargaré que ningún jodido dueño de las Fortune 500 contrate a esa incompetente ladrona.

Becca, agitada por todo ese desafortunado escenario, tan solo asintió.

—Mi chofer está esperándome abajo, Ryder, ¿vienes conmigo o con Paul?

«Ostras, mandé a Paul a la revisión del Tesla confiándome en el horario planeado para este día», pensó él de mala gana.

Iba a utilizar su convertible, el cual solía tener en el garaje del edificio por si le apetecía largarse solo a la playa o si ya salía demasiado tarde y prefería reflexionar a solas, camino a casa, sobre alguna situación de trabajo.

En esta ocasión le venía fenomenal tener su Porsche disponible.

—No creo que tolere que otra persona lleve el mando ni siquiera de mi automóvil, nos vemos allá. Así me dará tiempo de calmarme en el camino. Pídeles a todos que vayan al Hotel Plaza, inmediatamente, y me da igual si tienen que contratar una puñetera flota de taxis.

—Como vicepresidenta de negocios, el manejar crisis es parte de mi trabajo. Wall Street, ¿recuerdas? —dijo tratando de aligerar la tensión que se respiraba en el piso cuarenta y cinco—. Todos los del staff están avisados. Nos vemos en breve.

Él tan solo asintió.

—Joder —murmuró Ryder, una vez solo, picando el botón del elevador privado. No estaba cabreado, sino furioso.

Podía ignorar cualquier aspecto de su vida personal que lo contrariase, pero no de sus negocios.

La certeza de tener el control de lo que proponía y conseguía con su cerebro era el motor que lo impulsaba a despertarse con ánimo para luchar en la jungla corporativa.

Después del estúpido error de haberse casado con Prue, su corazón solo servía para mantenerlo vivo, más no para sentir emociones.

Más le valía a cualquiera que se cruzara en su camino que no obstaculizara el paso, porque no iba a responder por las consecuencias.

El trato con el jeque era medular para su plan empresarial y no iba a perderlo.

Sesenta minutos eran suficientes para sortear el tráfico de Manhattan y llegar al Hotel Plaza.

El motor de su Porsche rugió con la sutileza de un ronroneo y en pocos instantes estuvo en la calle.

La aguanieve era peligrosa, así que le parecía indispensable mantener la cabeza fría, por más cabreado que estuviese.

El jeque Dafah era terminante, y nadie lo dejaba plantado ni lo hacía esperar.

No se podía esperar menos, pues era miembro de la realeza árabe.

Ryder no pretendía dar ni un paso en falso, porque sentaría un precedente fatídico para cualquier tenue posibilidad de llegar a Oriente Medio como potencial administrador e inversor de capitales privados. La palabra del jeque marcaría un antes y un después en su carrera.

A pocas calles antes de alcanzar la curva que lo llevaría a su destino final ocurrió lo impensado.

Como si se tratara de una película en cámara lenta, Ryder vio el momento exacto en el que un automóvil parecía salido de la nada y se precipitaba contra el costado del pasajero de su Porsche.

Frenando a raya, el único recurso que sus reflejos le permitieron en esos nanosegundos soltó una maldición porque no creía que pudiera sobrevivir al impacto.