Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Esta vez prefiero que tenga recomendaciones que avalen su experiencia o expedientes académicos que certifiquen su inteligencia.

Me da lo mismo si es una institución de la Ivy League o no —replicó—.

Por ahora me interesa enfocarme en la reunión que está a punto de comenzar y que será el precedente a la que tengo en la tarde.

No tengo cabeza para otra cosa, así que lo dejo en tus manos.

—Becca asintió —. El jeque Dafah Al-Kajar, Sultán de Balgratva, nos espera en el Hotel Plaza a las cinco de la tarde, y no se admite ningún margen de error. Queda claro, ¿verdad?

Ella reparó en las oficinas alrededor, que eran pocas en el piso de Ryder, incluida la suya.

Todas estaban vacías. Aquello implicaba que todos los que eran indispensables en la junta ya estaban reunidos.

Tanto el CEO como ella, cuando tenían proyectos en conjunto, solían ser a propósito los últimos en llegar.

Les gustaba sentar el mensaje sutil de que, a pesar de que los posibles clientes tenían el dinero, TS2 decidía —daba igual si era o no cierto— si aceptaba en su portafolio de inversionistas nuevos miembros.

Jamás era una buena estrategia dejar saber a los millonarios que eran importantes o necesarios, porque en ese caso ya se podía dar por perdido el margen de ganancia que TS2 pretendía lograr al cerrarse el acuerdo. El cerebro humano era bastante simple.

—El jeque quedará complacido con la propuesta para invertir en los pozos petroleros de Noruega, además está todo bien calculado desde el punto de vista de conservación del medio ambiente.

No creo que ningún gestor de fondos de inversiones haya considerado ese gran detalle, como lo hemos hecho nosotros para él, en una propuesta inicial.

Son doscientos millones de dólares que estamos buscando ingresar en nuestro portafolio. Me parece impresionante, Ryder.

—Nos abrirá el mercado de Oriente Medio.

—Por supuesto, y eso que todavía quedan algunas horas, así que podemos repasar los detalles adicionales más tarde.

—Estoy de acuerdo —acordó Ryder.

—Por cierto, tu hermano, como abogado principal, recomendó que no fijaras términos con el jeque hasta que él haya revisado las posibilidades.

Hay que darle a Dereck una consideración especial —miró a través del vidrio al hermano menor de la dupla Toussaint que estaba sentado en la cabecera opuesta a la que ocuparía Ryder en breve—, mira nada más, llegó temprano.

Creo que le prometiste una bonificación para este gran paso —rio por lo bajo, mientras el CEO de TS2 le abría la puerta de vidrio para que entrasen en la sala ya ocupada al completo, salvo los dos asientos que a ellos les correspondía.

La vista a la ciudad desde ese piso estaba tenuemente difusa, debido a la lluvia que caía en esos instantes, pero durante los días en que el cielo estaba despejado era fabulosa.

El costo del edificio había sido colosal, no solo por la estratégica ubicación, sino por el número de pisos que contaban con una estructura antisísmica, decoración base realizada por los mejores profesionales del país, así como servicios de tecnología de punta y de limpieza de planta.

No todos los pisos eran de TS2, tan solo doce de los cincuenta; el resto estaba alquilado a otras compañías que no tenían nada que ver con los negocios de los hermanos Toussaint.

—El muy cretino —murmuró con una sonrisa de soslayo.

Dereck, como segundo a bordo en capital de inversión, tenía la tendencia a llegar a las reuniones cuando se le daba la gana.

Sin embargo, su trabajo como abogado era impecable y había salvado a Ryder de algunas catástrofes—.

Si no fuese porque es brillante en lo que hace, ya le habría comprado su parte de nuestra empresa.

La mujer de cabellos negros y elegante forma de vestir meneó la cabeza, al tiempo que la puerta de vidrio se cerraba tras ella.

—Hacen una buena dupla; cada cual a su modo.

—Debe ser que eres la única en esta compañía que tiene corazón.

—Tu corazón debe latir en algún momento y no solo por negocios, Ryder.

Con cincuenta y cinco años de edad, Becca Hart, había perdido la capacidad de tragarse sus pensamientos, y en esos instantes era preciso enfocarse en la negociación que tenían por delante.

Apreciaba mucho a su jefe, y sabía que detrás de esa fachada de tirano existía un hombre muy solo.

Incontables ocasiones intentó llevarlo a las cenas de Navidad de su propia familia, incluso le pidió que llevara a su madre, Edith, pero Ryder siempre rehusó con amabilidad.

Tal vez era su corazón maternal el que intentaba que ese muchacho se abriera un poco a la vida que estaba lejos de los números y las ambiciones.

Le pagaban un salario generoso con bonificaciones y acceso a privilegiados contactos sociales de los que sus hijos se habían beneficiado, así como su esposo que era constructor.

Ella llevaba en TS2 desde que esta se inició, ocho años atrás, y aportaba con sus conocimientos invaluables que le daban dos décadas de experiencia en el mercado.

Conoció a Ryder en Wall Street, y fue quien lo animó a abrirse camino para gestionar fondos de inversiones por cuenta propia.

Desde entonces, la sólida relación profesional de ambos tomó un rumbo más firme.

—En el Infierno de seguro —murmuró con acidez.

—Por algo se empieza —replicó Becca, antes de estrechar la mano de los integrantes de la mesa de negocios.

Con paneles de madera en el fondo, como único elemento clásico en medio de una decoración más bien minimalista y confortable, así como una pantalla especial para proyección, aparatos de comunicación para teleconferencias en el centro de la mesa con doce puestos, la sala de juntas era muy elegante.

Todos los elementos posibles que pudieran requerirse en reuniones donde se negociaban cientos de millones de dólares y euros como si fueran bagatelas del día a día estaban presentes.

Cada persona ajena a la compañía tenía un flamante bolígrafo Montblanc, como detalle que TS2 obsequiaba, frente a ellos.

Un detalle costoso, claro que sí, aunque comparado con la loca cantidad de dinero que se manejaba, no era nada.

—Buenos días —dijo Ryder cuando todo estuvo a punto para empezar la reunión—, muchas gracias por estar aquí.

Los empresarios húngaros asintieron con una sonrisa que era más bien tensa.

Imposible culparles cuando el hombre que tenían como anfitrión podía triplicar los porcentajes de ganancias de su ya ostentosa cuenta bancaria.

El manejo de fondos financieros era todo un entramado de estrategias que tan solo una mente brillante, pero visionaria, era capaz de desentrañar para llegar al punto más importante: entender los algoritmos que, a corto o largo plazo, producirían rentabilidad en diferentes clases de inversiones de alto y bajo riesgo.

—Procuraré que vuestro tiempo merezca la pena —continuó Ryder—, pues el beneficio de un plan económico idóneo será mutuo…

Tres horas más tarde, los elegantes dedos masculinos de Ryder agarraron la taza de café que acababa de dejar una de las camareras de la cafetería de la compañía en el piso quince.

La idea de delegarle a una asistente ejecutiva que le llevara una bebida, le parecía absurdo; él pagaba por resultados de carácter corporativo, más no para saber comprobar si la cantidad de azúcar que le agregaban a su café era perfecta.

¿Acaso no era abuso laboral pedirle a una persona académicamente preparada que se encargara de entregar café? A él, sí se lo parecía, en especial cuando tenía millones de dólares para contratar una compañía de catering que proveía bebidas, snacks, y almuerzos a todo el staff de TS2.

Los correos electrónicos continuaban llenando la bandeja de entrada, y acumulándose, porque él no tenía tiempo de responderlos todos.

La gran mayoría de las solicitudes eran naderías que poco tenían que ver con su trabajo real: manejar números, porcentajes, probabilidades, algoritmos, tasas de interés, y demás, así que la partida de su anterior asistente era un gran desastre.

Su hermano iba a encargarse de liquidar los detalles legales sobre Natasha, y también de Brandon.

Si algo lo desquiciaba a Ryder era que sus subalternos lo defraudaran, porque aplicaba especial empeño en rodearse del personal profesional más eficiente y preparado.

Sabía que los márgenes de errores existían, pero con las finanzas solían ser previsibles o salvables.

Odiaba que los seres humanos fuesen tan volubles.

No se llegaba a la cúspide de una compañía por permitirse emociones absurdas.

Si las personas fuesen tan solo números en el sistema —como eran percibidas en las instituciones de los gobiernos—, la vida sería más fácil de sobrellevar.

Quizá en ese detalle consistía la gran diferencia entre él y su hermano.

Dereck era igual de cínico, pero poseía empatía y con ello aportaba la cuota de calidez en la toma de decisiones.

Algunos adversarios solían confundir la personalidad desenfadada e informal de Dereck con descuido o estupidez, y era entonces cuando su hermano los aplastaba en los tribunales.

Él era un abogado letal cuando creía en una causa.

Ryder movió la cabeza de un lado a otro.

El cuello empezaba a dolerle más de lo usual y eso implicaba que la postura que debía mantener, y que le recomendaron los fisioterapeutas después del accidente que tuvo, no era la adecuada.

Hizo un par de estiramientos en la silla, y cuando creyó que estaba un poco mejor, volvió su atención a la pantalla que tenía enfrente.

Tal como previó, los húngaros firmaron el contrato con TS2.