CAPÍTULO 1
En el exterior de Manhattan una fuerte nevada había dejado las calles convertidas en un desastre para los conductores, y muchos ejecutivos optaron por trabajar esos días desde casa.
No era algo inusual durante los meses de invierno, en especial enero, pero Ryder prefería desafiar las sugerencias de los expertos climáticos y dirigirse a su torre corporativa de cincuenta pisos desde la que comandaba un imperio de tres billones de dólares.
Su única ética consistía en no derribar opositores por el simple hecho de poseer la capacidad de lograrlo con el menor esfuerzo.
Abrirse paso en la jungla de poder que era el casco financiero de la ciudad de Nueva York fue un gran reto.
Su salida de las zonas más críticas de Queens estuvo patrocinada por el dinero que ingresaba a su billetera producto de las peleas ilegales, y también por sus habilidades matemáticas para sacar de líos a los idiotas que ignoraban los principios básicos de la economía.
Una de sus grandes enseñanzas consistió en aprender a mezclarse, como si fuera uno más, con los que lideraban las altas esferas de las finanzas en Estados Unidos.
La idea de mirar hacia atrás implicaba dar poder a situaciones y personas que no lo merecían; Ryder Toussaint no daba segundas oportunidades.
Después de los primeros años trabajando en Wall Street, aprendió a desarrollar sus capacidades sociales camaleónicas, es decir, llevarse con todos en apariencia.
Él era esquivo de todo lo que no fuese estrictamente necesario para prosperar en sus ambiciones corporativas, y eso incluía las relaciones demasiado personales con una mujer.
Evadía como la peste todas las invitaciones sociales si estas no poseían un fin de negocios en el horizonte.
La extraña fascinación de las revistas que inundaban de llamadas y correos su oficina buscando una entrevista cada dos por tres parecían interesadas en la vida personal que Ryder rehusaba abrir a desconocidos.
Le gustaba hacer dinero, incluso jugar a ser el rey Midas, pero eso no implicaba que tuviese que formar parte de las sandeces propias de los cotilleos sociales.
—Buenos días, señor Toussaint —dijo la recepcionista de cuarenta y ocho años de edad, sonrojándose tenuemente—. Su correspondencia la subió hoy el encargado de distribución de la compañía, al menos hasta que delegue una nueva asistente personal que se encargue de ese detalle otra vez.
Aquella reacción ante Ryder no era ninguna novedad en el género femenino; daba igual la edad que tuviesen. Después de todo, la belleza era un asunto indiscutible cuando resultaba tan obvia en otro ser humano.
No era novedad que el CEO de la Corporación TS2 era un espécimen masculino digno de admirar.
Los ojos verdes hacían juego con el abundante cabello rubio oscuro peinado hacia atrás con aparente descuido, dándole un aire rebelde y sexy.
Nadie en TS2 confundía la distante amabilidad de Ryder con una puerta abierta al flirteo, y quienes cometieron ese error, ya no trabajaban en la compañía.
Un par de ejecutivas, años atrás, habían perdido su puesto de trabajo por intentar cruzar la línea profesional con el apuesto neoyorkino.
No era un secreto que, después del amargo y bastante público divorcio seis años atrás, Ryder prefería marcar una abismal distancia entre sus asuntos privados y aquellos profesionales.
De hecho, se rumoreaba que tenía varias amantes, aunque el alto nivel de seguridad que estaba 24/7 a su lado, impedía que se filtraran fotografías o momentos privados del magnate.
—Gracias, Heydi —replicó con estoicismo—.
Los ejecutivos húngaros debieron llegar hace diez minutos, y puesto que ayer despedí a mi asistente personal, necesito que coordines cualquier detalle que te solicite desde presidencia.
Espero que el puesto no quede vacante demasiado tiempo. Te pagaré una bonificación.
—Por supuesto, señor…
—¿El equipo de seguridad escoltó a mi asistente personal fuera del edificio? Espero que no haya existido ningún tipo de incidente incómodo.
Él conocía a todos sus empleados más cercanos por el nombre.
Su madre, que ahora vivía cómodamente en un piso céntrico de París, lo llevó incontables ocasiones al hotel en el que trabajaba.
Fue entonces que Ryder notó que los empleados recibían la orden de un superior con una sonrisa, y solían acatar directrices con más rapidez, si los llamaban por su nombre.
Aplicado el ejemplo en su compañía, notó el mismo efecto en su staff, y por eso decidió mantener la costumbre.
—Todo ocurrió con calma —le aseguró—. Los agentes de la empresa acompañaron a la señorita Robins hacia la salida hace veinte minutos. ¿Desea que solicite el video de las cámaras y que se lo envíen a su correo, señor?
Natasha Robins intentó utilizar el acceso al CEO para gestionar pequeñas promesas comerciales a terceros como si fueran suyas, lucrándose.
Cuando todo salió a la luz, Ryder le dio a elegir entre la cárcel o una renuncia sin carta de recomendación, además de una declaración juramentada de que salía por cuenta propia de la compañía y no interpondría ninguna demanda.
La asistente personal eligió esto último.
—No hace falta, Heydi —replicó él.
Le dio la espalda para dirigirse hacia las puertas del elevador privado que lo llevaba directo al último piso, y en el que también estaba la sala de conferencias.
La negociación con los húngaros no iba a ser sencilla, a pesar de que se habían preparado durante más de cuatro meses para proporcionarles el mejor plan de inversiones que manejaban en TS2 para fondos que sobrepasaban los dos millones de dólares, en este caso euros.
El portafolio de clientes de Ryder era sólido, además de que tenía el respaldo de su imbatible reputación profesional.
Una vez en su oficina, él dejó el maletín de cuero a un lado, sacó su portátil y empezó a dirigirse hacia la sala de reuniones. En el camino, la vicepresidenta de negocios se acercó a saludarlo, y posteriormente acompañarlo hacia el mismo destino.
—Todos los sistemas operativos fueron actualizados para la simulación que pediste —dijo Becca—. Entrarán en funcionamiento una vez que lo decidas. Entregamos hace pocos minutos una portátil a cada uno de los cinco representantes de Larmanne S.A., para así no darles opción a distraerse.
Él asintió, complacido, aunque no lo demostraba.
Siempre disfrutaba poniendo a prueba a su personal, porque no le gustaba conformarse.
Su inquietud por abarcar más conocimientos era inherente a su personalidad, y por eso procuraba saber al dedillo detalles importantes de quienes lo rodeaban.
Esto último se aplicaba tan solo a su círculo de colaboradores más cercano: vicepresidentes corporativos, asistentes ejecutivas de altos rangos, y gerentes generales.
La información era poder, y aquella que resultaba valiosa, todavía más.
Una de las políticas bajo las cuales se fundamentó la creación de TS2 era la diversidad de género en los cargos gerenciales, y siempre basándose en mérito por resultados en la compañía. Si querían pertenecer a TS2 era indispensable que los candidatos tuviesen una hoja de vida profesional impecable.
Los errores eran admitidos, pero a la segunda equivocación lo que el ejecutivo encontraba en su correo electrónico era la solicitud de vaciar el escritorio y reportarse con recursos humanos. No existía empatía con los números, porque estos eran directos y sin opción a ligerezas, tal como Ryder.
—Cerraremos el acuerdo por cuarenta millones de dólares en la proyección de ganancias para TS2 —dijo él a su vicepresidenta de negocios—, y así aumentaremos el margen anual previsto. Becca, necesito urgente una nueva asistente.
—Por supuesto, aunque la última no te duró más de cuatro meses.
—La eficiencia y la corrupción no pueden ir de la mano —replicó con dureza.
—Concuerdo, Ryder, tomaste la decisión acertada. Una lástima que todo este desastre haya ocurrido en medio de negociaciones tan importantes.
Él asintió, haciendo una mueca, cabreado por haber considerado suficiente el veto positivo del gerente de recursos humanos.
Tanto este último, como Natasha, estaban fuera de la compañía.
La corrupción era el cáncer de cualquier sitio, y para Ryder daba igual en qué circunstancia ocurriese, le parecía inadmisible.
—Acepto recomendaciones, porque no creo que pueda pasar más de cuatro días sin alguien que coordine mi oficina y todo lo que mi cargo implica.
Becca se acomodó el pendiente de oro de la oreja. Aquel era un gesto inconsciente que solía aplicar cada que estaba pensando algo.
—La verdad es que mi nueva asistente, Daisy, es un cielo. No tuve oportunidad de presentártela, pero lo haré pronto. Aunque, dada tu reputación de tirano, pues no creo que le haga gracia trabajar para ti.
—Ja-Ja. Confío en tu criterio, ¿puedo contar contigo para encontrarme un asistente ejecutivo lo antes posible?
—Claro… Dame un margen de dos días, asumo que no querrás que pase esta vez por recursos humanos como veto final —dijo Becca.
—Me fiaré de tu criterio, porque no tengo tiempo para tolerar procesos largos.
—¿Quieres una universidad de la Ivy League? —preguntó ella con cautela.
Ryder no era esnob, aunque sabía apreciar una buena preparación académica, a pesar de que no siempre garantizaba que el candidato o candidata fuese tan inteligente como el título universitario acreditaba. Aquella era la realidad.