Entre espinas y seda escarlata PREFACIO #2
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PREFACIO #2

Ambos estaban hartos de llevar ropa que apenas los protegía del frío.

Comer escuetamente, y luchar con todas sus fuerzas para no quedarse dormidos en clases y así evitar ser el hazme reír de sus compañeros.

Sin embargo, amaban a su madre, porque era todo lo que tenían en el mundo, y a pesar de sus modos hoscos al tratarlos, era justa la mayor parte del tiempo.

Despreciaban a quien sea que hubiera hecho el más mínimo rasguño en Edith.

No culpaban a su madre de las circunstancias en que vivían.

Ella los cuidaba a su modo, y era todo lo que tenían en este mísero mundo.

Además, sabían los turnos extras que Edith hacía en el hotel en el que trabajaba para llevar dinero adicional a casa, comprarles libros para que estuviesen al día en la escuela.

El Día de Acción de Gracias, los tres tenían la mitad de un pavo para comer. Un pequeño lujo al año, porque durante la Navidad veían películas y aceptaban invitaciones de alrededor para no quedarse sin comer cuando llegaba la usual nevada que cubría los techos y azoteas en invierno.

Eran pobres, mas no imbéciles.

Sabían que, si sucumbían a las seductoras propuestas de las bandas barriales, perderían las escuetas oportunidades de salir de ese atolladero en el que la vida los había escupido.

De sus viajes a Manhattan en el metro con su madre, recorriendo Central Park, y conociendo de lejos cómo vivían gran parte de los privilegiados neoyorkinos, al pasar por los distritos de Flatiron o Garment, el SoHo, Tribeca, Midtown Manhattan, Hudson Square, y demás áreas, tanto Ryder como Dereck sabían que existía otra realidad más confortable.

Ninguno tenía pensado trucar la posible salida de la zona en la que vivían aceptando tratos con pandillas, por más que la tentación de hacer dinero fácil fuese irresistible. Y eso que las ofertas eran muy interesantes.

—Deja de interrogar a tu madre, que aún no eres abogado, jovencito —replicó Edith con tono cansado.

Ya había hecho el reporte de su violación a la policía, y el tiempo que tardó fue porque la mantuvieron para hacerle los exámenes de rigor que confirmase su denuncia.

Dudaba que fuesen a agarrar a quien la ultrajó, pero al menos había dejado sentado el precedente.

Odiaba que sus hijos la vieran en ese estado.

—Mamá…

—Dereck, déjala en paz —zanjó Ryder con determinación en la mirada, instando a su hermano menor a callarse. Después miró a Edith—: ¿Podemos ir a comprar algo a la farmacia para curarte?

—Ya lo hicieron en el hospital… Tengo Medicare, menos mal.

—Sí, pero si acaso necesitas, tengo un poco de dinero del trabajo que hice para la señora Lawndes limpiándole la casa el otro día —dijo Ryder, que para esa época acababa de cumplir los quince años.

Edith sabía que sus hijos valían más por su nobleza que por su dinero, y a pesar de que no era el tipo de madre excesivamente amorosa, los amaba a su manera.

No quería quitarle la buena voluntad a Ryder.

De sus dos muchachos era el más rebelde, impulsivo, y no quería desanimarlo.

Además, si se iban por un instante, ella tenía una excusa para estar a solas, llorar en silencio, y agarrar fuerzas para continuar.

—Okay… Como sea. No tardes, y ve con tu hermano —murmuró, mientras iba al único cuarto de baño que compartían entre los tres.

Ryder agarró a su hermano del brazo y salieron de la casa. Tan solo esperaron a que el agua de la ducha empezara a caer, conscientes de que Edith ya no podría detenerlos si ella cambiaba de opinión sobre dejarlos ir a la farmacia.

Una vez en la calle, varios bloques lejos de la casa y, evidentemente, en una dirección contraria a la farmacia, Dereck detuvo a Ryder del hombro.

—¿A dónde coño vamos?

—Ojo por ojo, y diente por diente —replicó Ryder.

—No tenemos pistas ni idea de lo que pasó… Somos solo dos chavales agraviados. Si mamá ya fue con la policía ellos van a encargarse.

—La policía no va a hacer ni mierda. ¿Es que no miras las noticias, Dereck?

—Tengo doce años, idiota, y ser precavido también implica tener sentido común. Uno de los dos debe utilizarlo. Nos van a cobrar por la información. ¿De dónde te piensas que vamos a sacar ese dinero si a duras penas nos alcanza en casa?

Ryder detuvo su andar, manos en la cintura, expresión de enfado. Él no tenía ganas de pelearse con su hermano, porque tenía la furia reservada para el que sea o los que sean que hubiesen agraviado a Edith.

—¿Vienes o no?

Dereck, rascándose la cabeza, tan solo asintió. No iba a dejar solo a su hermano, porque eran un equipo, en las decisiones coherentes y en las disparatadas.

En una zona que conocían al dedillo, la posibilidad de encontrar respuestas no era alocada.

Por la información que habían recibido, los dos hermanos se comprometieron a pagar quinientos dólares.

No sabían de dónde carajos iban a sacar el dinero, pero tenían la certeza de que lo conseguirían.

Caso contrario, el que les dio el dato iba a molerlos a golpes.

No querían ocasionarle más problemas a Edith, ni tampoco morir en el intento de hacer justicia.

Después de cuatro largas horas, localizaron a su objetivo: un tipejo que acababa de lanzar la botella de cerveza vacía al botadero de un callejón.

Llevaba un pantalón beis, camisa blanca y zapatos que parecían nuevos.

Era corpulento, pero la adrenalina de los hijos de Edith los instaba a no tomar en cuenta la desventaja física.

—¿Qué piensas hacer, Ryder? Son quinientos dólares…—preguntó en un susurro, mirando a uno y otro lado. Ya era de noche, así que solo las luces de la calle iluminaban algunas partes. Los claroscuros a veces resultaban una ventaja.

—Pelear.

—¿Peleas callejeras? Acordamos que no volveríamos a meternos en esos asuntos. La última vez, mamá creyó que había sido alguno de los muchachos de la escuela. Si no la hubiera convencido de que fue un robo, le habrías tenido que dar explicaciones —argumentó Dereck.

—Sé defenderme con los puños, y si tengo que pelear lo haré, pero el crimen de mamá no quedará impune. No todo se puede hacer llegando a acuerdos verbales, Dereck. Crece de una puta vez.

—Las autoridades…

—Puedes en este momento tomar la decisión de dar media vuelta y largarte o agarrar a ese animal que violó a mamá y darle un escarmiento —replicó Ryder, mirando al hombre que había violado a Edith despreocupado por su entorno, como si no hubiera causado daño físico ni psicológico a nadie—. ¿Qué va a ser? ¿Estás conmigo o no?

Dereck soltó un suspiro renuente. Empuñó con firmeza el cuchillo.

Ryder tenía otra arma blanca, porque utilizar una pistola le parecía demasiado arriesgado.

Sí, las cuchilladas eran más sanguinarias, pero al menos no tenían que pagar dinero adicional para comprar un revólver y luego preocuparse de cómo deshacerse de él.

El tiempo era escaso, y su madre debía estar esperándolos.

Debían darse prisa.

—Sabes que sí… Sabes que sí.

Aquel fue el primer evento con ese nivel de violencia de los Toussaint.

El agresor sobrevivió, aunque quedó con severas lesiones físicas.

A ellos les daba igual, porque el honor de su madre, aunque ella jamás lo supiera, fue reparado.

Lo ocurrido era un gran secreto que los unía de la forma retorcida en que lo hacía el pecado; un secreto que los convertía en hermanos ya no solo de sangre, sino de conciencia.

Ryder y Dereck, jamás consideraron que otras personas pudieran ser más que alimañas, llevándose lo poco que ellos tenían y aprovechándose de la buena voluntad de Edith. Prometieron que nunca antepondrían otras personas a su propio bienestar.

Los hermanos eran opuestos en personalidades, pero estaban siempre presentes si el otro lo necesitaba. Cada Toussaint tenía su propia historia.