Entre espinas y seda escarlata PREFACIO
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Queens, Estado de Nueva York.

Estados Unidos.

Años atrás.

El cielo estaba parcialmente despejado. Las hojas de los árboles caían al son de cada ráfaga de viento que se atrevía a besarlas según el capricho del tiempo.

Los niños jugaban bajo la consabida inocencia de aquellos que vivían en calma sin saber la verdad detrás de las apariencias; aquellos que sobrevivían con la candidez intacta hasta que las tragedias golpeaban a sus puertas destrozándolo todo y cambiando el rumbo de sus vidas para siempre.

Las zonas más pobres de Queens, invadidas de migrantes y gente sin suficiente dinero para comprender la ambición de aquellos que dirigían el mundo desde los rascacielos de Manhattan, aprendían a disfrutar de los pequeños placeres mundanos: cervezas a cualquier hora del día, apuestas sin motivos, intimidación, robos a mano armada sin ser pillados por la policía local o tan solo el sentarse a ver televisión en alto volumen, mientras el vecino follaba a viva voz con su mujer o alguna amante de turno.

Sobrevivir era la palabra clave. Unos sabían hacerlo bien, otros no.

En medio de aquel ambiente crecían lo hermanos Toussaint.

Ambos de padres distintos, despreocupados de su existencia, y al amparo de una madre que no solo les había dado el apellido, sino también las agallas para enfrentarse al mundo como si ellos fuesen los amos y señores.

Edith era hija de inmigrantes franceses, y sucumbió al placer de su sangre habituada a los gustos teatrales, aunque también a la fantasía de lo que era en verdad el amor.

Quizá era una maldición o una simple mofa de la vida, el que llevara el nombre de una cantante de vida tan trágica como Piaf, y que su canción preferida para embriagarse en años de soltería, si el presupuesto lo permitía, fuese La Vie En Rose.

Esa melodía era un poco nostálgica de sus primeros años de vida en París, entre idas y venidas con sus padres para visitar la familia; también un poco de masoquismo por sus erróneas decisiones con el sexo opuesto.

Fruto de ese ideal bohemio del amor, herencia genética de sus antepasados tal vez, Edith tuvo dos hijos: Ryder y Dereck; por quienes no volvió a caer presa de las botellas de licor ni la tentación de la cocaína.

Sin una figura paterna para guiarlos, ella se convirtió en padre y madre.

Su familia estaba dispersa por Europa e incluso sus propios padres y abuelos regresaron a Francia cuando ella cumplió la mayoría de edad y parecía encaminada a una exitosa vida.

Hasta que un embarazo llevó a otro.

Las ayudas sociales empezaron a convertirse en una crucial necesidad, y los sueños de decorar interiores se esfumaron.

Para llevar el sustento a casa, no solo trabajaba como mucama, sino también limpiando casas.

A veces, una vecina de confianza solía cuidar a sus hijos a cambio de algún favor de regreso; nada complicado.

Claro, no todos los vecinos eran de fiarse, menos en un área de Queens plagada de sospechas de tráfico de drogas, alta violencia y crímenes que convertían el sonido de las patrullas de policía en la melodía nocturna.

Edith no juzgaba a la gente por su profesión siempre que no hicieran daño a terceros o se aprovechasen de los más débiles.

Había aprendido a sobrellevar la pobreza con dignidad, y no tenía amigas.

Eso sí, ella sabía elegir a quiénes saludaba y a quiénes prefería mantener la distancia.

En esta última categoría, curiosamente, no estaban las prostitutas ni las strippers.

Muchas de esas mujeres tenían familia o eran madres solteras, como Edith, y si explotar su cuerpo les permitía llevar un bocado a la mesa, entonces la supervivencia solía anteponerse al pudor.

La dignidad no estaba relacionada a la profesión, sino en la manera con que se llevaba la vida y sus avatares.

Criados con libros de otros tiempos, influjos de las pandillas locales, los programas de televisión violentos, y los raros cotilleos de prostitutas —amigas de su honorable madre— que les contaban los entramados sobre los secretos femeninos sin tapujos e incluso se ofrecían a enseñarles cuando tuvieran suficiente edad; Ryder y Dereck sabían que iban a aprender bien los secretos de cómo follarse a una mujer.

Los contenidos sexuales estaban a la orden del día, y Edith no endulzaba la verdad de cómo se procreaba.

Por eso, ninguno de los dos muchachos tenía reparos en decir lo que pasaba por su cabeza.

Un gran problema en la escuela, pues se imponía la exhortación al silencio en lugar de incentivar la libre opinión de los estudiantes.

Edith, mucama de una cadena de hoteles de cinco estrellas en pleno Times Square, no era tan selectiva con sus amistades.

Prefería ignorar que sus hijos hablasen o no con meretrices, siempre que estos llevaran buenas calificaciones, mantuvieran el miembro en la bragueta, al menos hasta que alcanzaran la mayoría de edad, y respetaran la autoridad de la casa.

Jamás permitiría que sacaran ventaja sexual de sus hijos.

Esa no era la clase de mujer en que se había convertido, pobre o no.

Los hermanos Toussaint eran rebeldes, mundanos, y ambiciosos.

Poseían una mente privilegiada para los números, y envidiable capacidad de crear discursos convincentes, esta cualidad salió a flote cuando empezaron a trabajar como ayudantes temporales de venta en una tienda de electrodomésticos.

Edith les había enseñado bien: nada se consigue sin un gran esfuerzo, y una vez logrado el objetivo, mantener a flote el éxito era lo más importante.

No existían palabras de amor o dulzura en la casucha que los abrigaba de los crudos inviernos y los mantenía protegidos en otras estaciones del año.

Edith no quería holgazanes, ni mequetrefes, salidos de su útero, y les dejaba claro que, si embarazaban a una mujer, se largaban de la casa y aprendían a mantener un hogar fuera de esas maltrechas paredes.

Con su experiencia de dos embarazos con hombres distintos, ella había tenido suficientes sinsabores, peleas y lágrimas hasta quedarse inmune a las emociones.

No tenía por qué mentirles sobre fantasías románticas, perdidas tiempo atrás, a ninguno de sus dos hijos.

Les enseñó a Ryder y Dereck que solo la capacidad de sobrevivir debía prevalecer sobre los absurdos ideales sentimentales, y más les valía entenderlo.

Una tarde de junio, los dos hermanos recibieron una bofetada del destino.

La hora en que la madre de ambos solía llegar a casa estaba retrasada por ochenta minutos.

A pesar de los problemas en el transporte público y las conexiones entre las líneas del metro o tren, aquella tardanza era muy inusual en Edith.

—¿Revisaste las noticias? —preguntó Ryder, el mayor de los hermanos por tres años.

Tenía unos luminosos ojos verdes y el cabello rubio.

Su cuerpo en crecimiento prometía estirar lo suficiente para ganar corpulencia, al menos si corría con la suerte de alimentarse mejor.

Su carácter era mesurado, silencioso, y había aprendido a defenderse en la escuela con los puños.

Estaba en el jardín delantero de la pequeña casa tratando de arreglar la tostadora que una de las vecinas había enviado al botadero. Ellos, que no desperdiciaban nada, encontraron el aparato y estaban tratando de componerlo.

—No hay anuncio alguno de accidentes en las rutas usuales que toma mamá —replicó Dereck.

Con ojos azules, como la laguna más clara en el Caribe, y el cabello negro, llamaba la atención con facilidad.

En una ocasión se le acercó un fotógrafo para preguntarle si le interesaría dejarse fotografiar para una campaña de ropa infantil, pero con su habitual desconfianza, él rehusó.

Su aire de indiferencia contrastaba con la locuacidad al momento de defender un argumento o dejar claro su punto de vista. Su madre solía decirle que, si llegaba a encontrar la forma de estudiar en la universidad, sería un gran abogado, y su hermano, un comerciante astuto.

—Espera —dijo Ryder observando a lo lejos la silueta de su madre recortada por los rayos de sol de inicio del verano norteamericano—. Ahí viene… —frunció el ceño de su frente libre de arrugas—. Algo no está bien.

Dereck se incorporó del césped, verde gracias al cuidado de Edith, apartándose. Se puso la mano como visera para tratar de ver mejor.

—Está cojeando… Eso no es normal. Vamos —dijo con urgencia, y Ryder dejó de lado el aparato de metal en el que estaban trabajando.

Cuando la sombra del contraluz les dejó ver mejor a su madre, más cerca de casa, ambos sintieron que su vida no volvería a ser igual. Una rabia como ninguna otra los agarró desprevenidos, destrozando cualquier mínimo cimiento de civilización que hubiera existido en ellos.

Edith tenía el vestido hecho girones, el rostro golpeado, el labio partido y tenues rastros de sangre en los brazos.

Ella fingía que nada estaba fuera de sitio y argumentaba que había tenido un accidente, mientras cerraba la puerta principal de la casa, ante las constantes preguntas y preocupación de sus hijos.

Ellos no se creían la mentira, porque era absurdo cuando conocían al dedillo las porquerías de las calles, gracias a rumores, la prensa, las noticias, y algunos cretinos que intentaban reclutarlos para robar o dedicarse a la venta de sustancias prohibidas.

—Chicos, no hagan lío —dijo con voz rota—. Necesito darme una ducha… Ha sido un largo día. ¿Preparaste la pasta, Ryder? —le preguntó como si su hijo mayor no fuese capaz de notar la mueca de dolor al hablar debido al labio medio partido.

—Sí…

—Mamá, ¿quién te hizo esto? —preguntó Dereck con las manos hecha puños a los costados de su frágil cuerpo.