Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

El chef tenía un tatuaje que sobresalía ligeramente sobre el cuello del uniforme.

Su aspecto físico era corpulento e intimidante.

Aubrey se sorprendió de que una empresa tuviera tantas consideraciones para sus empleados.

Un chef y comida exclusiva nada menos, en lugar de un catering externo, eran un lujo.

Ella ignoraba cómo funcionaba el mundo corporativo de caprichos a gran escala en estos ámbitos.

—Gracias por darme la oportunidad, chef, ¿cuáles son mis tareas?

—preguntó ella en un tono respetuoso. Agradeció la experiencia de su trato con los chefs del hotel, porque así sabría cómo interactuar con este en particular.

Aubrey era consciente de que los cocineros eran muy peculiares y se creían que vivían en una dimensión especial, tan solo por saber cómo alimentar a la humanidad con toques extravagantes.

El hombre de ojos negros la observó unos instantes.

—Tu pasión no es la gastronomía —expresó cruzado de brazos, mirándola.

—¿Usted sabe juzgar bien el carácter de las personas con apenas conocerlas? —preguntó sin evitar el sarcasmo. La sorprendió cuando el chef soltó una carcajada.

—Al menos sabes decir lo que piensas y eso es importante —replicó Ambrose.

De sus cincuenta años, veinticinco los llevaba como chef—.

Te pondré a prueba el resto del día. No servimos desayunos, pero las fuentes de té y café deben estar siempre abastecidas y el espacio impecable.

El almuerzo se sirve entre la una y las tres de la tarde.

Este no es un restaurante. El personal consiste en dos camareros, dos asistentes de cocina, y la plaza de asistente de cafetería que se ha inventado Gabriel —expresó.

—¿Se ha inventado…? —preguntó ojiplática.

El chef la miró inquisitivamente y luego meneó la cabeza.

—Menos hablar y más hacer, Aubrey, y por cierto, puedes tutearme —replicó ignorando la expresión perpleja de la mujer—.

En este momento —miró el reloj— son las nueve de la mañana y los camareros deben llevar un tentempié a la sala de reuniones.

Aprende cómo organizan todo y encárgate de que no quede rastro de que alguien tomó té o café o consumió un bocadillo.

A las once de la mañana Knox y Gabriel, los socios de la empresa como debes ya saber, se reúnen en el despacho del segundo.

Te voy a encargar que te responsabilices del servicio de café para ambos.

Aubrey tragó saliva e hizo un asentimiento breve.

—Oh, yo… Claro, no hay problema, chef —murmuró ocultando su inquietud. Se había preparado mentalmente para volver a ver a ese hombre arrogante, pero que fuese algo inminente no le agradó particularmente—. ¿Cómo me vas a calificar?

—No lo haré yo —replicó meneando la cabeza—. Mi trabajo es darte tareas y analizar si me pareces lo suficientemente eficiente. La decisión final es de Gabriel.

Aubrey hizo un asentimiento y se preparó para enfrentar el resto de la jornada.