CAPÍTULO 2 #3
De hecho, cualquier pensamiento que no fuese su objetivo financiero y profesional quedó de lado cuando finalmente, al onceavo día desde la conversación que tuvieron, Heath la llamó.
Eso alivió la incertidumbre de Aubrey. Su padrino le comentó que la esperaban para una entrevista de trabajo en Aussie Equinox, una corporación de inversiones a gran escala.
Le explicó que tenía que preguntar en recepción por el gerente de recursos humanos y le aseguró que era la mejor opción.
La emoción de Aubrey se convirtió en shock al leer quiénes eran los dos socios.
Un socio en concreto.
Inexplicablemente su pulso se disparó, al leer la información en la web, como si de un momento a otro Gabriel St. James pudiera presentarse en su pequeña habitación e invadirla con su cercanía amenazante.
Mentiría al decir que no pensó en esos meses, un par de veces, en él.
Aunque hubiese sido un recuerdo amargo, ella jamás había experimentado la sensación de que su piel vibrara, literalmente, ante la cercanía de alguien del sexo opuesto.
Le parecía absurdo que hubiera sido ese hombre quien se la provocara y más cuando lo había conocido en una situación bizarra.
La fotografía corporativa en la web no hacía justicia al hombre en carne y hueso.
Ella siguió leyendo sobre él. Gabriel Henry St. James, treinta y cinco años de edad, heredero de un imperio de minería de varias generaciones.
Asociado con Knox Nero Wentworth, el CFO, gerente financiero.
Aubrey entendió, luego de leer más sobre Aussie Equinox, el porqué Heath consideró que era la empresa idónea para ella: gran parte de los negocios en los que invertían eran de tecnología y desarrollo IA.
Más allá de lo bien que encajaba esa compañía en sus intereses, el hecho de que Gabriel ahora conociera su identidad la ponía de nervios.
¿Por qué habría aceptado que fuese entrevistada para una plaza laboral en Aussie Equinox?
¿Por qué no le habló a Heath que ya la conocía?
Su padrino no le había mencionado nada al respecto de lo ocurrido en la mansión.
¿Gabriel aceptó que fuese entrevistada solo para cumplir con Heath, pero había dado la orden de que no la contrataran y alegara que no tenía habilidades informáticas como señalaba en su currículo?
«Detente», se amonestó. No tenía las respuestas a esas preguntas, pero recordó lo que alguna vez un huésped del hotel le comentó: «Si quieres hacer algo hazlo, incluso con miedo.
Solo basta que sepas la razón correcta detrás para que el propósito tenga sentido. »
Así que en esos instantes, mientras subía en el elevador del sofisticado y minimalista edificio de Aussie Equinox, lo que tenía sentido era demostrar su valía intelectual y defender su idoneidad para trabajar en el departamento de informática.
Sí, era osado pensar hacerlo sin un título ni experiencia, pero grandes científicos y personajes habían desarrollado el éxito a base de autopreparación y determinación.
Ambas definían a Aubrey. Ella había pedido el día libre en el hotel, a sabiendas de que le descontarían del salario, y descartó la idea de cancelar la entrevista.
No podía ignorar los esfuerzos de Heath, ni traicionar su propio orgullo.
Así que aquí estaba, mirando su reflejo en el espejo del elevador, evaluando a la mujer que le devolvía la mirada.
Llevaba una falda azul marino que le llegaba hasta la rodilla y resaltaba su figura con elegancia; blusa beige de seda; zapatos de tacón color gris y una chaqueta que aportaba formalidad.
Su cabello largo y castaño lo llevaba recogido en una media coleta.
Se había aplicado delineador negro y labial rosa pardo.
En conjunto presentaba una imagen profesional, aunque también cercana.
Si bien ahora ya no contaba con un armario con prendas de diseñadores, ella tenía buen gusto y sabía combinar su ropa.
Estaba lista para la entrevista. O al menos, tenía que estarlo.
—Bienvenida, señorita Blackeney, soy Zeik Bloomberg —dijo el gerente de recursos humanos—.
Por favor, necesito que llene estos tests psicológicos —le entregó un iPad— y al terminar, le pediré que me acompañe al sitio en el que se realizarán las pruebas de desempeño.
El jefe del área es Ambrose Johnson y será el que decida, basándose en sus resultados, si está apta o no para la plaza laboral.
Aubrey se sentía a la par de contenta por la oportunidad, también inquieta. Lo anterior no era porque dudase de su intelecto, sino por el antecedente con el CEO.
—Buenos días, gracias por recibirme —replicó con una sonrisa, aliviada de que el jefe inmediato no fuese Gabriel—. Comprendo las directrices, no hay problema —dijo, mientras se sentaba con la tablet y empezaba a responder el largo cuestionario.
Al cabo de cuarenta y cinco minutos, Aubrey concluyó la tarea. No hizo preguntas sobre temas salariales, porque no quería anticiparse o parecer desesperada.
—Para que conozca los pormenores de la que sería su área de trabajo, por favor, acompáñeme al piso once. Le presentaré al equipo de colaboradores —dijo él.
—Oh, gracias —expresó y empezó a seguir los pasos que Zeik marcaba.
—En raras ocasiones se necesita abrir el área en la noche, pero, si existiera una reunión que se extendiese y hubiera empresarios aún trabajando, las horas extras se pagan el triple.
—Aubrey frunció el ceño ante el comentario—.
Se exige que no se realicen cambios de turnos, a menos que sea una emergencia —dijo instándola a entrar en el elevador con él—.
Los pagos son semanales, como en todas las empresas del país, y se entregará una bonificación por desempeño. Eso lo determinará Ambrose.
Aubrey escuchaba, pero lo que él decía no tenía sentido. Estaba confundida.
—No comprendo el tema de abrir y cerrar el área de informática —expresó. Las puertas del elevador se abrieron para dar paso a un precioso vestíbulo. Esta zona parecía más animada y podían escucharse conversaciones—. ¿Me puede explicar?
El hombre avanzó, saludó con un gesto a algunos empleados que estaban alrededor, y después giró a la izquierda por un pasillo. Aubrey esperaba la respuesta.
Después, entraron a la cafetería, que por cierto estaba bien iluminada.
Las mesas eran de madera y suelo de parqué; las ventanas tenían vistas al mar.
Ella iba a decirle que prefería empezar las pruebas en el departamento de IT, en lugar de tomar un café, pero el hombre la sorprendió abriendo una puerta y haciéndole un gesto para que ingresara.
Lo que vio Aubrey a continuación fue la pulcra cocina de la cafetería.
—Lo lamento, señorita Blackeney —dijo Zeik en tono también confuso, deteniéndose finalmente.
La cocina tenía implementos de alta gama.
Los empleados estaban en un descanso y no les prestaban atención.
Se escuchaba el afilar de cuchillos y el lavavajillas funcionando—.
Me parece que hay un mal entendido de su parte.
En las pruebas que acabó de hacer hay una tendencia referente a servicio al cliente…
—Sí, claro, pero creía que eran preguntas estándar de protocolos usuales de la compañía —interrumpió ella con suavidad—. Asumí que la vacante era para IT.
Zeik meneó la cabeza y vio que Ambrose se aproximaba a ellos.
—La plaza que me ordenaron ofrecerle es la de ayudante de cafetería. Lamento haber asumido que usted tenía conocimiento al respecto —comentó el hombre.
Aubrey lo quedó mirando un instante y su mente empezó a comprender de qué se trataba todo esto.
Estaba segura de que su padrino tuvo que haber mencionado que su talento era en tecnología, mas no el servicio al cliente.
Caía en la cuenta de que este era un mensaje claro y alto del CEO para ella: le estaba haciendo un favor a Heath, por la razón que fuese, pero lo haría bajo sus condiciones.
No solo eso, sino que era evidente que la razón de que la hubiese enviado a la cafetería, en lugar del área de IT, era una señal de que él recordaba claramente lo ocurrido hacía más de tres meses.
«Qué hombre tan insoportable y ridículo», pensó ella.
—Un trabajo siempre es bienvenido, Zeik —replicó.
Entonces se atrevió a hacer la pregunta que, minutos atrás, había optado por omitir—: ¿Me podría decir cuál es el salario?
Como mi presencia aquí es por una recomendación, y considerando esta confusión —sonrió— no tengo idea de cuál es la remuneración para esta plaza.
Zeik se lo dijo con rapidez, así como también le dio a conocer las prestaciones del cargo. Aubrey disimuló el asombro, porque era más del triple de lo que ganaba en el hotel. No quería anticiparse haciéndose ilusiones, pues no sabía si iban a contratarla.
—Le presento al chef Ambrose Johnson —dijo Zeik cuando el hombre de cabellos negros se acercó a ellos con seriedad—.
Ambrose, ella es Aubrey Blackeney. La razón de que esté aquí es para que le plantees pruebas de desempeño.
Si consideras que cumple con tus requerimientos para ser ayudante de cafetería, entonces envíame tu aprobación por correo —expresó el gerente de recursos humanos—. ¿De acuerdo?
—Seguro, no hay problema —dijo el chef en tono firme.
Zeik le deseó buena suerte a la mujer y luego se marchó.