Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Aubrey había esperado la respuesta de Heath, mientras contemplaba cómo pasaban de un lado a otros los huéspedes.

Ella había pensado en lo curiosa que era la vida: todos solían asumir que el prójimo tenía el destino resuelto.

Nada más alejado de la realidad. Lo cierto era que cada individuo, cada familia y cada corazón llevaba a cuestas espinas que todavía dolían, pero hacían lo imposible para disimular el pesar.

—Me acaba de llegar tu correo, Bree —había dicho, haciendo una pausa, leyendo. Al cabo de unos momentos había retomado la conversación—: Entre tus referencias personales agrega mi nombre y luego reenvíame el currículo actualizado.

—Gracias de nuevo, padrino, no sabes cuánto aprecio tu ayuda —había expresado ocultando la desesperación en la voz, porque necesitaba mejorar sus condiciones laborales con urgencia, pues no creía que pudiera pagar la siguiente cuota hipotecaria.

El agente de crédito le había advertido que no cayera de nuevo en mora.

—Me gustaría seguir hablando contigo, Bree, pero me pillas en un momento en el que estoy bastante liado con proyectos en desarrollo, fuera de Sídney, así que tengo que monitorearlos con mi equipo —había dicho Heath—.

Intentaré hacer un espacio para buscar con calma opciones para ti y darte una respuesta lo antes posible.

—Muchas gracias. Estaré pendiente de tu mensaje o llamada.

Desde esa conversación había pasado una semana.

Aubrey aprendió a ser paciente, por sus vivencias familiares, pero continuaba sin tener una buena relación con la incertidumbre.

Sin embargo, esta fue su incómoda compañera durante los días en que esperaba noticias de Heath.

Para ignorar los efectos colaterales, como la ansiedad, Aubrey aprovechó en mejorar las fotografías de los tejidos de su madre, en eBay, que no se habían vendido.

Además usó parte de su tiempo para ir a una competencia importante de Craig.

Casi no tenía oportunidad de ir a apoyarlo, así que fue un momento emotivo.

No solo eso, sino que su mejor amiga la llamó para decirle que había conseguido un trabajo como lectora de manuscritos, Scout, en una editorial dedicada a publicar libros de terror y thrillers .

Aubrey y  Clarissa Sneider se conocían desde el Kinder, pero la pasión de esta última no eran los números, sino las letras.

Ambas amigas compartían la ilusión de consolidar una carrera profesional de la que pudieran sentirse orgullosas y también vivir de ella.

Pero, tal como estaban las circunstancias, solo una de las dos parecía estar logrando el objetivo.

—Deberíamos vernos más seguido, Bree. No recuerdo la última vez que nos tomamos un café sin prisas o que aceptaste venir de fiesta conmigo —había dicho la mujer de cabellos rojizos—.

Entiendo la situación por la que atraviesas, pero también estoy para recordarte que merecemos divertirnos y vivir experiencias increíbles.

No necesitamos dinero para muchas de ellas, mi querida amiga, sino tan solo dejar fluir.

Aubrey había esbozado una sonrisa leve ante el comentario.

—Lo sé, Clarissa, lamento haber estado tan ausente —había replicado, acostada en la cama y con el móvil pegado a la oreja —.

Por un instante pensé que todo empezaba a cobrar un mejor rumbo, entonces el cáncer de mamá regresó.

No tengo otra opción que intentar conseguir dinero de cualquier forma que me sea posible.

Ir de fiesta no es un ítem entre mis prioridades, aunque lo eche en falta.

Como te acabé de contar, lo que me tiene inquieta es la llamada pendiente de Heath…

—En lugar de haber ido a ese club de caballeros pudiste aceptar que te prestara dinero, Bree —había replicado.

La familia de Clarissa no era millonaria como los Blackeney.

La chica había sido becada toda su vida académica, porque sus padres eran empleados de una unidad especial de las Naciones Unidas.

Cuando los amigos ricachones le dieron la espalda a Aubrey, al mudarse a un barrio pobre, Clarissa había permanecido a su lado—.

Cruzo los dedos para que tu padrino te consiga un curro.

—No acepté el préstamo, porque estás ahorrando para comprarte un coche desde hace tiempo y es algo que siempre quisiste.

Si yo no puedo concretar mis objetivos todavía, me sentiría fatal ser la causa de que tu retrases los tuyos, Clarissa  —había replicado con afecto, porque su amiga era muy generosa —.

Sobre mi padrino, la verdad también espero que me ayude y no se quede todo en una simple promesa.

—Sí, pues así no tendrás que hacer idioteces como intentar robarte una jodida moneda. Por cierto, nunca me dijiste el nombre del millonario aquel —había dicho.

—No tiene importancia —había replicado Aubrey—. Eso es el pasado, Clarissa, pero sí puedo decirte que ese hombre es un ogro sin corazón ni compasión.

—¿No intentó ligar contigo? Porque siempre que vas a algún sitio, por trabajo o lo que sea, sueles terminar con alguien interesado en algo más que saber tu nombre.

—Se te olvidó la parte en que ese idiota buscaba dejarme en manos de la policía, no flirtear conmigo. Si no me hubiese largado, él habría logrado su propósito.

—Menos mal tienes tus instintos de supervivencia intactos —había replicado Clarissa—.

Así que esa es una razón para celebrar y yo aprovecharé para hacer un trato contigo.

Para compensar tanto tiempo sin vernos, ni divertirnos como merecemos en esta vida, ¿qué tal si vamos a una de las fiestas que organiza Dylan?

Aubrey había reído con suavidad olvidando al Diablo de ojos azules.

—¿Dylan Mulroney? Creía que seguía en Melbourne —había dicho. Dylan fue compañero de las dos hasta cuarto de secundaria, y luego él se había mudado con la familia a otra ciudad—. No me contaste. Me haría ilusión verlo, ¿qué clase de fiestas?

—Ahhh, olvidé hablarte de él, es cierto —había dicho de buen humor—.

Nos encontramos por Circular Quay hace unos seis meses.

Me contó que llevaba un año en Sídney y que abrió un bar con unos amigos.

En el lugar se organizan eventos temáticos y para acceder a ellos solo puede hacerse por invitación.

Dylan me dijo que si alguna vez me animaba a ir que lo llamara y él me anotaría en la lista de asistentes.

—Suena interesante…

—¡Venga! Sé que Bonnie y Craig aprobarían que salgas una noche de copas. Además, aunque el bar funciona regularmente, las fiestas no ocurren siempre. Así que cuando me entere de la próxima, tú vendrás conmigo, ¿tenemos un acuerdo, Bree?

Aubrey había esbozado una sonrisa, porque Clarissa siempre le subía la moral.

—Lo tenemos. ¿Qué clase de temáticas tienen las fiestas? —había insistido.

—Todas son distintas. Si supiera cuál sería el próximo tema, pues no te lo diría para que no tengas tiempo de repensar demasiado y luego negarte a acompañarme —había dicho Clarissa y de fondo escuchó que la llamaban—. Acabó mi hora de lunch.

—Vale, pues que vaya bien, nos vemos pronto.

—¡Me gusta esa actitud! Quizá incluso puedas tener un ligue de una noche. ¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste del placer de un beso? ¿Sexo tórrido?

—Clarissa, ya sabes que eso es complicado…

—Los corazones sanan y el tuyo también lo ha hecho. Solo tienes miedo. No todos los hombres son unos mentirosos, así que no se vale juzgar a todos por igual.

—Bastian estaba comprometido con otra —había susurrado sin ahondar en los recuerdos—. En mi poco tiempo libre prefiero enfocarme en otros aspectos.

—Ahora eres más sabia y esa experiencia no puede determinar las próximas —había dicho Clarissa—. La vida puede sonreírte también, ¿sabes? Quizá no la dejas.

Aubrey había soltado una exhalación.

—Quizá. No lo sé. Confiar ya no es fácil, menos si sumas lo de Bastian a cómo mi padre, con su ambición y su egoísmo, destruyó a mamá, por ende, a nosotros…

—Estoy segura de que Dylan tiene muchos amigos que podrá presentarte.

Solo déjate llevar y no pongas condiciones innecesarias —había dicho su amiga—.

Por cierto, mi jefa es un poco gruñona y de seguro hará que me quede diez minutos extras por no estar en mi cubículo.

Hablamos pronto, Bree, ¡prepárate para divertirnos!

—Vale, hablamos pronto —había contestado entre risas.

Aubrey continuó los siguientes días, que sumaban once, sin saber de su padrino, dando clases de matemáticas como alternativa.

Además, aprendió a preparar bebidas con uno de los bartender del hotel.

Acompañó a su madre a hacer la compra de la comida y a cuidar del pequeño jardín trasero de la casa.

Aubrey también salió al cine con unas compañeras de trabajo, porque el hotel tenía convenios comerciales y solían regalar entradas a los empleados.

Se vieron la última película de Colin Farrell.

A ella no le era ajeno el hecho de que los hombres la encontraban guapa, pero no era arrogante ni tampoco se valía de su físico para obtener sus objetivos.

Si el anterior fuese el caso, su hipoteca no existiría y su cuenta bancaria estaría a reventar de ceros a la derecha.

Aubrey solía tener invitaciones a salir, pero las rechazaba.

Más allá de tener una disputa personal con las mentiras de Cupido, su negativa de aceptar una cita se debía a que no sentía atracción suficiente por quienes se acercaban para flirtear con ella.

El punto más importante era que temía equivocarse de nuevo al elegir.

Con Bastian bajó sus barreras y se dejó llevar por la manera especial en que él la trataba, por la adrenalina al compartir su lado rebelde en ese tiempo, y porque su mantra de escapar del caos de su realidad familiar se materializó.

Sin embargo, el resultado de su ingenuidad le dejó una factura que incluyó la tristeza y la decepción.

Pero Aubrey no quería recordar y esas no eran las reflexiones que necesitaba.