Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

En los días que le siguieron a la humillante experiencia en la casa de aquel millonario, Aubrey logró con dificultad reunir el dinero para pagar la hospitalización de Bonnie y cubrir la receta médica.

Para conseguirlo tuvo que solicitar un anticipo salarial en el hotel.

Pero no pudo aplicar el mismo método para afrontar el costo de la inmunoterapia, pues eran varias sesiones y su economía familiar no sobreviviría a ello.

Por eso tomó la difícil decisión de modificar los pagos de la hipoteca, realizándolos solo por montos mínimos de los acordados, y así priorizar la salud de su madre.

El estrés de los tres meses posteriores a esa decisión fue agotador.

Aparte, las notificaciones del banco exigiendo el pago de las cuotas hipotecarias mantuvieron a Aubrey en tensión.

Al cumplirse noventa días de impagos, el banco emitió una carta de advertencia por incumplimiento.

Ese documento les notificaba que disponían de treinta días para cubrir el saldo pendiente, incluidos los intereses por mora, o, en caso contrario, iniciarían un proceso que implicaba acudir a los tribunales y perder la casa.

Agobiada ante esa posibilidad, Aubrey pensó en la vía más rápida y fácil de solventar la urgente situación: envió varias aplicaciones a las páginas web de los clubes de caballeros más elitistas de la ciudad.

El proceso de selección fue ágil y en menos de cinco días consiguió un empleo de camarera.

Así comprobó los rumores de que en esos sitios, efectivamente, las propinas eran excelentes al ser frecuentados por hombres de clase alta, adinerados.

El uniforme que le tocó usar a Aubrey era de una tela exquisita, pero resultó tan corto que si ella no hubiera usado bragas debajo, ni reajustado la falda en casa para hacerla más larga, entonces sus nalgas habrían quedado casi a la vista.

Muchas de sus compañeras, que no eran bailarinas, también ofrecían servicios sexuales.

Aubrey no las juzgaba, pero ella jamás habría incurrido en algo así.

Los toques indeseados, los sibildos de apreciación y los comentarios vulgares fueron una humillación que la dejaban en lágrimas al volver a casa cada noche.

El equipo de seguridad removía a los clientes, sin importar cuál tenía más dinero que otro, cuando alguna de las empleadas se quejaba.

No era un burdel de mala muerte, sino un club VIP.

Aún así, el instinto animal siempre aparecía para barrer con el mínimo de respeto.

Algunos hombres ricos creían que tan solo por trabajar en un sitio como aquel, las mujeres les pertenecían o podían tratarlas sin consideración.

Aubrey logró que un compañero del club fuese quien atendiera las mesas de los clientes conflictivos.

Solo así consiguió tolerar varias semanas en ese club.

Cuando finalmente pudo reunir el dinero, para estar al día en los pagos atrasados de la hipoteca, renunció.

Se prometió que no volvería a un sitio como aquel.

Aubrey necesitaba un empleo con mejores prestaciones y oportunidades.

La estabilidad de un buen salario también le permitiría ahorrar un poco para sí misma.

Inclusive podría tener un margen más amplio de tiempo libre y divertirse como cualquier chica de veintitrés años.

Por ahora solo le quedaba ser paciente, hasta la graduación de Craig y saber si le aprobarían a él la beca deportiva en la universidad.

A pesar de las dificultades vividas en esos meses, ella estaba feliz porque la inmunoterapia que recibió su madre parecía haber ido bien.

El oncólogo les informó que dentro de tres meses realizaría exámenes para monitorear los resultados y determinar los efectos reales de las sesiones que Bonnie recibió por vía intravenosa.

Con ese panorama, Aubrey logró un respiro ante una lucha que era la de una familia, no solo de quien padecía el cáncer. En medio de esos desenlaces temporales, claroscuros, halló el impulso para seguir postulándose a plazas laborales en tecnología.

Necesitaba el dinero, pero también aprender y crear conexiones profesionales para abrirse camino.

Por eso aplicó a los anuncios en las áreas de IT de las empresas, pequeñas o multinacionales.

Todas exigían al menos tres años de experiencia, una titulación universitaria o un diploma avanzado.

Nada de eso tenía ella, sin embargo no se detuvo e igual decidió presentarse como candidata.

De las cuarenta aplicaciones, consiguió cinco entrevistas.

Pasó todas las pruebas técnicas, pero al final la historia siempre se repetía: no entraba a la última fase de los procesos, porque las personas de recursos humanos elegían a quienes tenían experiencia laboral y un título profesional.

Las negativas no eran fáciles de digerir, pero desistir no entraba entre sus opciones.

La anterior fue la razón de que hubiera decidido llamar a un hombre al que solo había visto pocas veces en su vida.

Una de las últimas ocasiones ocurrió en la graduación de la secundaria, solo semanas antes de su debacle familiar.

Aubrey no quería saber nada de las personas asociadas en su vida por elección de su padre, pero también era consciente de que no podía continuar en modo supervivencia y aislada.

Encontrar el número personal de Heath no fue difícil. ¿Para qué si no servían sus habilidades informáticas? Así que, aún con el temor de que él rechazara su petición o la enviara a la lista de pendientes a largo plazo, agarró el móvil y marcó el número.

Ella había tragado saliva y tomado una profunda respiración.

—¿Quién habla? —había sido la respuesta indiferente de Heath.

—Hola, padrino, soy Aubrey —había replicado un poco nerviosa, sentada en el lobby del hotel durante uno de sus descansos.

El hombre había sido siempre amable y cercano, pero no al punto de estar siempre presente.

Se había tratado más bien del tipo de tío o padrino distante al que, si existía la necesidad, se podía recurrir en busca de apoyo.

Nada más. Tal como era el caso de ella—.

Sé que ha pasado mucho tiempo desde que te vi y hablamos.

Creo que son casi cinco años. ¿Tienes un momento… ?

—¿Bree? —había preguntado retóricamente en un tono más amable—. Claro que tengo tiempo para ti. ¿A qué debo el gusto de recibir tu llamada y dime cómo están yendo las cosas en casa? ¿Cómo está Bonnie? Pareciera que se los tragó la tierra.

Aubrey había soltado una risa que no tenía nada de alegre. En realidad, lo que había sentido fueron ganas de llorar, pues parecía que todo hubiese ocurrido a años luz de distancia: recuerdos mancillados con amargura, amistades falsas y la tristeza.

—Casi podría decir que tu comentario es acertado.

La historia es larga, padrino, así que solo te diré que nos hemos apañado bastante bien para poder acostumbrarnos a una vida distinta a la que teníamos —había replicado de forma vaga.

El divorcio de sus padres no había sido un secreto para el círculo de amistades más cercano, pero no fue lo mismo con las razones detrás de los hechos—.

Siento llamarte después de tantos años para pedirte un favor.

No me gusta incomodar. Pero recordé que en alguna ocasión me dijiste que si llegase a necesitar de tu ayuda te la pidiese.

—Ciertamente, Bree. Los padrinos estamos para eso, así que me alegro de que hayas decidido buscarme —había expresado, sincero—. Dime, ¿qué ha ocurrido?

—Como supiste alguna vez, mi mamá tuvo cáncer —había comentado—.

Cuando creíamos que estaba superado, volvió más agresivo.

Para nosotros no ha sido sencillo cubrir los gastos médicos sin desequilibrar otras facturas por pagar.

Mi trabajo de recepcionista en un hotel no me genera suficientes ingresos.

Lo anterior es el contexto del porqué estoy buscando un mejor empleo.

De verdad lo necesito —había explicado cerrando los ojos—.

Padrino, tú eres dueño de una desarrolladora inmobiliaria reconocida.

La tecnología se me da muy bien. Si hago las pruebas de informática en tu empresa sé que daría la talla. ¿Podrías darme empleo, por favor?

—Bree, siento las noticias sobre Bonnie y confío que logre vencer el cáncer de una vez por todas.

Como sobreviviente de la Leucemia puedo empatizar.

En verdad, me aflige la situación que estás atravesando, pues sé que no es nada sencilla, más allá de la economía —había comentado—.

Sé que eres una chica muy lista, Bree, pero en mi empresa no puedo ofrecerte el tipo de versatilidad en el ámbito que buscas.

Sin embargo, podría ayudarte de otro modo.

¿Necesitas un préstamo? Porque puedo hacerte uno si lo deseas.

Te pondría en contacto con mi contador y así lo concretas.

Aubrey habría considerado esa oferta en otras circunstancias, pero ya tenía suficientes deudas encima. Aceptar responsabilizarse de otra más sería un gran error.

—Oh, aprecio tu generosidad, padrino —había contestado con franqueza—. Pero en estos momentos no estoy en la capacidad de asumir algo que no tengo la certeza de que podré cumplir: pagarte. Lo que en verdad necesito es un nuevo empleo.

—Lo comprendo, Bree. Entonces, envíame tu currículo a mi correo personal. —Aubrey había anotado en una libreta cuando él se lo dictó—. Voy a buscar, entre los contactos empresariales y amigos, la compañía que podría ajustarse a tu perfil.

Ella, aunque no había sido una certeza, sintió un soplo esperanzador.

—Te lo agradezco muchísimo —había replicado con franqueza—.

Acabo de enviarte mi currículo. Vas a notar que carezco de una formación universitaria, la mayor razón es la misma por la que busco un mejor empleo.

Pero he procurado tomar cursos sobre desarrollo de softwares, así como análisis de datos e inteligencia artificial.