CAPÍTULO 1 #4
—Tienes que descansar, Claudia. Mañana vendrá tu familia —dijo él, agotado.
El día había sido demasiado largo—. Llámame si crees que puedo ayudarte, pero no vuelvas a ponerte en este escenario.
Si no te respondo y realmente estás en una situación desesperada, entonces piensa en tomar un jodido Uber e ir a buscarme.
¿Vale? —preguntó. No sabía si estaba empleando o no las palabras correctas en estas circunstancias, pero no era un maldito psicólogo, sino tan solo hombre que había tomado una decisión errónea siendo joven y el precio seguía generando intereses.
—Vale, Gabe… —susurró ella con un asentimiento.
Una vez que Gabriel estuvo en la cama, luego de que la presión de agua caliente del jacuzzi hubiera ayudado a sus músculos tensos, revisó el iPad tal como hacía todas las noches antes de dormir.
De ese modo, él confirmaba que hubiera sido resuelta la agenda del día y también monitoreaba algún dato de interés.
Le gustaba estar informado. Por otra parte, en lo que menos quería pensar era en Claudia y el susto que se llevó cuando el doctor le explicó la razón de que lo hubieran contactado.
Pero si Gabriel creía que al fin iba a dormir sin contratiempos adicionales se equivocaba.
El email que acababa de recibir era la prueba de ello.
Su mentor no le había enviado los documentos de la inversión, no, pues ese era un asunto de negocios y como tal Heath lo manejaría con la asistente personal al día siguiente.
Lo que Gabriel acababa de recibir era un archivo adjunto, desde el correo personal de su mentor, con el currículo de la ahijada.
No alcanzó a leer, porque se quedó mirando la fotografía de ella como si se tratara de un mal chiste.
Soltó una maldición. «¿Cómo se conectaba alguien honesto como Heath con una ladronzuela?
Gabriel jamás había escuchado que su amigo la mencionara, lo cual era curioso considerando que era una persona que se mostraba muy orgullosa de su familia».
Pero indistintamente de la respuesta que eligiera, él le había prometido a Heath que el proceso de selección que llevaría a cabo recursos humanos, con la mujer, sería justo.
El CEO mantendría su palabra, sin duda, pero si ella pasaba las pruebas en Aussie Equinox lo que menos aprendería sería sobre tecnología.
Ahora, finalmente, él tenía un nombre que ponerle al rostro de ángel que escondía malas mañas.
«Aubrey Laura Blackeney», repitió el nombre mentalmente.
No debería causarle satisfacción reencontrarse con ella a través de esta simple página pdf, pero por alguna retorcida razón eso era lo que experimentaba.
Al leer que tenía veintitrés años, Gabriel decidió que le daría un ejemplo sobre lo que era el trabajo honesto y con esfuerzo.
No tendría miramientos. «Una lección que ella recordaría bien», pensó, apagando rápido el iPad.
Gabriel notó que la mujer no había enviado a Heath lo que él consideraba un currículo decente, sino que tan solo enumeró sus habilidades informáticas y el nombre de la secundaria en la que se graduó, la misma en la que el joven magnate lo hizo diecisiete años atrás.
Al parecer tampoco contempló como oportuno el mencionar en qué universidad había estudiado.
Las referencias personales eran Heath y el gerente de un hotel en el que ella trabajaba desde hacía unos años.
¿Por qué la ahijada de un multimillonario era recepcionista, en lugar de ocupar un cargo alineado a sus intereses profesionales?
«¿Acaso, aún a esa edad, estaba en una etapa de rebeldía que incluía ser camarera?
Las piezas sobre ella no encajaban. Vaya día», pensó meneando la cabeza.
Él supuso que probablemente Aubrey fuese mimada y creyese que trabajar era un pasatiempo similar a hacerse la manicura.
Cuando se aburriera, entonces utilizaría su herencia para despilfarrarla o se casaría con algún pobre diablo que le consintiera los caprichos.
¿Por qué la idea de que la mujer pudiera casarse con alguien lo cabreaba?
La respuesta era sencilla: luego de veinticuatro horas, con demasiados frentes por resolver, su cerebro tenía muchas formas de defenderse del estrés extremo y pensar idioteces, al parecer era una de ellas.
Gabriel apagó la luz y acomodó la almohada.
Dar lecciones de vida era lo que menos le correspondía, pero eso no se aplicaba al territorio que Gabriel dominaba al revés y al derecho: Aussie Equinox.
Por eso le parecía genial tener una satisfacción, después de un día tan arduo, al pensar en las formas en que haría que la ahijada de Heath —este de seguro apreciaría que ella recuperase la honestidad como un estandarte— aprendiera el verdadero valor del esfuerzo.
Sin embargo, Morfeo no estaba de acuerdo aparentemente con lo anterior y parecía más bien inclinado a gastarle una broma.
Gabriel suponía que ciertas deidades eran caprichosas e impedían a los humanos regocijarse en el ego.
Lo comprobó cuando la última imagen, antes de dormirse, fue la sonrisa de cierta ladrona.