CAPÍTULO 1 #3
Claudia hizo una mueca. No tenía cómo evadir el interrogatorio.
—Quizá esa vez que conversamos no fui del todo sincera… Solo quería que habláramos de otras cosas, pero no llevaba un año sobria, sino unos pocos meses…
Él apretó los labios. Se quitó la corbata y la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—Cuéntame lo que ocurrió para que acabaras en un puto hospital —exigió.
—No lo sé… Me sentía demasiado triste, sola… No lo sé, Gabe —susurró llamándolo por el apodo cariñoso que usaban los que pertenecían a su círculo íntimo de amigos. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—. Lo siento mucho…
—¿El terapeuta? —preguntó él y optó por sentarse en el borde de la cama.
—Creía que ya estaba bien, que podía sola, así que dejé de verlo un tiempo…
—Gabriel le limpió las lágrimas con una servilleta.
Fue un gesto impersonal—. Pasaron las semanas y fui a una fiesta con varios compañeros de reparto.
Me dieron algo en la bebida… Todo se volvió más vibrante de repente; más alegre; más intenso.
Él maldijo por lo bajo. «Sí que existe gente muy hija de puta».
—¿Te hicieron algo, Claudia? —preguntó en tono tenso.
—No. Fue una fiesta de pocas personas y todas nos respetamos…
—Drogar a otros sin su consentimiento me suena más a un crimen que una demostración de respeto o ética —dijo Gabriel con ironía.
Él era consciente de que la alternativa del arte que había elegido Claudia, en este caso ser actriz, distaba mucho de aquella opción que ella en verdad nació para hacer: músico.
Pero Gabriel había sido el responsable de que, en lugar de tocar el violín en grandes conciertos, ella estuviera interpretando vidas ajenas para escapar de la propia, bajo el amparo de un guion—.
¿Es esa la clase de gente con la que te rodeas? ¡Demonios, Claudia! —espetó.
Ella hizo una mueca. No tenía ánimos de discutir al respecto.
Algunas de las peleas entre los dos habían sido por el tipo de amistades, clase alta o no, que Claudia frecuentaba.
La mayoría eran sanguijuelas a las que Gabriel no les permitía sacar provecho de su apellido, menos de la fortuna de los Waltson.
Porque su exprometida provenía de una familia que era la propietaria de una de las marcas de helados emblemáticas de Australia.
Se trataba de un legado de cuatro generaciones.
—Supongo… —susurró la rubia.
La expresión de Gabriel se volvió severa.
—¿Qué más ocurrió esa noche? —preguntó meneando la cabeza.
—Me sentí impotente cuando la adrenalina, que mi antiguo yo conocía, regresó de repente; volvió a ese lugar complejo en el que todo parece más vibrante, en especial en los días difíciles.
Desde esa noche… —dijo sollozando—, empecé a consumir de nuevo.
Creí que podría controlarlo, en dosis pequeñas.
Hasta que no fue así… Llegué a un punto en el que me sentía acorralada y desesperada.
Fue en uno de esos días que agarré el móvil y te llamé, pero no te localicé…
Sentía el mundo cerrándose a mi alrededor, todo parecía tan caótico, y necesitaba hablar con alguien —tragó saliva al pensar en esas semanas—, y ese día aumenté la dosis y al fin me calmé…
Gabriel se frotó el puente de la nariz.
—¿Cómo llegaste al punto de intentar quitarte la vida, Claudia…?
Ella soltó una leve exhalación.
—Esta mañana encontré en una de mis cajas de la mudanza, ni siquiera recordaba que la tenía, unas fotos de Calder.
Lo extraño y siento el vacío de su partida como si hubiera sido ayer, en lugar de hace once años —se rio de sí misma—, ¿no es estúpido?
—Gabriel negó—. Y hace unas horas pensé en todo lo que perdí y entré en un estado de tristeza profundo —elevó el brazo que no tenía la vía, temblorosamente—, porque estas manos son inútiles para tocar el violín…
Solo me queda actuar, algo que disfruto, pero que no amo, Gabe…
Sé que es difícil de comprender para alguien que utiliza la lógica para mirar el mundo, en lugar del arte.
Gabriel experimentó una sensación de tristeza por ella, porque ahora era la sombra de la chica alegre, desenfadada y también determinada que él conoció tanto tiempo atrás.
Sabía que Claudia hacía esfuerzos por vencer a los fantasmas del pasado que la atormentaban, pero no eran suficientes.
La evidencia era lo ocurrido esta noche.
—Claudia —murmuró—, tu voz es una contribución al mundo artístico y merece ser escuchada. No tienes derecho a apagarla … ¿Cuánto llevas en esta crisis?
Ella tomó una respiración entre sollozos.
—Ocho meses… Entre idas y vueltas. Estoy cansada, Gabe.
Él apretó la mandíbula. Su compromiso con Claudia no se había terminado por terceras personas, sino porque descubrió la adicción de ella a los opioides y también porque sus agendas profesionales empezaron a ir en vías diferentes.
Pero el hilo del pasado que los unía, en etapas alegres y más aún en la tragedia, seguía firme.
—Sabes muy bien lo que necesitas, ¿verdad? —preguntó con suavidad.
Claudia apartó la mirada e hizo un asentimiento imperceptible.
—No puedo hacerlo sola, Gabe… Me hiciste dos promesas…
—Las recuerdo bien y una de ellas es la razón de que esté aquí, ¿o no?
—preguntó retóricamente. El día en que ambos estuvieron haciendo largas horas de espera en este mismo hospital, en un ala diferente, él prometió que siempre la ayudaría.
Por eso, inclusive después de haber terminado su compromiso, seguía cumpliéndola—.
Aunque te ayude, el trabajo final es tuyo, es tu mente y cuerpo.
Ella lo miró con ojos llovidos de nuevo.
—La segunda promesa que me hiciste…
—No, Claudia —interrumpió con seriedad, porque no quería hablar de ese tema, no ahora—, iremos un paso a la vez.
Si no tienes la fuerza de voluntad para entrar sola en una clínica de rehabilitación, cuando te den el alta médica, yo te llevaré.
Pero primero tienes que someterte a la asistencia psiquiátrica que te ofrecerán en el hospital y conocer tu diagnóstico.
Te intentaste suicidar cortándote las muñecas y, además, tomaste una ridícula cantidad de pastillas para dormir. No fue cualquier cosa.
—¿Estás decepcionado de mí? —preguntó la mujer en un tono vulnerable.
Quería que Gabriel volviera a su lado, pero sabía que sería una batalla cuesta arriba.
Para lograr ganarla, lo más importante era estar sobria y que, como consecuencia, él se sintiera orgulloso de ella.
La posibilidad de recuperar lo que tuvieron era una motivación para intentar no darse por vencida consigo misma; con esta vida.
Por otra parte, si Gabriel no quería hablar de la segunda promesa que le hizo cuando rompió el compromiso, ella no intentaría sacarla a colación de nuevo.
—Mi opinión de ti no tiene ninguna importancia —replicó él, apartándose y presionando el botón para llamar a la enfermera—. Antes de entrar, logré hablar con tu hermana. Shayna me aseguró que regresarán en el primer vuelo desde Oregon.
Claudia hizo un asentimiento. No quería contrariar más a Gabriel. Además también tenía que pensar en que había arruinado las vacaciones de su familia y que, en lugar de regresar a un entorno agradable, se encontrarían con su crisis existencial.
—Gracias, Gabe —murmuró—. Cuando me den el alta también tendré que llamar al director de la obra para negociar mi ausencia y el tema de los ensayos —soltó una exhalación suave y se limpió los rastros de lágrimas—.
Supongo que Calder debe estar cabreado de verme fracasar en mi intento de salir del mar de la depresión.
Gabriel, ante la mención de su amigo, dejó caer los hombros.
—Pensaría que tienes treinta y dos años y que, aún así, no dejas de ser un dolor en el culo para él, porque de seguro estará meneando la cabeza de frustración al saber que quieres unirte a su destino cuando no te corresponde —expresó con humor ácido.
Ella sonrió de medio lado. Su primera casi sonrisa completa en todo el día.
—Gabe, quédate un poco más… Por favor… —pidió exteniendo la mano.
En ese instante entró la enfermera. Una profesional robusta y de aspecto severo.
Se acercó para controlar los signos vitales, después le tomó la presión a la paciente.
Le habían hecho todos los exámenes necesarios cuando ingresó, un par de horas atrás, además de un lavado gástrico.
La condición de Claudia era estable por ahora y la mantenían en la unidad de cuidados intermedios.
En esta área no se permitía el ingreso de visitas, pero un St. James no era un ciudadano común en Australia.