CAPÍTULO 1 #2
—Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo de negociación rápido en términos legales —dijo Gabriel, amable.
En ese instante el teléfono vibró en su bolsillo, pero no creía que se tratara de nada importante.
Su mente estaba colapsada, después de haber logrado desvincularse de una inversión en el sector ganadero.
Los otros socios incumplieron las cláusulas pactadas.
Esto los cabreó a él y a Knox. Las reuniones sobre ese asunto, que finalizaron horas atrás, fueron agotadoras.
Además, su asistente acababa de empezar la baja por maternidad y al reemplazo le estaba costando adaptarse al sistema digital interno.
Por eso, Gabriel tuvo contratiempos que le quitaron un tiempo valioso—.
¿Cuál es el segundo tema del que querías hablar?
Alrededor los asistentes brindaban, reían y compartían anécdotas.
El ambiente era una mezcla de sofisticación, así como un derroche de lujo. Cada plato costaba alrededor de doscientos dólares. Los Redmond pagaban todo.
—Hace poco me contactó mi ahijada, una chica que siempre ha sido muy lista —dijo Heath sin dar más detalles, pues no le pareció importante—.
Bree fue nombrada Dux en la secundaria, la mejor de su promoción.
Está buscando un empleo con buenas prestaciones y me comentó que la tecnología se le da muy bien.
Considerando tus conexiones en ese ámbito, ¿podrías considerar darle trabajo?
Gabriel giró el líquido ambarino que le quedaba en el vaso de cristal.
—Sabes que yo no contrato a nadie por simple recomendación —dijo el hombre de cabellos rubio oscuro—. Pero si viene de tu parte sé que no me defraudará.
—Aprecio el voto de confianza. Bree posee una mente ágil —replicó Heath, porque era la verdad. Él no decía halagos en vano, ni siquiera con sus propios hijos.
—Dile a tu ahijada que vaya a mis oficinas y que solicite hablar directamente con el gerente de recursos humanos —replicó el CEO—.
Tendrá que pasar una prueba de conocimientos en el área informática, Heath.
Si lo consigue, le darán una plaza en el área de IT.
Puedo ofrecerle la oportunidad, no garantizar su contratación.
—Por supuesto, no esperaría que le dieses un trato preferencial, sino tan solo una oportunidad. Lo acabas de hacer al acceder a que haga las pruebas —contestó.
Gabriel hizo un asentimiento y se levantó para ir al baño.
En la barra del restaurante una rubia, que había estado mirándolo con insistencia a lo largo de esas dos horas, le hizo un guiño.
No estaba sola, sino con una amiga. Gabriel era aventurero en el sexo, aunque nunca hacía promesas que no estuviera dispuesto a cumplir.
No le gustaba crear falsas esperanzas y prefería ahorrarse enredos absurdos.
Si estas dos amigas estaban interesadas en un trío, él aprovecharía la ocasión y disfrutaría de unas cuantas horas para satisfacer su libido.
No solo eso, sino que le serviría para desahogar las contrariedades que tuvo en ese largo día en la oficina.
Si bien el gimnasio o el surf eran las actividades que solía elegir para combatir el estrés, en este momento no estaban disponibles.
Al final, el sexo era la vía más atractiva.
Se aproximó a la barra y ambas mujeres le sonrieron.
En el instante en el que Gabriel iba a preguntarles si les interesaría compartir algo más que una bebida esa noche, el teléfono le vibró en el bolsillo.
Agarró el aparato y deslizó el dedo sobre la pantalla.
Un mensaje de voz. Dos de texto. Gabriel escuchó y leyó rápidamente.
Había pasado mucho tiempo desde la última ocasión en la que recibió esta clase de mensajes.
Él no podía ignorarlos, en especial porque no se trataba de una persona cualquiera.
Guardó el móvil y su mente borró a las dos mujeres que habrían podido ser su entretenimiento nocturno.
Antes de marcharse, él se acercó a Heath para despedirse y asegurarle que los temas que discutieron se resolverían con rapidez.
Después, el atractivo millonario puso rumbo al hospital.
Existían compromisos con el pasado que eran ineludibles de atender en el presente, en especial cuando las acciones imprudentes dejaban secuelas perennes.
La habitación del St Vincent’s Private Hospital estaba silenciosa, pero esa quietud la rompían los sonidos de la máquina que registraba los signos vitales de la mujer de cabellos rubios.
Gabriel permaneció en el umbral de la puerta, contemplándola, y sintiéndose apesadumbrado al verla enchufada a una intravenosa y con ambas muñecas de la mano vendadas.
Habían pasado al menos cuatro años desde la última ocasión en la que ella tuvo una recaída por sobredosis.
Pero esta era la primera vez que intentaba suicidarse.
Los padres y la hermana menor de Claudia estaban fuera del país, así que el siguiente en la lista de contactos de emergencia era Gabriel.
Por esa razón, la enfermera lo contactó y, al llegar, el doctor le dio detalles sobre la situación.
Dio un paso hacia adelante y el sonido de la suela de su zapato tuvo un eco quedo, pero fue suficiente para que los ojos celestes, que conocía desde hacía más de quince años, se abrieran poco a poco.
Gabriel agarró la silla de visitantes y la acercó para acomodarse.
Se inclinó hacia adelante apoyando los codos sobre las rodillas.
Él había sido el responsable de que la vida de Claudia, y también la suya, cambiara radicalmente.
La tragedia solía tener dos caras cuando resquebrajaba los caminos que visitaba.
En un lado, unía a quienes compartían el mismo dolor en formas retorcidas o expulsaba emociones que, durante mucho tiempo, permanecieron adormecidas.
El otro lado era el más complejo, porque dejaba cicatrices, visibles y otras invisibles, que no siempre sanaban, transformando a las personas en extraños incluso para sí mismos.
La mezcla de esos lados fue la situación que había marcado la vida de Claudia y Gabriel.
Pero el espiral de la depresión y luego las adicciones solo le ocurrieron a ella.
Él sabía que fue quien detonó el desastre que los marcó irreversiblemente.
Por eso, en lugar de haberse ido con las dos mujeres del bar o intentar llegar a la última mano de Póker con sus amigos o inclusive llamar a la mejor amiga de Claudia para que se hiciera cargo de la situación, él se movilizó personalmente.
Si Gabriel estaba en el interior de un hospital, lo primero que solía sentir era una opresión en el pecho, como si fuese a quedarse sin respiración.
Esa molesta sensación pasaba con rapidez, pero no dejaba de lograr que él odiara estar en esta clase de lugares.
Además, el ruido de las ambulancias, el tono urgente de la gente pidiendo información, llantos, la iluminación blanca excesiva de los pasillos, el aroma del ambientador que provocaba más arcadas que agrado, las llamadas por altavoces, todo, en conjunto, lo enviaba a ese sitio oscuro del que logró salir casi indemne. El anterior no fue el caso de Claudia.
—Si algo iba mal debiste llamarme —dijo Gabriel contemplando las vendas. Extendió la mano y apretó los dedos delicados, pero marcados con viejas cicatrices que las cirugías plásticas no lograron borrar del todo—. ¿Por qué hiciste esto…?
Ella giró levemente la cabeza y esbozó una sonrisa tenue.
Llevaban cuatro años separados, pero se conocían desde que Claudia tenía doce.
Siempre estuvo enamorada de él y por eso, después de todo lo que vivieron juntos, la ruptura de su compromiso fue un duro golpe.
Daba igual que Gabriel lo hubiese hecho con argumentos válidos.
—Sé que estás ocupado… Más que antes —tragó saliva—. Te he visto en varios eventos de alto perfil, ¿por qué habrían de interesarte mis conflictos?
Él meneó la cabeza y le soltó las manos con suavidad.
—Porque sé que tu hermano habría esperado que recurrieras a mí, pues sabría que hallaría la forma de ayudarte —dijo con un toque amargo en la voz.
Ella hizo una mueca. Le dolía la cabeza y solo quería dormir. Descansar.
—Calder ya no está, así que da igual. Tampoco es que lo tuvieras tan presente, en especial cuando te llamé la última ocasión, el día del aniversario de su muerte, pero tu asistente me comentó que tenía órdenes de no pasarte ninguna llamada…
Gabriel se apoyó contra el respaldo de la silla.
Sintió una punzada de culpa. No olvidaba el aniversario de la muerte del que fue uno de sus mejores amigos, porque los recuerdos sobre la manera en que falleció continuaban martilleando su mente.
Tan solo que ese día era difícil de sobrellevar, aunque sabía que lo era más para su ex.
—Herzog es el reemplazo temporal de Corrine y lleva poco tiempo en el puesto, así que es probable que cuando llamaste él recién hubiera asumido el cargo —comentó Gabriel—.
¿Por qué quisiste quitarte la vida, Claudia?
¿Por qué cuando estás a punto de presentarte como la protagonista de Un tranvía llamado deseo en el teatro?
Ella enarcó una ceja ante el comentario.
—Entonces sabes de mí, pero optas no contactarme —suspiró—. Te echo de menos, Gabriel, eres el único con el que puedo hablar de mi hermano y que estuvo…
—Sé de la obra por la publicidad que está circulando —interrumpió él, porque no quiso que ella terminara la frase que iba a usar como argumento.
No quería que detonara recuerdos que solo lograrían amargarlo y contrariarlo—.
De hecho, pensaba ir a verte en el teatro.
Si no te contacto, puedes llamarme. —Ella apretó los labios—.
Me aseguraste, la última vez que hablamos, que llevabas doce meses sobria —dijo Gabriel soltando una exhalación—.
Sé que tienes la fortaleza de salir adelante y mejorar.
No me explico esta situación. ¿Qué pasó? —preguntó serio, observándola.