CAPÍTULO 1
Meses después.
La finalidad de la firma de capital privado de Gabriel, Aussie Equinox, era invertir en negocios o proyectos prometedores, adquiriendo una parte o el control total como accionista, para luego optimizar su valor y venderlos, logrando cuantiosas ganancias.
Él era meticuloso al elegir aquellas empresas que prefería mantener en su portafolio personal, quedándose como inversor, cuando sabía que podría triplicar sus beneficios a largo plazo.
Sus decisiones eran estratégicas y a la par un juego intelectual.
A sus treinta y cinco años, él había sobrepasado con creces las expectativas de su familia.
De hecho, era el primero en cinco generaciones que rompía con la tradición del negocio de los St. James.
Estos eran conocidos por sus minas de oro en Kalgoorlie (Australia Occidental) y las de aluminio en Weipa (Queensland).
Pero la minería, y todo lo vinculado a esta, siempre le pareció un rubro predecible e inclusive aburrido.
Él disfrutaba la adrenalina que surgía del riesgo; el reto de la apuesta de la teoría a la práctica; el tablero del mercado y su versatilidad.
La emoción de ganar, así como convertir en posible lo que parecía improbable, lo estimulaban a continuar expandiendo el alcance de mercados en los que podía invertir.
A su familia no le sentó bien que optara por desvincularse del rubro del negocio usual de los St. James, pero lo apoyaron.
Gabriel fundó Aussie Equinox junto a uno de sus mejores amigos de la universidad.
Desde entonces ya habían transcurrido diez años.
Con un portafolio variopinto de inversiones, su empresa ahora estaba valorada en un billón de dólares.
En el trayecto de esa década Gabriel conoció a Heath Redmond, un reconocido desarrollador de proyectos inmobiliarios de amplia experiencia, que no solo se convirtió en su primer asociado comercial, posteriormente en un mentor, sino en un gran amigo.
Aunque llevar su conocido apellido venía ligado a muchos privilegios en los ámbitos social, político y empresarial, Gabriel apreció el voto de respaldo y consejos que recibió de un hombre ajeno al mundo minero como Heath.
Por ese vínculo, él había recibido la invitación a cenar y festejar el cumpleaños de la mujer de su mentor, Amanda, que cumplía setenta años.
Gabriel habría preferido asistir a la partida de Póker de los jueves que solía tener con sus amigos, pero los Redmond siempre le habían demostrado aprecio y él procuraba ser recíproco en la medida que lo consideraba correcto.
Como en esta ocasión. Así que ahora estaba entre los asistentes que disfrutaban de una magnífica cena con vistas a la bahía de Sídney.
—Gabriel, vi las noticias de tu alianza con los de Sillicon Valley hace unos meses. Qué buena jugada que Knox y tú se adhirieran —dijo Heath, amable, cuando empezaban a servir el postre y los invitados conversaban entre sí en la amplia mesa.
La memoria de Gabriel le recordó la súbita imagen de la hermosa ladrona que había conocido aquella noche de la celebración.
La bribonzuela logró largarse en medio del cierre del brindis.
Al darse cuenta de lo ocurrido, él se cabreó.
Cuando Gabriel le preguntó al dueño de ArticFood por la identidad de la mujer, mostrándole el video del robo, este le informó que ella no constaba en la nómina de empleados y que fue una contratación de emergencia.
Él habría podido pagar a un investigador privado, pero hubiera sido un desperdicio de recursos en una persona sin importancia.
Por el simple hecho de haberla recordado en este instante, cuando la música de fondo, el ambiente agradable y la exquisita comida lo rodeaban, se enfadó. No obstante optó por ignorar el recuerdo y concentrarse en su conversación con Heath.
—Habría sido absurdo dejar pasar la oportunidad —replicó Gabriel—. Knox y yo —dijo refiriéndose a su socio y mejor amigo—, consideramos que este boom de la inteligencia artificial apenas empieza. No es el futuro como dicen, sino el presente.
—La gente de mi generación prefiere lo tradicional —dijo riéndose—. Esos mundos raros me resultan ya demasiado complicados para intentar asimilarlos ahora.
—Creo que todo depende de la óptica—comentó Gabriel, pensativo—.
Knox y yo estamos en conversaciones para desarrollar un software de simulación en IA justamente para empresas de arquitectura, construcción general y, como la tuya, desarrolladoras de proyectos inmobiliarios. Aún estamos en los procesos iniciales.
—Te preguntaría sobre los detalles, pero sé que no me los dirás al estar en las primeras etapas de desarrollo —dijo Heath—. Si crees que puede ser útil para mi compañía, cuando tengas todo listo y aún si no he nombrado un sucesor, búscame.
—El asunto de la jubilación está nuevamente en la palestra, ¿eh? —preguntó Gabriel con humor, porque Heath llevaba un par de años diciendo que iba a retirarse. Pero siempre, con alguna excusa, postergaba esa decisión para ejecutar otro proyecto.
El hombre de ojos verdes y barba blanca hizo un asentimiento.
Décadas atrás, Heath había sido diagnosticado con leucemia.
La detectaron a tiempo, así que gracias a su fortuna y acceso a los mejores médicos logró recibir un trasplante de médula ósea.
Llevaba ocho años en remisión completa, pero mantenía la cabeza rapada como un recordatorio personal de lo frágil y volátil que era la vida.
—En esta ocasión es una decisión que está tomada —dijo Heath, aunque no estaba contento al tener que dejar su larga carrera—.
Le prometí a mi familia que le daría más tiempo, en especial por mis nietos, y que delegaría pronto un sucesor.
Mis hijos prefieren contratar un consejero delegado, porque dicen que no quieren ser esclavos de la corporación cuando existen otros rubros por explorar —suspiró—.
Así que actualmente estamos realizando reuniones para elegir un candidato idóneo.
—Vaya, ese sí es un giro importante —comentó Gabriel elevando ambas cejas.
—Lo es —replicó meditabundo—. Por cierto, sé que este no es el momento ideal, pero en unos días haré un tour por Europa con Amanda.
Durante ese tiempo es probable que tu agenda y la mía no coincidan pronto, así que prefiero aprovechar que estás aquí ahora para hablar de dos temas importantes, en lugar de llamarte a mi regreso —dijo Heath, mientras el camarero le servía un Pavlova con kiwi y fresas—.
Además, el manejo de las formalidades excesivas tampoco me gustan mucho, lo sabes.
Gabriel se rio e hizo un asentimiento. Se sintió intrigado.
—Sin duda, ¿qué ocurre? —preguntó bebiendo un trago de whiskey.
—El primer aspecto es profesional. Quiero proponerte que inviertas en un plan de construcción que ya estoy desarrollando en Towradgi Beach, a una hora y media en coche desde Sídney.
—Gabriel frunció el ceño, mas no interrumpió, mientras Heath empezaba a explicarle de forma precisa el proyecto y cuánto sería el monto a invertir—.
Lograr los permisos de construcción del hotel boutique, al ser un área virgen y con reserva natural cercana, me tomó tres años.
Hace pocos meses me dieron la aprobación final.
Este no solo es mi último trabajo antes de jubilarme, sino también un sueño que he postergado más de lo que me habría gustado —continuó Heath—.
El capital inicial es mío. Los trabajos de base están en marcha.
Sin embargo, me gustaría proponerte que te unieras como accionista. Seríamos solo dos socios.
—Aprecio que hayas pensado en mí —replicó Gabriel, mientras su mente registraba la información que acababa de darle su mentor sobre el hotel—.
Asumo que, al tratarse de un asunto con matices más personales para ti, no querrás que el porcentaje de acciones que estás ofreciéndome se venda a terceros.
Preferirás mantener la sociedad entre quienes elijas.
En este caso, yo. ¿Es correcto? —preguntó.
El hombre hizo un asentimiento con una expresión de admiración.
El joven siempre le pareció alguien brillante y que trabajaba, inclusive llevándose al límite en ocasiones, para dejar claro que, si bien era un St. James, sus logros profesionales eran alcanzados por esfuerzo personal, no por las conexiones de su multimillonaria familia.
—Sí, correcto, Gabriel —dijo Heath—. Quiero que seas inversor, porque eres un empresario despiadado, pero con ética laboral. Además, te conozco desde tus inicios y hemos trabajado en otros proyectos. Sé muy bien qué clase de socio eres.
—Me gusta la visión que me has contado y el área de construcción. Aprecio que pensaras en mí como socio —dijo—. Envíame los documentos necesarios a la oficina. Así podré estudiarlos en profundidad y luego los revisaré con mi equipo legal.
El anciano hizo un asentimiento, satisfecho, y esbozó una sonrisa.
—No vas a arrepentirte si aceptas invertir, Gabriel —expresó el desarrollador inmobiliario dándole una amistosa palmada en el hombro al joven—.
Llevo años analizando los mejores sitios y sus expectativas de crecimiento para este hotel.
Así que estoy convencido de que Towradgi Beach es el área idónea —concluyó con orgullo.
Gabriel no hacía apuestas financieras sin tomarse al menos dos semanas para analizarlas, como mínimo, porque necesitaba tener plena certeza con sus fondos.
Con Heath podía relajarse un poco y haría una excepción, así que procesaría el material del hotel en menos tiempo.
Eso implicaba que su equipo legal trabajaría contra reloj.
Para Gabriel existía una línea fina en la que solían romperse las amistades y esta la trazaba el dinero.
Por eso prefería siempre mantener las reglas muy claras y también procurar ser cauto.
Le haría caso a su instinto que le decía que esta apuesta era una ganadora.