PRÓLOGO #6
Gabriel apretó los dientes. Por lo general no era tan hijo de perra, menos si consideraba la expresión atormentada de la mujer, que parecía estar a punto de llorar.
Pero detestaba a las arribistas y aprovechadas.
Él no era mejor persona tampoco, pues no dejó de notar los generosos montículos que sobresalían del sujetador color gris.
No tenía ningún derecho a hacerlo. Sus padres le habían enseñado mejores modales y también la compasión.
Una lástima que esta última no formase parte de su repertorio regular con ladronas.
Debió apartar la mirada, mas no lo hizo, mientras la mujer se tocaba los pechos de una forma que no era en absoluto sexual, buscando el galeón.
Aún así, el gesto inocente agitó en Gabriel toques de lascivia.
«Lo que le hacía falta para expulsar el maldito estrés y caos de su vida era follar.
Iba a remediarlo cuando llegara, en unas horas, a Auckland».
Sus ojos no se apartaron de la figura femenina.
—Aquí tienes el galeón —murmuró Aubrey con los ojos llovidos por la humillación—. No merezco que me hayas tratado de este modo… Me disculpé…
Él estuvo a punto de ser quien se disculpara, pero esa posibilidad se perdió cuando escuchó voces en el pasillo.
Sus invitados, así como su socio en la compañía, estaban a punto de entrar en la sala.
Los empresarios eran de Sillicon Valley y manejaban nuevas tecnologías que lograrían, gracias a este gran acuerdo, aumentar la fortuna St. James y a la par mantener la racha imbatible de sus inversiones exitosas.
Gabriel sintió la tibieza del galeón, en la mano, al recibirlo de la mujer de ojos profundos. Él ignoró la súbita necesidad de querer conocer los secretos que ocultaba el cuerpo de la bella ladrona. El rostro de ella aparentaba inocencia y abatimiento.
«No tenía tiempo para esos análisis con una sinvergüenza», pensó Gabriel.
—Haz tu trabajo y mantén las manos lejos de los bolsillos de mis invitados —interrumpió, en un tono insultante y severo, mientras devolvía la moneda a la urna.
Ella abrió y cerró la boca. Ofendida por el comentario.
—No soy una ladrona —susurró Aubrey, pero él ya no la escuchó, porque le había dado la espalda para acercarse a sus colegas de negocios con paso ágil y firme.
Durante el resto de la velada, que duró al menos una hora y media, Aubrey mantuvo la cabeza en alto.
No se le ocurrió hacer contacto visual con el anfitrión y procuró no hablar, a menos que fuese para ofrecer más comida o champán o vino alrededor.
Logró pasar desapercibida, pero se sentía nerviosa y podría jurar que la mirada que sentía a ratos, como si quemara su nuca, era la del Diablo de ojos azules.
Preocupada por la posibilidad de que, una vez terminado el extenso brindis, el dueño de la mansión cumpliera su amenaza de hacerla pagar por sus acciones, lo cual podría implicar a la policía, Aubrey decidió actuar antes de que fuera demasiado tarde.
Contraviniendo la indicación de Rachel, pidió al personal, a través del walkie-talkie, que retirara los utensilios antes de tiempo.
Tampoco esperó a que el último invitado se marchara.
Sabía perfectamente quién sería y no estaba dispuesta a enfrentarse a Gabriel —cuyo nombre de pila ella conocía ahora, después de escucharlo nombrar varias veces durante la velada — ni a recibir de él más amonestaciones verbales capaces de destruir la poca entereza que aún le quedaba.
La única solución era marcharse lo antes posible.
Gabriel ignoraba su nombre y ella no constaba en la nómina oficial de ArticFoods.
Solo era una trabajadora temporal, una recomendación para un encargo breve, alguien que recibiría su paga en efectivo y podría desaparecer sin dejar rastro, como si aquella noche jamás hubiera ocurrido. Eso fue exactamente lo que hizo: irse.
Tan pronto como los encargados de ArticFoods le informaron que estaban fuera de la sala, ella les abrió la puerta con discreción mientras, al mismo tiempo, comenzaba a alejarse.
Aubrey se mezcló entre los invitados de la planta baja, que habían aumentado desde que ella llegó horas atrás, y luego se acercó a Étienne para preguntarle quién hacía los pagos del día.
El estilista le dio las indicaciones y Aubrey cobró el dinero por el poco tiempo que había trabajado.
Era eso o nada. Luego salió de la mansión con prisas y caminó vertiginosamente, hasta la estación de buses.
Una vez que estuvo sentada en el vehículo, la suma de todo el día la sobrepasó.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y esta vez, durante el camino de regreso a casa, no las detuvo.
Aubrey no consideró que, aunque se podía esquivar situaciones ocasionalmente, no podía hacer lo mismo con el destino.
Ese concepto, tan abstracto y tan real a la vez, era aquel con el que ella y Gabriel se habían encontrado esa noche.
Nada era fortuito. ¿Y qué decían los sabios antiguos?
Que el destino siempre termina por encontrarte.