Entre espinas y seda escarlata PRÓLOGO #5
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PRÓLOGO #5

Aubrey maniobró con suavidad la pesada cobertura de vidrio y extrajo una moneda.

Después cerró la urna y guardó el objeto de oro que acababa de tomar sin mirarlo demasiado, en el interior del sujetador, entre sus pechos.

No solo sintió el peso de la conciencia, sino también el frío del metal en el instante en el que guardó el objeto que no le pertenecía.

Pero procuró ignorar la sensación, porque su cuestionable acción no estaba causando un mal.

«¿Qué tanto podría afectar la falta de una moneda a quienes tenían millones de dólares en el banco, propiedades y demás?

Vaucluse se caracterizaba por albergar residencias de fortunas de antiguas familias», pensó Aubrey.

Fue hasta el sofá y se sentó un instante.

El razonamiento o historia que intentaba contarse continuaba sin convencerla.

El pálpito desbocado de su corazón no era por los nervios, sino por la vergüenza propia debido al acto cometido.

Intentó serenarse, pero las lágrimas amenazaban con desbordar sus ojos.

Pasaron varios minutos y no llegaban los invitados del brindis.

Ella seguía agitada, preocupada y a eso le sumaba el estar decepcionada de sí misma por haber tomado esa maldita moneda.

Sentía el cuerpo agotado, los hombros tensos y los ojos ardiéndole ante las lágrimas que ya no pudo contener.

«Este era el punto más bajo en el que podía haber caído: robar.

No era una maldita ladrona», pensó, dejando de lado las estúpidas justificaciones y reflexiones anteriores sobre lo mucho o poco que afectarían sus acciones a los dueños de esta mansión.

Se obligó a levantarse de inmediato del sofá.

Sentía un nudo en la garganta. Fue hasta la urna de nuevo y la abrió con suavidad.

Sacó la moneda del bolsillo y la dejó en el sitio con rapidez.

Quería alejarse lo antes posible y fingir que lo que acababa de hacer, en realidad no había tenido lugar.

En el preciso instante en el que cerraba la urna, la puerta de la estancia se abrió con firmeza, sobresaltándola.

Aubrey, asustada, dio media vuelta para encontrarse con la expresión hostil de un hombre que poseía el porte de un guerrero.

Un guerrero muy furioso, sin duda, pues acababa de encontrar a un molesto infiltrado en su territorio.

El hombre tenía la clase de belleza masculina cinzelada por Miguel Ángel y salpicada con toques elegidos por Ares y una clase de energía conjurada por Eros.

La combinación era extremadamente peligrosa, en especial si esos ojos azules, insondables, fijaban la atención en una sola persona: ella. Aubrey tragó saliva, inquieta.

—Oh, yo estaba… —farfulló la mujer sin completar la frase.

Aubrey, atónita y asustada, no se sentía capaz de moverse. Tampoco necesitaba una introducción para comprender que este era el señor St. James que Rachel le había mencionado, el anfitrión de la fiesta. «Claramente no era de la tercera edad», pensó.

—Debes ser una ladrona con poca experiencia para no considerar que existen las alarmas silenciosas, en especial en una casa como esta —dijo el hombre con marcada hostilidad—.

Cuando levantaste la tapa de vidrio, tus movimientos activaron la seguridad.

La única razón por la que he venido personalmente, en lugar de que lo hiciera la policía, es porque tengo un evento en desarrollo y prefiero zanjar esta idiotez lo más pronto posible.

En pocos minutos entrarán seis invitados a esta sala.

Vas a ejercer tu trabajo de camarera y luego lidiarás con las consecuencias de tus acciones.

—Yo… —susurró como si una mano le apretara la garganta—. Lo lamento de verdad. Acabo de dejar la moneda en su sitio. No la tengo conmigo. Estoy pasando una situación que nubló mi juicio. Aunque no lo justifico. He devuelto lo que tomé…

Él avanzó hacia ella y extendió la mano con la palma hacia arriba. Enarcó una ceja con arrogante autoridad. La señal que estaba haciendo era una orden inequívoca.

—No existe ninguna razón por la que deba creer en la palabra de una ladronzuela. Devuélveme lo que me pertenece —exigió en tono acerado, mirándola.

Aubrey aspiró el exquisito aroma de la colonia masculina. La cercanía del hombre le provocó un cosquilleo inesperado en la piel. Ella elevó el rostro, porque el millonario era mucho más alto y no lograba mirarlo a los ojos. Tragó saliva, inquieta.

—Señor St. James… —empezó con suavidad.

Él elevó la mano para que se callara. Aubrey cerró la boca de inmediato.

—Estoy seguro que usaste alguna artimaña para que te asignaran a esta sala, en lugar de servir con el resto de camareros —acusó Gabriel con hostilidad—. Sabes quién soy y también que tengo afición por el arte antiguo. Te salió mal la jugada.

Ella hizo una negación ante la conclusión de él. El hombre era intimidante.

—No supe de su existencia, hasta hace pocos minutos cuando me dijeron que el anfitrión estaría en esta sala.

Asumí que es usted el señor St. James, porque acabo de cometer un error de juicio, pero mis neuronas pueden sacar deducciones correctas.

Sobre la moneda, insisto, la he devuelto —dijo, mientras señalaba la urna de cristal.

Pero se dio cuenta al instante, al observar con más atención, que existía un horroroso problema.

La moneda que estaba en la urna era de dos dólares australianos, la misma moneda que recogió del piso, antes de conocer a Étienne.

En las prisas de regresar el objeto a la urna, ella tomó la moneda que tenía en el bolsillo del uniforme, en lugar de la que estaba en su sujetador.

Miró al hombre con una expresión de absoluta consternación.

«Dios, no puede ser. No puede ser», pensó ella, desesperada.

—¿Problemas de memoria, ladrona? —preguntó Gabriel dando un último paso.

Ella meneó la cabeza; ese apelativo le escocía. Porque no era una ladrona, en verdad, no lo era. Sí que cometió un error horrible de juicio, pero recapacitó rápido.

—No soy lo que usted dice —susurró mirándolo con pesar—. Me llamo…

—Tu identidad se la dirás a las autoridades —zanjó el hombre con rabia—. Te guardaste el galeón español entre tu ropa, el video de la cámara de seguridad fue claro. Puedes usar los siguientes cinco minutos para entregármelo o esperar a la policía.

Aubrey tragó saliva. Tenía que liberar los cuatro botones de la parte superior del vestido. Eso implicaría que tenía que alejarse para conseguirlo. Necesitaba espacio.

—No puedo hacerlo frente a usted. Si me da un instante de privacidad…

—Perdiste el derecho cuando me robaste —interrumpió él sin moverse. Una moneda valorada en ochenta mil dólares era calderilla para sus bolsillos, pero el asunto iba más allá del dinero—. Así que haz lo que estoy ordenándote, mujer. ¡Ahora!

Gabriel había tenido un día de mierda. Los balances financieros eran un caos, porque hubo un error en el nuevo sistema informático.

Perdió varias horas de trabajo productivo, hasta que se logró solucionar el incidente.

Luego tuvo que atender varias reuniones fuera de la oficina y esta noche, una vez que acabara la fiesta, viajaría a Auckland, Nueva Zelanda, por negocios urgentes.

La jornada parecía interminable. Que hubiera una mujer que intentara robarle, en sus narices, lo terminó de cabrear.

Después de haber visto el video de seguridad, se sintió intrigado no solo por la deslumbrante belleza, sino también por el toque de vulnerabilidad que notó en la mujer.

Gabriel no tenía por costumbre hacerse cargo de asuntos que podía delegar a otros a quienes pagaba muy bien para despejar su agenda.

Por eso, el haber cedido a la curiosidad de acercarse a esta ladronzuela, para encararla, solo aumentó su enfado.

—No te he robado —dijo ahora tuteándolo, porque él también lo hacía—. Para devolverte el galeón tengo que darme la vuelta y estás en mi espacio personal.

Aubrey se sobresaltó, porque la actitud intimidante del hombre le recordó a lo que había vivido en Kings Cross. Las situaciones eran diferentes, pero el efecto similar. Se abrazó a sí misma para que su cuerpo no entrara en un proceso de pánico.

—Tú también estás en mi espacio personal, robándome nada menos, así que elige: un grupo de policías que haga el cacheo o empezar a buscar por ti misma.

Ella frunció los labios con rabia y apartó la mirada, al tiempo que desabotonaba la parte superior del vestido.

Los botones eran pequeños y transparentes.

Al llegar al último, justo debajo del broche delantero del sujetador, deslizó los dedos entre sus senos, consciente de que estaba siendo observada por un halcón.

Pero ella no era ninguna presa que le apeteciera consumir, sino destrozar bajo el peso de la ley.

Esto era algo que la aterraba, porque ya tenía suficientes problemas en su complicada existencia.

La moneda, ahora tibia por el contacto con su piel, se había deslizado bajo el pecho derecho.

Lo sacó y cometió el error de elevar el rostro hacia el hombre.

Por un instante, las miradas de ambos se enredaron en una conexión tan fuerte que el silencio alrededor pareció detonar una explosión. Aubrey notó que él la observaba con una mezcla de reproche, enfado y, ¿lujuria? No estaba segura; no podía definirlo.