PRÓLOGO #4
—Sí, eso no será un problema —replicó, porque lo había hecho un par de veces en el hotel, cuando alguno de sus compañeros que era camarero iba muy liado.
—Bien, qué alivio —dijo soltando una exhalación—.
Lo más importante, Aubrey, es que estas personas tengan su champán y bocaditos sin necesidad de perdírtelos.
Así que tienes que estar atenta si les falta algo.
No puedes distraerte, en especial porque el anfitrión, el señor St. James, estará entre ellos. ¿Comprendes?
—Por supuesto, no te preocupes —comentó, pero no tenía idea de quién era esa persona.
Aunque no creía que sería difícil de identificar, en especial cuando escucharía a otros refiriéndose a él en la reunión—.
Trabajo en un hotel y sé muy bien lo importante de que cada huésped sienta que sus necesidades se satisfacen.
Las personas de la tercera edad suelen tener requerimientos específicos, ¿tiene el señor St. James alguno que yo deba saber con antelación? —le preguntó con amabilidad.
—¿Tercera edad? —preguntó riéndose con incredulidad—. Aubrey, esta mansión le pertenece a un solo señor St. James y él no está en la tercera edad, puedo asegurártelo —meneó la cabeza—. Debes leer poco sobre sociedad —dijo Rachel.
«No es que me haya pasado los últimos años compartiendo con la clase alta de Sídney», pensó Aubrey conteniendo las ganas de decírselo. Se encogió de hombros.
—Prefiero la literatura —dijo Aubrey con suavidad—. Da igual la edad de las personas. Solo fue una simple conjetura equivocada. Haré bien mi trabajo, Rachel.
La otra mujer hizo un asentimiento.
—Respodiendo a tu consulta sobre si existen requerimientos específicos del señor St. James: toda la comida que está en esta sala ha sido aprobada previamente, así como la marca de la champaña y la temperatura.
Tu único trabajo es servir, sonreír y hacer de oídos sordos a las conversaciones que no te incumben. Así de simple.
—Entendido —replicó Aubrey con simpleza.
—Me alegro de que estemos en la misma página, porque ArticFood tiene una reputación que mantener.
El segundo trabajo: una vez que el brindis en esta sala concluya tienes que llamar —le entregó un walkie-talkie— para que enviemos a retirar todo lo utilizado.
Solo entonces podrás bajar, para atender al resto de invitados de la fiesta, uniéndote a trabajar con el resto de camareros —dijo Rachel—.
Tus honorarios te los darán, al no ser parte de la nómina regular, en un sobre cerrado antes de irte.
—Oh, muchas gracias —replicó Aubrey, aliviada. Quería hablar con su madre para hacerle saber que estaba bien, pero no tenía un móvil—. Perdona, ¿me puedes prestar tu teléfono para hacer una llamada breve, por favor? —preguntó con suavidad.
—No me puedo creer que te olvides de llevar contigo algo tan básico —dijo Rachel con impaciencia—. Date prisa, por favor, o te tendré que descontar el tiempo.
—Te prometo que no voy a tardar —murmuró ella agarrando el aparato.
Aubrey marcó el número que se sabía de memoria. La voz de Bonnie no sonaba bien. Se alejó unos pasos para buscar algo de privacidad. Rachel la ignoró.
—Mamá, estoy en la zona de Vaucluse en un trabajo, regresaré tarde. ¿Por qué hay tanto ruido a tu alrededor? —preguntó en un susurro y frunciendo el ceño.
—Oh, Bree, no estoy en casa…
—Son las ocho de la noche, ¿en dónde estás? ¿Qué es de Craig? —preguntó.
—Tu hermano me trajo a urgencias. Esta mañana comí algo en mal estado y me desmayé por ir al baño tantas veces… No quise llamarte al hotel, sé que estás liada y ya haces suficiente… Están poniéndome suero para hidratarme. Lo siento, Bree.
—Tu salud es lo más importante, mamá —dijo con un nudo en la garganta, porque sabía la razón de que ella le estuviera pidiendo disculpas: el costo a pagar por la atención médica, además de los exámenes adicionales que le harían al ser Bonnie una paciente con cáncer—.
Procura ponerte bien que yo iré a verte apenas salga.
—Bree —intervino Craig agarrando el móvil de Bonnie—, no hace falta que vengas. Me quedaré con mamá. Te intenté llamar al móvil, pero sale fuera de servicio.
—Me robaron cuando estaba a pocas calles de la parada de bus, antes de venir a este trabajo que me consiguió un amigo —murmuró en un tono resignado—. Menos mal tenía conmigo la tarjeta Opal. Me queda poco dinero en ella, el justo para regresar.
—Oh, no. ¿Estás bien, Bree? —preguntó Craig—. Dios, qué desastre.
—Sí —soltó una exhalación—, pero se llevaron el dinero que tenía para el medicamento que le toca tomar mensualmente a mamá. No se lo comentes, por favor. Aún creo que tiene pastillas para unos seis días. Mejor dime qué dicen los médicos.
—La doctora que nos ha atendido aquí probablemente le dará el alta a mamá mañana —informó en tono bajo, lejos de la cama en la que estaba Bonnie, porque no quería que escuchara o intuyera lo que estaba ocurriendo con su hermana—.
Van a hidratarla y a monitorearla para asegurarse de que se encuentra estable —expresó y luego le dio el nombre del hospital en el que se encontraban en ese momento.
Aubrey quiso echarse a llorar. «Su madre merecía una vida mejor», pensó mirando la mesa redonda de vidrio, las ocho bellas sillas alrededor y los bordes de madera que recubrían las ventanas de la estancia en la que se hallaba.
No podía ver el mar, ni escucharlo, pero sabía que estaba en el exterior.
A veces, le apetecía meterse en el agua del océano, cerrar los ojos y olvidarse un minuto de todo. Solo un minuto.
Bonnie, a pesar de estar enferma, mantenía la entereza.
La ayuda del gobierno, que se apreciaba, se sumaba al dinero que ella podía conseguir vendiendo los bordados decorativos que hacía para cojines, así como tapices con diseños únicos.
Lo anterior no ocurría siempre, porque se cansaba, pero estaba determinada a no dejarse vencer.
Esta forma de afrontar la vida había sido un referente importante para sus dos hijos.
—¿Tienes una idea de cuánto costará pagar este ingreso hospitalario, Craig?
—Quizá mil quinientos dólares —expresó él en tono bajo—. ¿Queda alguna joya que podamos vender? —preguntó haciendo un puño con la mano que tenía libre.
—No… —dijo Aubrey cabizbaja—. Lo vendimos todo en la última crisis.
—Lo siento, Bree —murmuró el joven mirando a un punto en la pared de la habitación del hospital—. Entonces, podría pedirle al doctor que le permita salir hoy, así solo nos cobrarían los medicamentos o exámenes, pero no la estancia…
—No, Craig, mamá debe quedarse. Necesitamos asegurarnos de que todo está médicamente bien —interrumpió mirando de reojo a Rachel que esperaba, cruzada de brazos, el móvil de regreso—. Iré al hospital apenas me desocupe de este trabajo.
—Será muy tarde en la noche y creo que ya has pasado bastante por un día. No eres Wonder Woman, Bree —dijo—. Mañana es festivo y no tengo clases, así que me quedaré a dormir con mamá. La enfermera acaba de entrar. Hablamos pronto…
—Espera, ¿aún conservas ese teléfono viejo con la pantalla medio partida?
—¡Sí, es cierto, nunca lo tiré a la basura! Quizá pueda funcionarte.
—Bien. Lo buscaré apenas vaya a casa y te llamaré para saber de mamá. Dile que estoy al pendiente de ella, ¿vale? —pidió apretándose el puente de la nariz.
—Vale, Bree —murmuró el chico y colgó.
Ella le devolvió el teléfono a Rachel y esta lo guardó en el bolsillo.
Resultaba obvio que había escuchado las respuestas de Aubrey y deducido que no había sido una conversación con buenas noticias, porque ahora la miró con menos indiferencia.
Después sin mediar palabra, la mujer murmuró un «buena suerte» y salió de la sala.
Una vez a solas, Aubrey contempló la estancia con detenimiento.
Este silencio en soledad le parecía una opresión invisible y nada bienvenida, más cuando estaba ahogándose de desesperación por las noticias sobre su madre.
Por otro lado, los resultados de las competencias de natación de su hermano, especialmente después de convertirse en campeón nacional con el equipo de la secundaria pública donde estudiaba, le daban a Aubrey la esperanza de que Craig obtendría la beca deportiva para la universidad.
Hasta entonces, ella continuaría pagando las actividades extracurriculares que estaban vinculadas a su preparación deportiva. Craig lo merecía.
Ella empezó a caminar de un lado a otro y notó en la esquina, una urna de vidrio.
Se acercó y vio doce monedas de oro con formas y tallados que lucían muy antiguos.
Todas eran diferentes entre sí. Una especialmente llamó su atención, no solo parecía de un consistente grosor, sino que también tenía cuatro escudos rústicos grabados en la superficie.
Se sintió intrigada. De pronto tuvo una idea de la que no se sintió orgullosa.
Estas eran monedas de colección y cada una debía estar valorada en miles de dólares.
Si se llevaba una de ellas, considerando que había doce y que podría reordenarlas para que no se notara un espacio vacío, lo más probable sería que nadie se diese cuenta.
Según la perspectiva de Aubrey en esos instantes, cuando se tenía tanto lujo era fácil olvidar los detalles de cada ítem que se había adquirido.
«Una moneda de más o una moneda de menos no haría una diferencia», pensó ella, en su estado de angustia por lo ocurrido en Kings Cross y las malas noticias sobre Bonnie.