Entre espinas y seda escarlata PRÓLOGO #3
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PRÓLOGO #3

Aubrey no se dignó en responder ese comentario y empezó a avanzar hacia la zona indicada.

Al entrar se topó con un hervidero de actividad: camareras, camareros, chefs, sous-chefs, asistentes de cocina, y otros oficios que ella no podía definir en ese momento, caminando, entrando y saliendo.

Del otro lado, asumía correctamente, estaba llevándose a cabo la celebración.

Los invitados jamás veían lo que ocurría «tras bambalinas», solo estaban interesados en el servicio que iban a recibir mas no en cómo se organizaba.

Aubrey trataba a todas las personas del mismo modo, sin importar qué tan costosa fuese la ropa que llevaban o las propiedades de las que alardeaban.

Quizá por eso el contraste al cambiar de un tipo de vida a otro no resultó tan catastrófico, pero mentiría al decir que no echaba de menos las facilidades de las que alguna vez disfrutó.

Se mezcló entre el grupo de personas del servicio, impecablemente vestidos y diligentes, hasta llegar a una zona en la que había un maquillador alto y distinguido.

Ella se aproximó con celeridad. No quería perder el tiempo. En el camino vio una moneda de dos dólares en el piso, todos pasaban de lado sin percatarse e ignorándola, así que la recogió al considerarla de buena suerte. Luego retomó el paso.

—Buenas noches, soy Aubrey. La mujer que está registrando a los empleados para esta fiesta me comentó que necesitaba arreglar mi cabello y mi maquillaje —le dijo al hombre rubio de expresión amable—. ¿Existe la posibilidad de que me ayudes?

El hombre tiró de la silla e hizo un gesto para que se acomodara en el improvisado espacio de belleza. Ella soltó una exhalación de alivio. Se sentó. El trato amable y de caballerosidad, después de la experiencia del asalto, resultó agradable.

—Mi nombre es Étienne, chérie, encantado de conocerte —replicó en un inequívoco acento francés—.

Los productos que emplearé son ecológicos.

No sé si tengas alguna preferencia en tonalidades, pero me ocuparé de elegir unos que sean favorecedores.

Debo decirte que yo armo mi propia celebración de colores y estilos.

—Esta es una excelente forma de trabajar —dijo ella con un asentimiento.

—Por cierto, no necesitas maquillaje, porque tienes una estructura ósea magnífica y una piel muy suave —dijo moviéndole el rostro para contemplar los ángulos bajo la luz de la lámpara profesional que había llevado—.

Voy a destacar un poco tus puntos fuertes sin que opaques a las invitadas —sonrió—, aunque eso tampoco estaría mal.

Conozco a alguna de las mujeres que están detrás de esta puerta bebiendo champán.

No tienes idea lo que muchas de ellas darían para tener tu belleza natural.

—Aubrey esbozó una sonrisa. No siempre recibía halagos sinceros; lo que sí solía recibir eran propuestas sexuales de algunos huéspedes descarados del hotel—.

La bruja que te recibió en la entrada es Mónica y puede ser insoportable.

Espero que hayas ignorado cualquier idiotez suya.

Llevo seis años en la empresa soportándola.

Aubrey se rio con suavidad. El hombre le cayó bien de inmediato.

—Nunca había trabajado de camarera —murmuró, mientras el estilista empezaba a aplicarle varios productos en el rostro con rapidez—. Estoy algo nerviosa.

El hombre soltó una carcajada suave.

—Tranquila, chérie —dijo Étienne—, lo harás muy bien.

—Gracias por el voto de confianza —expresó ella—. Tuve una jornada laboral complicada y entiendo cómo funciona el servicio al cliente. Así que intenté arreglarme lo mejor que pude, pero creo que no lo conseguí —dijo apenada al mirarse las ojeras.

El hombre esbozó una sonrisa amplia e hizo un gesto con la mano restándole importancia al comentario. Sus manos y brochas se movían con pragmática rapidez.

—Para eso está Étienne —le hizo un guiño—.

¿Sabes, chérie? En ocasiones colaboro maquillando para sesiones fotográficas de grandes cadenas de ropa.

La cantidad de trucos que tengo que utilizar para que muchas de esas modelos luzcan espectaculares no los necesitas tú.

Así que es un gran alivio no intentar hacer cirugías plásticas con mis productos de belleza  —expresó al aplicarle un labial en tono muy bajo—.

¡Perfecta! Ahora, te haré una media coleta y haré ondas a tu cabello. ¿Vale?

Aubrey se sintió a gusto, mimada inclusive, y la alegría burbujeante de Étienne fue como recibir un vaso de agua, después de haber corrido una maratón infinita.

—Sí. ¿Qué tiene de particular este evento para que exista esta excentricidad con el personal de trabajo subcontratado, como yo, por ejemplo? —preguntó, curiosa.

—Los representantes norteamericanos de Sillicon Valley han apostado por abrir una sucursal de varias empresas de tecnología en Sídney.

Toda la gente que ha venido a esta mansión están aquí para celebrarlo, junto con ellos, así que será de seguro el primero de varios encuentros sociales que harán en la ciudad.

El dueño de ArticFood es un chef muy conocido y quiere causar una buena impresión en los más mínimos detalles.

Esto incluye el personal propio o subcontratado —explicó él.

—Oh, qué interesante —dijo sorprendida por la noticia de Sillicon Valley—. Australia se está convirtiendo en el sitio en el que más tecnológicas buscan invertir.

—Sin duda, ¿por qué si no habría decidido yo dejar mi bella París por Sídney? Considerando que los hombres parisinos son más refinados, lo cierto es que ahora prefiero un poco más lo indomables que son los australianos —le hizo un guiño.

Aubrey se rio con suavidad.

—¡Étienne! —llamó una voz detrás de ambos—. Tenemos un problema.

—Qué novedad —murmuró el hombre en tono bajo solo para Aubrey, luego esbozó una sonrisa y miró a la persona que está detrás—: ¿Qué ocurre, Rachel?

—Jacob estaba encargado de atender a las personas que van a llegar pronto a la sala privada, pero se sentía mal y ha vomitado. Lo envié a casa —replicó, frustrada.

El estilista dejó la pinza de cabello a un costado. Se cruzó de brazos.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo? —preguntó Étienne poniendo los ojos en blanco—. Llama a un médico. Ve y habla con Mónica. La mujer está al mando hoy.

—Por esa misma razón estoy aquí —replicó Rachel en tono urgente.

Aubrey escuchaba, pero contemplaba en el espejo el trabajo de Étienne. Le había resaltado los pómulos, delineado los ojos cafés con un tono verde oliva y borrado rastros de cansancio. La media coleta era baja. Lucía sencilla y también guapa.

Ella no tenía tiempo para vanidades y agradecía esta inesperada indulgencia.

Se levantó y trató de quitarle las pocas arrugas al cómodo uniforme, parecido al de una azafata de avión, que Darren le había enviado al hotel.

La prenda era negra, llegaba ligeramente por debajo de las rodillas, tenía escote redondo y mangas cortas.

Se ceñía al cuerpo de manera sutil y daba un aspecto formal. Los zapatos eran de tacón alto.

—Explícate. No soy adivino, ma chérie —dijo Étienne frunciendo los labios.

—Ella es la solución —intervino Rachel en un tono frustrado y señalando a la mujer de cabellos castaños—.

Me dijo Mónica que había una persona que estaba contigo y que podría reemplazar a Jacob.

He venido para llevarla al otro salón y que tenga todo preparado cuando empiece el brindis previsto.

Estoy coordinando el equipo de camareros en general, así que no puedo encargarme. ¿Comprendes?

—Sí comprendo, porque todos hablamos inglés, Rachel —replicó Étienne con indiferencia. Luego se giró hacia Aubrey—: Procura que te paguen extra, chérie.

—Gracias por el consejo —murmuró Aubrey con una sonrisa.

La tal Rachel meneó la cabeza y soltó una exhalación, impaciente.

—Aubrey, soy Rachel Duncan y estoy a cargo de los camareros.

Como este trabajo está orientado a servir a un grupo específico y tendrías que hacerlo sin asistencia de otros compañeros, tal como acaba de mencionar Étienne, el tiempo que dure el brindis se te compensaría con el doble del valor regular por hora pactado.

¿Estás interesada o no? —preguntó en tono amable, aunque también apresurado.

—Sí, claro que lo estoy —replicó entusiasmada—. ¿Cuántas horas serían?

—Una o dos como máximo —dijo Rachel mirando el reloj—. Sígueme.

Aubrey hizo un asentimiento, después murmuró «gracias» a Étienne por su ayuda.

A medida que caminaba rápidamente junto a Rachel, pasando desapercibidas entre los invitados, procuraba fijarse en los alrededores para distraer la mente e ignorar así el cansancio.

«Solo unas cuantas horas y se acabará la jornada».

Aubrey no se deslumbraba por los lujos u opulencia, pues creció con ellos.

La riqueza y quienes la poseían le eran indiferentes.

Para ella el dinero no definía el valor de otra persona.

—¿Qué tengo que hacer exactamente, Rachel? —preguntó al llegar al final del pasillo, en una zona más silenciosa y con un aroma tenue a sándalo con brisa marina —. No tengo tanta experiencia, pero la paga me interesa, así que quiero hacerlo bien.

La mujer de ojos celestes hizo una mueca de frustración. No podía demorar y contactar a un reemplazo con más trayectoria profesional, porque no tenía tiempo.

—El primer trabajo: cubrir a Jacob en la breve reunión prevista para dentro de quince minutos en este salón —dijo y abrió las puertas dobles que daban paso a una estancia que combinaba una alfombra persa, en tonos de grises con negro, madera alrededor, asientos grandes y un bello sofá, también negro, frente a una chimenea ahora apagada—.

Los bocaditos que ves en esa mesa junto a la ventana están calientes.

Cada botella de champán está lista en su cubitera. Dime que sabes descorchar botellas.

Aubrey esbozó una sonrisa e hizo un asentimiento.