Entre espinas y seda escarlata PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

Aunque, según notaba esta noche, ante las amenazas contra su integridad física y las groserías que los dos ladrones le lanzaban, parecía más bien que algunas criaturas invisibles conspiraban de forma malévola para negarle esa calma que tanto buscaba.

En ocasiones, Aubrey sentía que el reloj corría más rápido de lo usual; que ella iba retrasada como si fuese Alicia en el País de las Maravillas a un encuentro que desconocía; que solo seguía un camino de tropiezos, mas no hallaba explicación.

Pero su vida no era un cuento de ficción y ninguna Oruga le daría consejos existenciales.

Le tocaba sobrevivir y eso era lo que estaba tratando de hacer, a pesar de que ahora estaba siendo víctima de un robo.

Los dos hijos de puta estaban quitándole el dinero que había sacado del cajero y con el que iba a comprar la dosis mensual de un medicamento de su madre.

Bonnie requería protección gástrica con una formulación específica y la sanidad pública no la ofrecía, así que Aubrey tenía que adquirirla de forma privada.

Si a ese gasto le aumentaba la urgencia de completar dos mil dólares, para que su madre iniciara la nueva inmunoterapia, lo único que le quedaba era echarse a llorar por la impotencia.

Lo anterior no era una solución. Aubrey inhaló profundo.

Aún sin moverse, para no dar a entender que tenía intenciones de desafiarlos, ella contuvo las lágrimas que le quemaban los ojos.

Frustración, rabia y enfado. En esos breves minutos pensó en que quizá debió aceptar el trabajo de hacker, que le ofreció uno de sus amigos, para transferir dinero a cuentas en Suiza, un paraíso fiscal.

No se conocía el contratante ni la procedencia de los fondos, pero la remuneración habría sido suficiente para anticipar la mitad de la hipoteca de su casa y tener un respiro.

Ella no había accedido, porque temía que todo eso hubiese estado relacionado con la mafia albanesa, rusa, japonesa o italiana.

Todas estas operaban en Australia, en mayor o menor medida, y Aubrey no quería introducirse en esos caminos escabrosos.

—Por favor… —dijo en un susurro—, mi madre está enferma y este dinero…

Una carcajada resonó a su lado y fue acompañada de un tirón consistente de su cabello.

Quería gritarles y patearlos con todas sus fuerzas, pero sería en vano.

Se resignó, abrazándose a sí misma, mirando a un costado.

Nadie iba a ayudarla. Lo anterior era la regla y no la excepción en su vida.

No creía que este par de rufianes fuesen experimentados, pues los gestos de ellos eran más volátiles y parecían nerviosos, impredecibles y novatos.

Esta era una razón de peso para ser más cautelosa.

—¿Crees que nos importa? —preguntó uno de los muchachos con fastidio. Lucía corpulento de un modo intimidante. Como si se hubiera inyectado esteroides.

—Si tienen un poco de empatía, entonces podrían entender —murmuró ella —. Soy igual que ustedes. Sobrevivo. Por favor, si tienen un poco de corazón…

—Eso es para los imbéciles; alguien como tú —replicó el otro ladronzuelo con hastío, empujándola con fuerza contra una pared cercana. Agarró la bolsa y se largó. El otro no tardó en seguir el mismo camino, perdiéndose entre las calles de la ciudad.

Aubrey permaneció con la espalda apoyada al cemento durante varios minutos.

El corazón le latía desbocado, mientras trataba de calmar los nervios.

No tenía un teléfono para tratar de llamar a su mejor amiga y pedirle ayuda.

Entre tantas amistades que conocía desde pequeña, Clarissa fue la única que no le dio la espalda cuando su situación familiar y social cambió para mal.

La afligía que, además de las ocupaciones propias de cada una, ahora vivieran en polos opuestos de la ciudad.

Pero Aubrey no podía permitirse pensar en más circunstancias frustrantes; tenía que recuperarse de este horrible incidente para cumplir con el trabajo que se había comprometido a realizar una semana atrás.

Su día aún no terminaba. Escondió el rostro entre sus manos agotadas de tanto limpiar, sintiendo el cuerpo apaleado después de haberse levantado al amanecer.

No había probado bocado en horas, pues había preferido hacer tiempo extra para recibir una paga adicional.

Y ahora todo se lo acababan de robar. Dejó escapar una exhalación entrecortada, echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el cemento, y miró el cielo oscuro con reproche desde el callejón.

Intentaba ser optimista, pero parecía como si la vida se esmerase en no darle tregua con los obstáculos que le lanzaba.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

Se levantó del suelo de concreto, temblorosa, y se alisó la ropa con renuencia.

Antes de salir del hotel ella había aprovechado para ducharse en el área de los empleados y así poder quitarse la suciedad del día.

Luego se había puesto un uniforme de camarera, pues un amigo le consiguió una oportunidad laboral, por horas, en un evento.

El servicio al cliente, en este caso coordinando charolas, no era su fuerte, pero en ningún instante consideró negarse cuando Darren le comentó que existía esa opción.

Esta sería su primera experiencia como camarera.

Aunque no le apetecía estar rodeada de personas ni sonreír, esta noche específicamente, iba a dar lo mejor de sí.

Lo que recibiera como pago le serviría para reponer, aunque fuese poco, lo perdido.

Ella rebuscó en el bolsillo de la ropa y cerró los ojos aliviada por haber guardado la tarjeta Opal de transporte público, en lugar de haberla dejado, como solía hacerlo, en el interior de la bolsa.

Aubrey salió del callejón y se dirigió a la estación de autobuses más cercana.

Estaba aún agitada y consternada, pero existía una contraparte inesperada en todo esto: la adrenalina surgida como resultado del impacto de un acto violento.

Curiosamente era esta sustancia la que aplacaba su extremo agotamiento.

Se bajó rápido del bus y empezó a caminar hasta la dirección indicada por Darren.

Sintió una leve nostalgia a medida que avanzaba, pues el entorno le recordaba al área en la que vivió cuando su mundo aún se mantenía en pie.

Cuando creía que el amor entre sus padres duraría toda la vida y la imagen de la pareja ideal estaba intacta.

Hasta que todo se desdibujó. Aubrey meneó la cabeza para apartar esos recuerdos.

—Llegas tarde —dijo una pelirroja de facciones angulares, cuando Aubrey se acercó a la puerta lateral de la mansión.

Esta era la zona por la que, al parecer, pasaban los empleados propios y externos—.

Las personas de esta familia son muy estrictas con los horarios.

¿Cuál es tu nombre? —preguntó seria, mientras sacaba un iPad.

—Sí, lo lamento —replicó Aubrey—, hubo un pequeño incidente y tuve que tomar tarde el bus. Soy una persona muy responsable. Puedes contar con eso.

La mujer enarcó una ceja y deslizó el lápiz digital sobre la pantalla.

—Nombre y apellido —repitió con impaciencia y moviendo el tacón rojo.

—Soy Aubrey Blackeney y tú debes ser Mónica Logan —replicó amable y vio a la mujer revisar la información—. Darren Piper me recomendó y me pidió que…

—Sí, soy Mónica. Solo te anoté entre mis notas de borrador, porque no estás en la nómina oficial, lo sabes, ¿verdad?

—interrumpió con fastidio y apartando la vista de la pantalla.

Aubrey asintió—. Darren nunca ha fallado con sus recomendaciones, así que por eso toleraré el que no hayas llegado a tiempo —dijo indiferente y la miró de arriba abajo, examinándola con aires de superioridad—.

El uniforme está mal planchado y no llevas maquillaje.

Este evento está vinculado a multimillonarios y no puedo tener camareras que parezcan haber salido de un callejón de mala muerte.

Aubrey se enfureció y quiso largarse. Estaba cansada y lo que menos le hacía falta era una mujer agresiva haciendo comentarios groseros.

Pero las personas que tenían necesidades no tenían la ventaja de perder los estribos cuando la subsistencia estaba sobre la mesa.

Aunque eso no iba a impedir que se defendiera sin ser ofensiva.

—Mónica, me acaban de robar, disculpa si este Versace —dijo con sarcasmo y se señaló a sí misma—, no luce tan impecable.

Te aseguro que utilicé mis últimos resquicios de paciencia y tolerancia para evitar que el shock de ser amenazada con un cuchillo no influyera en mi actitud hoy.

Si me dices en dónde hay un aseo, entonces…

—No voy a perder el tiempo contigo —replicó, interrumpiendo de nuevo, y haciendo una mueca.

Las disculpas no estaban en su vocabulario, porque para ella las personas a su cargo eran estadísticas—.

En el interior hay un estilista y maquillador que se encarga de que todas las camareras de ArticFood estén impecables.

Inclusive puede que tenga una plancha a vapor para que la utilices de inmediato. Date prisa.

Aubrey no tenía tiempo para discutir. La miró con renuencia.

—¿Cuánto me van a descontar por eso…? —preguntó preocupada.

Mónica la observó con horror y apretó el iPad contra el pecho.

—Dios mío, le diré a Darren que la próxima ocasión me recomiende una persona que tenga un poco más de mundo. ArticFood es un catering de alta valía y preparar a sus empleados y equipo de camareros es parte de su imagen —replicó.