PRÓLOGO
Sídney, Nueva Gales del Sur.
Australia.
Meses atrás.
Aubrey tomó una profunda y temblorosa respiración, mientras procuraba no moverse ante la amenaza de recibir una cuchillada si mostraba resistencia.
Las palabras de los ladrones resonaron en el callejón de la zona de Kings Cross.
No podía gritar para pedir ayuda, porque estaba en desventaja.
Intentar un forcejeo, considerando que un arma blanca presionaba contra sus costillas, sería un error.
La única solución consistía en entregar sus pertenencias.
Esta área de Sídney era poco segura, pero Aubrey no podía evadirla, porque solía ser el camino más corto al hotel del que era recepcionista.
Ella trabajaba usualmente de nueve a cinco, pero en esta ocasión aceptó quedarse más tiempo para reemplazar a una de sus compañeras de limpieza.
Aubrey necesitaba la paga adicional con urgencia.
El dinero siempre era escaso, en especial desde que su familia se desmoronó, años atrás, a partir del diagnóstico que recibió Bonnie, su madre.
El cáncer de colon, sumado a la diabetes, se volvió un cuadro complejo de sobrellevar.
Los ahorros de Bonnie se extinguieron pronto y la única persona adulta, en capacidad legal y física, que podía trabajar para solventar los gastos médicos que la seguridad social no cubría era Aubrey. Habían sido años duros y tristes.
El dinero que recibió esta vez, por limpiar varias habitaciones, estaba destinado a financiar un tratamiento de inmunoterapia sugerido por el médico de cabecera de Bonnie.
Al tratarse de un procedimiento nuevo, fuera de la lista de la sanidad pública australiana, no recibiría cobertura.
Aubrey estaba desesperada para que su madre recibiera la ayuda, pero también tenía sus propios gastos personales, así que llegar a fin de mes era un acto tanto de malabarismo como de persistencia.
Por si fuera poco, el último informe del oncólogo había sido un golpe terrible, pues el cáncer había alcanzado el estadio 3.
La posibilidad de que avanzara, hasta convertirse en metástasis en etapa 4, era una preocupación que aterraba a Aubrey.
Ella procuraba inclusive considerar la medicina no-tradicional para intentar que su madre venciera el cáncer de una buena vez.
Pero esa jodida enfermedad era como una sombra acechando siempre.
Con ese escenario catastrófico, Aubrey decidió retrasar de nuevo, tal como lo hizo cuando Bonnie recibió el diagnóstico inicial cinco años atrás, su ingreso a la universidad.
El campo que le interesaba, ingeniería de software, era muy competitivo.
Como no podía pagarse la carrera, ella se inscribía en cursos gratuitos que daban certificaciones de programación, desarrollo web, análisis de datos y nuevas tecnologías.
Lo que la apasionaba era la inteligencia artificial y la creación de simuladores virtuales, así que utilizaba las limitadas posibilidades de su portátil.
Aubrey había aprendido a tomar las riendas de su vida, pero no se convertía en una víctima paralizada por el miedo.
Al final del día se sentía cansada, mas no derrotada.
Lo anterior era un gran logro si consideraba el incierto horizonte médico de Bonnie
Craig, el hermano menor de Aubrey, cursaba el último año de la secundaria.
Él trabajaba de cajero en una hamburguesería.
Su objetivo era lograr una beca deportiva en la universidad y así poder estudiar gratuitamente la escuela de medicina.
Ni él ni Aubrey tenían familiares a los cuáles recurrir para tener ayuda de ningún tipo.
Además, los ahorros de la madre de ambos se habían agotado fruto de la misma enfermedad; las ayudas que recibían del gobierno apenas alcanzaban para subsistir.
Bonnie era una inmigrante huérfana de Nueva York que llevaba treinta años en Sídney y se había casado con un australiano que la deslumbró con atenciones, halagos y promesas de una buena vida.
Sergei provenía de una familia de clase alta.
Esta mostró su disgusto ante el matrimonio con Bonnie, porque ella no entraba en las expectativas sociales y financieras a las que los millonarios Blackeney estaban habituados.
¿El resultado? Rompieron contacto con su hijo y quitaron a su descendencia de las herencias.
Sergei demostró no ser mejor que sus familiares, pues se largó de la casa apenas entendió que la batalla de Bonnie contra el cáncer no sería fácil e implicaría esfuerzo y atenciones.
Él prefirió irse con una amante y alejarse por completo de sus hijos.
No solo eso, sino que vendió la casa en la que habían vivido de casados y que estaba a su nombre.
De la venta le dio una parte ínfima a Bonnie.
Con esa cantidad, la mujer compró una modesta vivienda, pero ya no en una suntuosa área como Bellevue Hill, sino en una menos segura y de clase baja, Redfern.
Lo anterior no le importó a ella, pero fue consciente del impacto para el estilo de vida al que estaban habituados sus hijos.
Una vez que se oficializó el divorcio, el seguro médico de Bonnie, que estaba unido al de Sergei y al de sus hijos, dejó de darle cobertura.
Ella tomó la difícil decisión de hipotecar la casa cuando el laboratorio para el que trabajó durante años, la despidió al no cumplir los horarios por estar enferma.
—Mamá, te has gastado tus ahorros en doctores.
Yo acabo de graduarme de la secundaria —había dicho Aubrey cuando Bonnie les explicó la situación financiera—.
Muchas personas de mi edad se toman un año sábatico para viajar y conocer el mundo.
Yo puedo tomarlo para reunir dinero y ayudarte con los gastos.
—Oh, Bree —había dicho llamándola con ese apodo cariñoso—, tienes un corazón tan generoso, pero no puedo permitir algo así. Encontraré el modo de…
—No, mamá —había intervenido Craig, en ese tiempo tenía catorce años y el cambio de estatus, escuela y grupo social sí lo afectó—.
Mi padre es un imbécil y si se largó, no vamos a pedirle nada.
No quiero que nos faltes tú. Mis amigos consiguen empleos en tiendas de ropa o cosas así.
Entraré en el equipo de natación y mantendré mis tiempos con el entrenador.
Cuando llegue a la universidad podría recibir una beca.
Bonnie se había limpiado las lágrimas contemplando a sus hijos, conmovida.
—Será solo un año mamá —había dicho Aubrey sonriente, optimista—, luego te pondrás bien y yo podré ir a la universidad; y seguro Craig gana esa beca académica.
—Mis niños, no sé qué haría sin ustedes —había susurrado Bonnie.
Esa conversación había ocurrido un lustro atrás.
El año sabático se había convertido en un lapso mucho más amplio y sin un pronóstico exacto de cuándo iba a finalizar.
Desde entonces, hasta ahora, Aubrey sentía que su madurez era la de alguien que había vivido tres décadas, en lugar de veintitrés años.
Ella no se arrepentía de la decisión que había tomado.
A veces, sería absurdo negarlo, deseaba que toda la pesadilla acabara y que la calma, la estabilidad y la bonanza que alguna vez conoció, regresaran a su hogar.
Pero parecía imposible. Así que solo podía enfocarse en tratar de hacer su mayor esfuerzo para ayudar a Bonnie.
En alguna ocasión, en medio de la angustia, su rebeldía con la vida, el enojo con su padre y la sensación de injusticia por todos los sinsabores que atravesaba —mientras otras chicas de su edad iban de fiesta o tenían una rutina que parecía menos espinosa que la suya— cometió el error de confiar en la persona equivocada.
Ese también fue un episodio lúgubre que le mostró otra cara del dolor y la decepción, sumándose al cúmulo de pedradas que continuaban cayendo sobre el techo de su vida.
Pero Aubrey era terca como una mula y eso le servía para levantarse cuando parecía que, después de probar el fango, era imposible recomponerse.
Sabía que existían casos más trágicos, los conocía porque había conversado con las personas que estaban en quimioterapia al igual que Bonnie, pero eso no aligeraba el peso que llevaba a cuestas.
Aubrey a veces ejercía de mucama en el hotel y cuidadora de niños; en ocasiones daba clases particulares de matemáticas a los compañeros de Craig; si tenía suerte, aunque no era frecuente, la llamaban para solucionar algún problema informático en la biblioteca local o de algún negocio pequeño.
Ella no se atrevía a pedir sumas elevadas como compensación por temor a que rehusaran contratarla de nuevo.
Conocía la pobreza y también la abundancia, porque antes de que su padre los abandonara, y su realidad se viera salpicada de trozos de cristal envenenado, tuvo una vida con lujos.
Sin embargo, todos sus «amigos» le dieron la espalda cuando cesaron los vestidos bonitos para las fiestas, el coche nuevo en el que un chofer la llevaba a la escuela o cuando ya no hacía un viaje de verano hacia algún sitio exótico de Europa.
Pero Aubrey no tenía tiempo para pensar en lo que perdió, porque su enfoque estaba en hallar los recursos para subsistir e intentar retomar sus estudios.
No era una tarea fácil. Aunque tenía toda la energía propia de alguien de veintitrés años, lo cierto era que también necesitaba un respiro; solo un poco de alivio y un soplo de buena suerte; algo que aligerara su carga por más breve que fuese el instante que eso durara.
Necesitaba una excusa para olvidarse de su realidad por un momento y pretender que todo ya estaba solucionado.
La literatura solía proporcionarle un escape, si no se quedaba dormida con el libro sobre la cara, pero no era real. Anhelaba algo tangible.