Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 15 #7
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CAPÍTULO 15 #7

—Con tus espinas y tu pasado, con todo lo que fuiste y lo que eres, Rhys, te elijo —dijo delineando la mandíbula con la yema de los dedos—.

No para decidir si quiero quedarme o no a tu lado.

No para decidir si te amo o no, sino porque cada historia, vivencia y relato, en conjunto, te han convertido en el hombre del que estoy enamorada.

Quiero tu presente y formar parte de nuevos caminos a tu lado —susurró.

Rhys la agarró en volandas y ella le rodeó la cintura con las piernas.

—Repite eso, Alana —pidió con una sonrisa luminosa y emoción.

—Te amo, Rhys —expresó con sinceridad y los ojos llovidos.

—Y yo te amo a ti —susurró antes de besarla como si llevara siglos esperando para volver a hacerlo. Ella se aferró a su cuello y juntos subieron las escaleras.

No hubo prisa esta vez. El hambre que los consumía poseía un fuego distinto, más intenso, pero se iba dosificando porque ahora no era solo pasión, sino que agregaban algo mucho más profundo y duradero.

Rhys la desvistió despacio, como si estuviera quitándole la envoltura a un obsequio único, como si cada prenda que caía sobre la alfombra fuera una barrera más que dejaban atrás.

Ella hizo lo mismo, mirándolo a los ojos, conmovida.

Él la recostó sobre la cama y se tomó un instante para admirarla y memorizarla, porque le parecía una fantasía que ella estuviera de regreso.

Que lo hubiera aceptado con su compleja historia y que lo hiciera merecedor de algo tan valioso: ella.

La cubrió con su cuerpo, sonriéndole, y le sostuvo el rostro con firmeza.

—Te he extrañado tanto —apoyó la frente contra la de ella—, y resignarme no ha sido jamás una característica mía. Pero si eso implicaba que fueras feliz…

Ella le sonrió y puso un dedo sobre los labios de Rhys e hizo una negación.

—Soy feliz aquí, en tus brazos —susurró Alana—. Me hiciste falta...

—No voy a dejarte marchar nunca más, belleza mía. ¿Lo comprendes?

—Más te vale que así sea, señor Callahan —sonrió con dulzura.

Los labios de Rhys descendieron sobre los de Alana.

Se probaron mutuamente con la pasión dulce que surge del amor compartido, aquel que traspasa las dificultades, a pesar de que podría parecer imposible superarlas.

Ese beso estaba embargado de promesas, ardor y gemidos.

Era una coalición de emociones que se entrelazaban.

Se amaron con una lentitud nueva, la de dos personas que ya no tenían nada que esconder y cuyas emociones vibraban a flor de piel.

Las manos de Rhys la recorrían con reverencia, como si ella fuera lo único puro que había tocado en toda su existencia.

Y en gran medida, para él, así era. Alana se entregó sin reservas, sabiendo por fin quién era el hombre que la sostenía, con sus sombras y su luz, y eligiéndolo entero.

Quería todos sus matices, sus aciertos y errores.

No quería un hombre perfecto, porque tal cosa no existía.

Solo lo quería a él, porque era su complemento y todo lo que necesitaba.

Se acariciaron mutuamente, besándose, mordisqueándose y recorriendo la piel del otro como si se tratara de un mapa con secretos placenteros.

Cuando Rhys entró en Alana, los movimientos de sus cuerpos empezaron a marcar el ritmo natural que habían encontrado desde el primer día en que se acostaron juntos.

Pero hacer el amor era diferente a follar.

Él acarició los pechos que se agitaban a medida que sus sexos colisionaban con exquisita potencia.

Los dedos de Alana tampoco estaban quietos.

Lo quería, lo deseaba, lo anhelaba con fervor.

El cuerpo dulce, húmedo y estrecho, acogió el grosor de Rhys.

Las embestidas eran poderosas, sin restricciones, firmes; una conquista y una declaración a la vez.

La posesión era mutua, no unilateral. Se mecieron con ímpetu, impulsando al otro para llegar juntos a la cúspide de este viaje carnal y emotivo.

El poder de la pasión no tardó en crear un cosquilleo que afectaba exquisitamente el sitio en el que ambos se unían íntimamente e incitaba al cuerpo a rendirse.

Pronto, sus bocas bebieron los gemidos del otro cuando el clímax barrió sus sentidos por completo, dejándolos jadeantes y saciados.

Pasados unos minutos, el mundo empezó a acomodarse.

Él la tomó de la cintura para que se acostara sobre su cuerpo.

Parecía como si los corazones de ambos fuesen dos tambores que ahora vibraban con más fuerza en la misma frecuencia.

Estaban desnudos en cuerpo y alma. Alana se acomodó mejor para besar a Rhys.

Él devolvió el gesto con deliberada lentitud, saboreándola.

Al cabo de un rato, ella se apartó. Ambos se miraron y se sonrieron con complicidad.

—Hola, hermosa —dijo Rhys—. Me encanta tenerte a mi lado, donde perteneces, donde te necesito. Te amo, Alana. Haces que mi mundo tenga sentido.

—Hola… —susurró, sonrojada—. Te amo, muchísimo. Si tuviera que elegir de nuevo, con todo lo que me has contado sobre ti, volvería a elegirte. Siempre.

El círculo del pasado se cerraba para dar paso a una nueva historia.

Al fin, entre Alana y Rhys, no existían más secretos.