CAPÍTULO 15 #6
—Te amo, Alana —confesó—. Te amo de un modo que no sabía que existía.
Te amo y no puedo concebir la vida sin ti.
Pero sé que si te amo tanto también necesitaba elegir lo mejor para ti: dejarte ir.
—Ella sollozó, agotada y apoyó la frente contra él—.
Nunca nadie ha luchado por mí, siempre he sido yo quien lucha por la gente que amo.
No sé cómo aceptar algo de lo que no soy digno: tú.
Obtuve tu compañía de una manera rastrera e indefendible. No sé cómo lidiar con todo esto…
Ella soltó un sollozo leve. No había rabia esta vez.
—Solo se acepta y se recibe con gratitud, no con culpa —murmuró, mientras sacaba del bolsillo de su chaqueta un papel doblado en cuatro partes, se lo tendió—. El documento que tengo para ti es diferente. Se trata de una copia. Ábrelo.
Él leyó el contenido y se quedó estupefacto.
Era la aprobación definitiva de la Asociación Cívica de Beacon Hill.
El permiso para convertir la propiedad que llevaba años tratando de remodelar para convertir en un hotel con el jardín para su madre.
Todas las trabas desmontadas, con la firma de Alana como abogada responsable.
—Alana… —dijo con emoción en la voz.
—Desde que me hablaste de esta situación en Edgartown empecé a trabajar en este tema —confesó mirándolo con dulzura—.
Desmonté todos los argumentos y obstáculos de esa gente idiota.
Me di a la tarea de analizar punto por punto.
Porque tú mereces poder darle una alegría como la que deseabas para Mildred: el jardín.
Gestioné todo sin decírtelo, sin esperar nada a cambio.
Eso, Rhys, también es luchar por una persona y hacerlo por aquello que sabes que la hace feliz. Así funciona.
Rhys sentía el corazón palpitándole con una fuerza inusual.
Levantó la vista de la copia del documento. Sus ojos estaban húmedos.
—Gracias… —susurró con emoción—. No te merezco, Alana.
—Probablemente no, así que te doy la razón —dijo ella con una sonrisa entre lágrimas—.
Pero hay algo que aprendí cuando era una chiquilla y que recientemente tuve la necesidad de recordar: todos tienen una historia detrás de sus acciones.
Todos tienen una razón para actuar; una motivación.
Quiero pedirte disculpas por no haberte preguntado cuál fue la tuya y por haberme marchado sin más —confesó con sinceridad—.
Entonces, Rhys, quiero escuchar tu verdad. Tu lado de la historia.
Él bajó la cabeza y soltó una exhalación.
—¿Según la gravedad decidirás quedarte o marcharte? —preguntó él.
—No. Indistintamente de lo que me digas sé que un hombre como tú jamás actuaría por simple impulso. Sé que tu explicación tendrá un argumento sólido.
—Solo tenía dieciocho o diecinueve años cuando todo empezó —murmuró.
Alana entrelazó los dedos con los de él.
Soltó una exhalación. Sabía que serían relatos varios y complicados de escuchar.
Pero deseaba saber todo sobre este hombre que había pasado su vida cuidando de otros, olvidándose de que él merecía lo mismo.
Así que lo guio hasta el sofá que estaba más cercano y se sentó a su lado.
No le soltó la mano. Más que un gesto romántico o afectuoso era la demostración de que esta vez lo acompañaría en una historia que contenía circunstancias que lo habían afectado.
—Eras muy joven —dijo ella con suavidad.
Él hizo un asentimiento leve.
Alana no presionó y solamente esperó.
Cuando sintió que estaba listo, Rhys empezó a hablar con calma. Neutral.
Durante un largo rato le habló de todo. Le mencionó la enfermedad de su padre, la falta de dinero, el trasplante urgente e impagable.
Lo complicado que fue escalar puestos en la lista de espera.
Cómo su vínculo con la mafia empezó cuando era camarero y un hombre le propuso una salida que parecía inofensiva y acabó siendo una condena.
La primera vez que apretó un gatillo, y todas las que vinieron después.
Cómo estudiaba los perfiles de sus víctimas.
La verdad completa sobre Sloane. Afirmó que su imperio no estaba manchado con dinero o vínculos de la mafia. Todo era legal.
Alana lo escuchó sin hacer preguntas, sin interrumpir.
Tan solo le acariciaba los dedos de las manos con los suyos.
No lo juzgó ni apartó la mirada. «Mi padre tenía razón sobre las versiones detrás de los hechos…
», pensó ella. Le pareció triste que un chico tan joven hubiera recurrido a medidas desesperadas por tratar de salvar a su familia.
Ahora, al fin, tenía las piezas completas del rompecabezas que era Rhys Callahan y entendía de dónde surgía el hermetismo, la frialdad, la crueldad que algunos le atribuían.
La verdad era que detrás de todo eso, fuese o no cierto, existía algo inherente en el ser humano: sobrevivir.
Rhys ya no mataba a nadie para conseguirlo, pero el mundo de los negocios seguía siendo para él una jungla camuflada de lujos.
Cuando Rhys terminó, se sentió vacío y extrañamente ligero, como si le hubieran quitado un peso que llevaba cargando media vida. Luego esbozó una sonrisa. No era de alegría, sino de lo más parecido al agradecimiento mezclado con serenidad.
—Esa es mi historia —expresó Rhys mirando a la mujer que amaba—. Esos son mis antecedentes. No tengo más secretos contigo. Pero ya no soy ese jovenzuelo.
Ella hizo un asentimiento y le acarició la mejilla.
—Gracias por contármelo —dijo en voz baja—. Sé lo que te ha costado.
—Contigo, Alana, todo merece la pena —expresó con sinceridad—. No empecé de la mejor forma a tu lado, pero me gustaría poder compensártelo… Me gustaría —le acarició la mejilla con dulzura— que me permitieras empezar de nuevo.
Alana sonrió entre lágrimas.
Él se levantó del sofá y tiró de ella para que hiciera lo mismo.