Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 15 #5
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CAPÍTULO 15 #5

Alana estaba sonriendo junto a un hombre más o menos de su edad.

Harry Elderman, el director científico del Acuario de Nueva Inglaterra.

Este la tenía abrazada del hombro. El evento era la inauguración de una nueva área y la familia Pemberton, entre otras de la alta sociedad de Boston, era una de las auspiciantes.

Se había llevado a cabo la noche anterior y la asistencia había sido numerosa. Un éxito.

Rhys sintió como si le hubiesen dado un golpe en el pecho.

Un mazazo de esos que dejan sin aliento y lo revuelven todo por unos segundos, los suficientes para causar estragos.

Intentó calmarse. Durante su vida había hecho lo mejor por las personas que amaba.

Y en el caso de Alana lo más difícil que hizo fue aceptar que no la merecía y dejarla marchar para que fuese feliz con un hombre que no tuviera un pasado lleno de violencia, corrupción y muerte.

Él dejó el iPad a un costado y llamó a su abogado para confirmar que sus órdenes habían sido seguidas al pie de la letra.

Cuando el abogado le aseguró que todo estaba listo, Rhys colgó.

Lo inundó un gran pesar. Pero ahora su capítulo con Alana ya estaba cerrado del mejor modo para ella.

El magnate dejó todo a un lado y subió las escaleras.

La única manera de descargar todo lo que llevaba dentro era quemar energía hasta que su cuerpo no soportara más. Así que fue a su piscina climatizada para nadar.

El sistema de seguridad de la casa tenía replicadores, así que cuando llamaban a la puerta él escuchaba, a menos que desactivara el aparato.

Pero no lo hizo al entrar al área de la terraza.

El timbre sonó cuando él estaba a punto de zambullirse, pero lo ignoró.

Le importaba una mierda quién fuese, porque los días domingo disfrutaba su tiempo a solas.

Pero el jodido timbre no sonó una vez, sino dos, tres y cuatro veces.

La insistencia lo cabreó, en especial porque no había nadie que atendiera la puerta.

Soltando una maldición entre dientes, agarró una toalla, se la anudó a la cintura y bajó las escaleras aún con el torso desnudo.

Si era de esos vendedores que tenían la maldita costumbre de fastidiar la vida, sin importar que estuviese prohibido, estaba dispuesto a mandarlo al infierno.

No tenía humor para soportar imbecilidades.

Además, le estaban arruinando lo único que le quedaba y que necesitaba: el silencio.

Abrió la puerta de golpe, con una expresión de pocos amigos, y el reproche a punto de salir de sus cuerdas vocales. Pero no llegó a pronunciarlo. Se quedó estático.

Alana estaba en el umbral. Su Alana . Él parpadeó varias veces, porque no creía haberse vuelto lo suficientemente loco como para confundir a una mujer con ella.

La expresión que traía no era rota ni tampoco dolida como la última vez que se vieron.

De hecho, sus ojos azules vibraban con algo que se podría definir como furia, su mandíbula estaba tensa, y en la mano izquierda apretaba con fuerza un sobre azul.

Rhys tardó en reaccionar un par de segundos, porque su cerebro y sus emociones intentaban ponerse de acuerdo para asegurarse de que no estaba delirando.

La mujer que estaba ante él —enfadada, hermosa y real— era la que había logrado derribar sus murallas y devolverle su humanidad; la que él se resignó a no volver a tener cerca.

Las ganas que tenía de abrazarla y no dejarla ir jamás eran demasiado fuertes.

A duras penas se contuvo. Ella estaba espléndida, como siempre, y llevaba el cabello suelto.

El ligero viento alrededor llevó a sus fosas nasales el aroma del perfume tan exquisito.

—Alana —dijo con la voz más ronca de lo que hubiera deseado—. Yo…

—¿Vas a quedarte ahí de pie, en lugar de invitarme a entrar?

¿Dónde quedaron tus modales impolutos? —preguntó sin esperar respuesta, ni acción de parte de Rhys.

Lo esquivó y entró a la mansión. Escuchó la puerta cerrarse.

Se dirigió a la sala principal, consciente de que él la seguía con pasos cautelosos. Luego se giró hacia él.

Rhys no tenía ni puta idea de cómo reaccionar ante una Alana que actuaba sin restricción, sin su habitual suavidad o diplomacia táctica, sino que estaba dejando actuar a su lado impulsivo. Aquel que no tenía miedo de enfrentarse a nada ni a nadie.

—Te puedo ofrecer algo de tomar, no sé si…

—¿Acaso crees que yo tengo un precio, que puedes comprarme o intentar hacerlo, Rhys Callahan?

—interrumpió, acercándose, y estampó con fuerza el sobre azul contra los pectorales firmes.

El papel cayó al piso—. ¿Te parece que soy la clase de mujer que tiene interés en aumentar su fortuna?

¿De dónde carajo sacaste la «genial idea» de enviarme esos documentos, notariados, creyendo que iba a aceptarlos?

Él no se molestó en recoger el sobre. Se pasó los dedos entre los cabellos.

—Los documentos son para liberarte de cualquier atadura conmigo: cualquier información que haya podido recopilar o que esté en mi conocimiento sobre ti no podré utilizarla bajo ninguna forma o medio.

Puedes rehacer tu vida sin mirar atrás —expresó con calma—.

La compensación de recibir en cada período fiscal el veinte por ciento de las utilidades de todas mis empresas es lo mínimo que puedo hacer, después de la forma en que me acerqué a ti: chantajeándote.

Esto es lo correcto. Puedes rehacer tu vida.

Utilizar ese dinero, lo necesites o no, para ayudar a las personas que buscan ayuda legal, pero no tienen cómo cubrir esos costos.

Porque no te das abasto para aceptar casos pro bono. Con las utilidades podrías derivarlos.

—¿Lo correcto? —preguntó con amargura y con la voz vibrante—.

Lo correcto, Rhys, habría sido quedarte en el terreno y luchar.

Pero tú no lo hiciste, sino que, en lugar de pelear por lo que teníamos, decidiste encargarle a tu abogado que hiciera unos documentos, regalándome un porcentaje de utilidades corporativas anualmente durante una década, y con eso te lavaste las manos.

Trataste toda la situación como si se tratara de una negociación más de las que estilas llevar a cabo.

—Estás interpretando todo de manera errónea —dijo Rhys. Notaba lo herida que se sentía, pero el enfado sobrepasaba a cualquier otra emoción en ella por ahora.

—Oh. Bueno, si es así, por favor, ilústrame con tu sabiduría —exigió, y odió que se le quebrara la voz por un instante.

Le clavó el dedo en el pecho con toda la fuerza de la que fue capaz, obligándolo a retroceder un paso—.

Porque desde mi perspectiva, y razonamiento coherente, tú decidiste darme dinero para compensarme.

¡Ni una sola vez se te ocurrió que sería una mejor idea buscarme! —exclamó.

—Me dijiste que habíamos terminado —replicó—. ¿Qué podría ofrecerte?

—Para ser un hombre con tanto éxito, tu capacidad de discernimiento puede llegar a tener severos problemas en momentos críticos —dijo Alana—. Ni una sola vez pensaste en preguntarme, a mí, no a tus conjeturas cuadriculadas, qué quería.

Rhys apretó la mandíbula. Alana se cruzó de brazos.

—Vi la fotografía —expresó él en un tono que lo cabreó consigo mismo, porque era el de un hombre celoso y en parte resignado—.

La del evento del acuario. Estabas sonriente y relajada junto a ese hombre.

Fue una sonrisa de verdad, no aquellas que sueles dedicarle a las personas por simple cortesía.

Y eso reafirmó que haberte enviado esos documentos fue lo adecuado.

Tú necesitas a alguien que te haga reír y honre tu integridad, en lugar de arrastrar un pasado criminal y oscuro...

Por un instante la expresión determinada de ella vaciló.

—Harry es un amigo de la secundaria. No lo veía en años y me estaba mostrando, al igual que con otras personas, las nuevas áreas que han mejorado en el acuario.

Me hizo gracia un chiste que contó sobre los leones marinos y fue el momento en que el camarógrafo captó —explicó Alana—.

Pero eso no lo podrías saber, porque, en lugar de preguntar, asumiste que estaba feliz sin ti. ¿Verdad, Rhys?

Ella quiso avanzar, empujándolo con las manos, pero él ya no se movió.

—¿Qué esperabas que hiciera, Alana? —preguntó con firmeza—. ¿Querías que te suplicara que te quedaras con un asesino y que todo sería magnífico? —preguntó retóricamente. Esbozó una sonrisa amarga—. No tenía derecho a buscarte.

—¡Sí que lo tenías, sí que lo tienes! —replicó ella empujándolo de nuevo, frustrada, enfadada y dolida—.

No necesito que nadie me suplique. ¡Tienes todo el derecho de luchar por lo que sientes, como cualquiera!

Porque sé que sientes algo por mí. Pero eres un cobarde que preferiste aceptar la situación y apartarte para siempre.

Preferiste quedarte con la probabilidad de que te diera con la puerta en las narices, en lugar de considerar que, una vez pasados ciertos días, pude necesitar escucharte.

El silencio se hizo entre ellos. La tensión pareció surgir y tensar las cuerdas.

—No soy un cobarde, Alana —dijo Rhys en un tono bajo, serio y peligroso.

Ella lo empujó con ambas manos de nuevo, lo intentó hacer con más fuerza, pero continuó sin tener éxito. No obstante, esta vez, sus ojos azules estaban brillantes.

—¿No? Entonces dilo —exigió—. Di lo que no fuiste capaz de decirme en ese aparcamiento hace dos semanas. Di lo que omitiste decir antes de que me alejara.

Las lágrimas de Alana se desbordaron y lo golpeó con los puños, frustrada y dolida, contra los pectorales.

No podía más, no podía sostener más esa situación.

Esa fue la perdición de Rhys. La última restricción que le quedaba se agrietó entera.

Dejándolo, por primera ocasión desde que erigió sus barreras, expuesto y vulnerable.

Le agarró las muñecas a Alana para que se detuviera.