CAPÍTULO 15 #4
Ella bajó la mirada. Se observó los dedos de la mano, en especial aquel en el que había llevado el anillo de diamante. Debido al sol aún tenía la huella en la piel.
—No lo sé… —elevó el rostro—. ¿Qué te dijo cuando fue a verte?
—Me habló de lo mucho que te admira, y de que entiende que su pasado mancillaría todo lo que tú representas —expresó Darren—.
Me pidió que no permitiera que eligieras a cualquier estúpido como esposo, porque mereces a alguien capaz de entenderte y de retarte para sacar lo mejor de ti.
¿Y sabes qué fue lo que más me llamó la atención?
Que me pidió disculpas. Luego me dio la mano y se marchó.
Alana tragó saliva y sintió los ojos llovidos.
—Fue un sicario, papá…
—Si no lo hubiera sido y si no te hubieses enterado al respecto, y yo te preguntara qué sientes por él, ¿qué me dirías, Alana? —preguntó con paciencia.
—Que lo amo, papá… —se limpió las lágrimas—. Pero no tengo idea de cómo conciliar la idea de que mató a otras personas por dinero. La parte moral y…
—Lani —interrumpió—. Hace muchos años tuvimos una conversación sobre Milla.
La señora que trabajaba en esta casa y que tú creíste que había robado dinero.
—Ella lo recordaba, claro. Asintió—. Piensa que Rhys es Milla.
¿Le diste la oportunidad de explicarte sus motivos?
—Alana hizo una negación—. Mi consejo aquella vez, considerando que querías ser abogada, fue este: «Si la ofensa que cometen es muy grave, no te apresures a emitir un juicio: medítala.
Pero siempre pregunta qué ocurrió para que esa persona haya llegado a cometer un delito. » Considéralo ahora.
—¡Rhys es un criminal! —exclamó poniéndose de pie.
Darren se cruzó de brazos y miró a su hija con cariño.
—Tus tatarabuelos eran contrabandistas de arte —replicó y luego se carcajeó al ver la expresión horrorizada de Alana—.
Vamos, cariño. El mundo está lleno de sorpresas y no todos obtienen las cosas con trabajo honrado.
No significa que esté correcto, sino que tuvieron motivos.
Algunas de esas razones son comprensibles, otras, condenables.
Así que depende del juicio de cada persona juzgar correctamente.
—Le dije que no quería saber nada de él… Que habíamos terminado.
—¿Te pidió que hablaran?
—No quise escucharlo… —replicó.
—No puedo decirte qué hacer, mi pequeña, solo que sigas tu corazón.
No todo puede ser blanco o negro. Trabajas como abogada y ves cada día las injusticias que se cometen.
Entonces, ¿por qué no escuchas lo que Rhys tiene que decir y luego tomas la decisión de darle una oportunidad o dejarlo para siempre? —preguntó.
—Él no me ha llamado, no me ha pedido ninguna oportunidad…
Darren esbozó una sonrisa de aquellas sabias; las que otorga el tiempo.
—¿Has pensado que quizá no se siente merecedor de esa oportunidad? ¿Has pensado que un hombre de negocios exitoso tiene una vida personal muy diferente?
—Me da la impresión de que te manipuló de alguna manera para que hables a favor de él —replicó ella con un toque de resentimiento en su voz—. ¿O no?
—Soy muchas cosas, pequeña, pero estúpido no es un adjetivo que me defina —dijo riéndose—. Si quieres de verdad cerrar este capítulo de tu vida vas a tener que hacerlo con la certeza de que conoces la versión de la historia completa. No a medias.
Alana soltó una exhalación.
—Lo mismo me dijo Taylor cuando le conté todo esto hace unos días… —farfulló al recordar la conversación, muy larga y con dos botellas de vino incluidas, que tuvo con su mejor amiga—. Si dos personas coinciden, entonces por algo será.
—Ven aquí, mi testaruda abogada —dijo incorporándose y abriendo los brazos para ella.
Alana se levantó y se dejó envolver por la protección de su padre—.
El pasado y el presente suelen colisionar.
La diferencia está en si permites o no que esa parte que ya no forma parte de ti continúe definiéndote para bien o para mal.
—No sé qué haría sin ti, papá —replicó ella apartándose para mirarlo.
Él esbozó una sonrisa llena de cariño.
—Te las arreglarías muy bien, porque eres capaz e inteligente, mi amada Lani —dijo—. Ahora ve y busca a ese hombre que de seguro la está pasando tan mal como tú. Después toma la decisión que te dé paz y sientas que te hace feliz. ¿De acuerdo?
Ella hizo un asentimiento.
—Gracias, papá. Te adoro —murmuró.
Para Rhys, esas mismas dos semanas habían transcurrido de un modo distinto.
No las contaba en días, sino en la cantidad de veces que había estado a punto de coger el teléfono para llamar a Alana y se había obligado a soltarlo.
Su mansión, en lugar de ser la representación de su éxito a la par del sitio al que vetaba a todo aquel que no perteneciera a su círculo más privado, ahora le parecía un mausoleo en el que sus pasos resonaban y le recordaban la soledad en la que se hallaba.
Le daba igual si su personal era discreto o si escuchaba el trajinar del ama de llaves en algún instante.
El detalle estaba en que todo le daba prácticamente lo mismo.
No tenía sentido esperar a alguien que no quería saber de su existencia y no tocaría de nuevo su timbre; tampoco tenía sentido mirar el móvil, porque no habría ni un mensaje de texto ni la llamada de quien añoraba tanto.
Se había acostumbrado al aroma de vainilla y pera que permanecía como una suave estela entre sus sábanas y al olor sutil y adictivo del sexo compartido que quedaba cuando Alana se marchaba de la casa.
Inclusive echaba de menos las horquillas olvidadas en el lavabo.
La ropa de ella continuaba en el clóset y él todavía no le había dado la orden al ama de llaves de que la empacara y la enviara.
Su casa lucía impecable, como siempre, pero no existía el rastro de Alana.
Cuando volvía de la oficina lo recibía el silencio.
Él se había convertido en el hombre exitoso que una vez le prometió a Thomas que sería.
Ahora poseía todo lo que una persona pudiera desear en cuanto a riqueza y reconocimiento profesional.
De hecho, estaba en la cúspide de su carrera y continuaba en expansión.
Pero lo único que de verdad le importaba y que necesitaba no se podía comprar con bienes ni dinero.
Y en esos momentos, mientras sostenía un vaso de whisky en la mano, quiso echarse a reír.
No era un hombre sentimental, sin embargo, la simple inercia de recordar las noches en que la esperaba con la misma bebida —que jamás empezaba a beber— pareció sacudirlo.
Ese corazón que latía por Alana estaba bombeando, pero el ritmo era el de un vagabundo que caminaba sin rumbo y por costumbre, sin motivación concreta.
A pesar del vacío que experimentaba, Rhys no se detenía.
Sus empresas continuaban funcionando, los planes ejecutándose y cientos de familias dependían de las decisiones ejecutivas que él tomaba cada día.
Pero además de sus temas comerciales, Rhys ejecutó decisiones importantes para cortar de raíz ese eslabón de su pasado que arruinó su relación con Alana.
Así que realizó un par de llamadas para que el hijo de puta de Mark McDowell fuera trasladado de inmediato a Italia y prohibida su entrada, para siempre, a territorio estadounidense.
Le costó una pequeña fortuna que se cumplieran sus exigencias, pero le dio igual.
Pudo haber asesinado a McDowell y terminar lo que no hizo bien años atrás, pero habría sido sucumbir a la rabia y ensuciarse las manos. Él ya no era el mismo de esos tiempos.
No hizo pública su ruptura con Alana. El interés en la relación de ambos ya había sido reemplazado por noticias más importantes y novedosas en la sociedad.
Cuando su hermana Ingrid le preguntó por Alana, Rhys tan solo le comentó que estaban tomándose un tiempo.
La misma respuesta le dio a su madre y a Craig, porque no le apetecía entrar en detalles, pues ellos también ignoraban su vida como sicario.
Rhys estaba agotado.
En su mente, innumerables veces, había ensayado cómo explicarle a Alana los motivos por los que aceptó asesinar a cambio de dinero.
Y también lo que sucedió con su exnovia.
Luego se daba cuenta de que jamás tendría el privilegio de tocarla de nuevo o la posibilidad de decirle lo que sentía por ella.
Él asumía que si durante tanto tiempo logró vivir con la conciencia de que su corazón estaba atenazado entre espinas, ahora que era libre de ellas podría continuar haciéndolo, aunque la persona que lo hubiera liberado no estuviera en su vida.
Rhys solo quería lo mejor para Alana y parte de ese bienestar no lo incluía a él.
Fue esa la razón de que hubiera ido a buscar a Darren Pemberton y, en palabras escuetas y firmes, comentarle la verdad.
Pero, en especial, decirle que esperaba que no permitiese que ella se casara con cualquiera.
Mencionarle esto último, pensar tan solo en Alana con otra persona, le había tomado más valentía de la que requirió para aceptar trabajar para la mafia y luego abandonarla.
Rhys bebió todo el whisky esta vez y luego dejó el vaso a un lado.
Esta no era una mañana especial, ni mucho menos.
Así que tendría que revisar las noticias, porque dependiendo del clima político en Oriente Medio viajaría o no la siguiente semana para entablar conversaciones con un jeque de Arabia Saudita.
Pasó varias páginas en el iPad y al cabo de pocos segundos casi se le cae el aparato de las manos.
Se quedó mirando la fotografía fijamente, hasta que se oscureció la pantalla.
Deslizó de nuevo el dedo y la imagen apareció de nuevo.