Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

Rhys abrió la boca para defenderse, pero no existía defensa para la verdad de su pasado.

Tampoco creía que más palabras fueran a quitar el peso de la realidad, al contrario, lo seguirían hundiendo.

Le hubiera querido decir que no la iría a buscar, sin embargo, esa sería —con gran seguridad— una promesa que no sabría cómo cumplir.

Él cerró los dedos alrededor del anillo. Lo hizo con tanta fuerza, que estuvo seguro de que el diamante había cortado su mano y estaba sangrando. No le importó.

—No te haría daño, Alana. Jamás —atinó a decir, porque su garganta ardía y quemaba por dejar escapar una frase demasiado importante y que, bajo estas circunstancias, no se sintió con el derecho a pronunciarla.

No cuando ella lo miraba, con esos preciosos ojos que Rhys adoraba, llenos de dolor por la revelación sobre él.

—Bien, espero que sea algo que puedas cumplir —murmuró.

—No voy a mentirte negando lo que fui… Sin embargo, ya no soy esa persona del pasado. Un pasado que no puedo cambiar — dijo él, devastado—. Lo que existe entre nosotros es lo único real y verdadero que he tenido. Lo siento, belleza…

Ella apretó los labios. Sentía un nudo en la garganta. Quería que alguien la sacudiera y la despertara, diciéndole que todo esto era en realidad solo una pesadilla.

Alana tragó saliva, mas no respondió al último comentario sobre «ellos».

—Adiós, Rhys… Yo creía que… —meneó la cabeza—. Adiós.

Ella entró al coche, cerró la puerta y salió del aparcamiento exterior.

Rhys la vio alejarse y,  por primera vez en su vida, creyó que aquellas palabras que solían decir algunos sobre «sentir el corazón roto» no eran solo una metáfora.

Las dos semanas más atroces que recordaba haber vivido nunca.

Así era como describía Alana el tiempo sin saber de Rhys, sin escuchar su voz o sentir sus brazos rodeándola.

Se despertaba e iba a la oficina por simple inercia, pero también porque no iba a destrozar su carrera solo porque su corazón estuviera hecho trizas.

Así que cumplía con sus responsabilidades: iba a las reuniones, tomaba notas, salía a hacer diligencias, firmaba lo que se requería y mantenía sus estándares de eficiencia.

Por fuera nadie habría notado algo diferente en Alana, pues su «entrenamiento» social le servía para mantener la apariencia de que todo seguía perfecto.

Aunque por dentro pareciera llevar piezas rotas que, si se movía demasiado, podrían chocar entre sí.

No dormía en el lado de la cama en el que solía acostarse Rhys, cuando se quedaba a pasar la noche, porque le dolía pensar en su ausencia.

Los primeros días, las lágrimas la acompañaban como un elemento más en su rutina antes de dormir, solo que en este caso no existía confort alguno.

Pero sacó fuerzas para sobreponerse, porque no le parecía justo consigo misma.

Nunca creyó que pudiese enamorarse de la manera en que lo hizo con Rhys, menos aún que el hecho de que le hubiera ocultado algo tan importante pudiera doler tanto como su ausencia.

Reconciliar la idea de que un asesino había logrado cautivarla hasta un punto sin retorno la dejaba contra las cuerdas.

¿Cómo encajaba un criminal en la vida de una abogada que defendía a la gente precisamente de quienes quebrantaban la ley?

No sabía cómo convivir con esa contradicción, ni cómo empezar a ordenarla. Por eso su mente estaba tan agotada.

Cuando caminaba por la calle, la ciudad hervía a su alrededor con esa vitalidad indiferente de las grandes urbes, fieles a su rutina aunque miles de vidas cambiaran en cuestión de segundos.

El rugido de los cláxones, el vapor saliendo de las alcantarillas, los vendedores voceando sus ofertas, el taconeo apresurado de mil personas persiguiendo sus destinos, los grandes edificios llenos de ejecutivos, los pordioseros intentando ganarse unas monedas.

Pero ese vibrante ir y venir de la vida, que no se detenía ante nada ni nadie, no aplicaba para ella. Se sentía como si fuese un reloj.

Su sistema interior funcionaba y lucía impecable, visto desde fuera, aunque por dentro el tiempo parecía haberse detenido.

Los dos domingos, a la hora en que solía visitar a Aquiles o Mark, se quedaba mirando el techo de su habitación, pensando con tristeza cómo en un mismo día había perdido a Aquiles, el amigo que nunca existió, y a Rhys, el hombre que amaba pese a su pasado brutal.

Esas mismas manos que la habían tocado con reverencia, dándole placer, habían acabado con la vida de otras personas.

No importaba si fueron mafiosos, traidores, ladrones o lo que fuese.

No quería regresar a casa, porque necesitaba hablar con alguien que la entendiera desde el corazón y que, sin importar qué decisiones tomara, la amaría incondicionalmente.

Así que esa noche, al salir de la oficina y considerando que Sandy estaba en Las Vegas con las amigas, condujo hasta la mansión en la que había crecido.

De lo único que no lograría librarse era de la inauguración de una nueva exhibición en el acuario de Boston.

Su madre la llamó durante un momento de debilidad —lo que se traducía en que no tenía ganas de discutir o argumentar con Sandy—, así que terminó aceptando acompañarla a ese evento que sería la siguiente noche.

Al final, Alana no consideraba su asistencia algo tedioso, porque se trataba de animalitos.

Dejó las ventanillas del automóvil bajas para recibir el aire, porque quizá —si la naturaleza tenía poderes curativos— podría tener la suerte de que el viento se llevara un poco de su carga emocional.

El ama de llaves le dijo en dónde podía encontrar a Darren: el invernadero.

Este era uno de los sitios preferidos de padre e hija, porque compartían el gusto por la naturaleza y solían elegir cada verano una nueva planta o flor para cultivar y monitorearla.

Uno de los pasatiempos del patriarca Pemberton consistía en cultivar orquídeas exóticas que importaba de diferentes países.

Al escuchar el sonido de la puerta de vidrio, el hombre —que estaba sentado en el pequeño espacio que había acondicionado para tomar té— elevó la mirada sonriendo.

—Hola, papá —dijo Alana y se inclinó para darle un beso en la mejilla.

—¿Qué ocurre? —preguntó él de inmediato. Todo padre conocía a su hija—. Ven, siéntate junto a mí, y dime lo que está pasando por esa cabecita inquieta.

Ella sabía que con él no necesitaba máscaras.

No necesitaba fingir. Así que cuando se sentó y apoyó el rostro sobre el hombro de Darren, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

Incontenibles. Sintió los brazos frágiles, pero fuertes a la vez, que le transmitían la calma que había necesitado esas dos semanas infernales.

No hubo palabras, sino que él le permitió que soltara todo lo que llevaba guardado.

Tras un largo rato, entre sollozos, como si fuese una niña de ocho años y no una mujer de veintitantos, Alana se secó las lágrimas con el pañuelo de tela que le entregó su padre.

Aceptó la taza de té caliente que le sirvió y luego bebió varios sorbitos del contenido.

Luego, paulatinamente, llegó la calma.

—¿Es alguien al que tenga que ir a amenazar por haber hecho llorar a mi niña?

Alana hizo una negación.

—Papá, el hombre con el que estoy prometida… Estaba… —susurró.

—Rhys Callahan, ¿verdad? —preguntó con serenidad. Ella hizo un asentimiento—. Me parece un hombre que tiene los suficientes cojones como para demostrar que te ama sin que tú te des cuenta. O si no, ya habrías venido antes.

Alana se sacudió la nariz. Hipó.

—¿Qué? ¿De qué hablas? Ustedes no se conocen… —replicó.

—Fue a buscarme a la oficina hace unos ocho días.

Rhys resultó ser alguien de pocas palabras y fue directo al tema principal.

Me gustó que fuera así —dijo con su tono amable, mientras le daba una palmadita con cariño en la pierna.

Alana se quedó de piedra—. Me contó la razón por la cual estuvieron comprometidos.

Y también el motivo de su separación. ¿Por qué no me lo contaste, pequeña? —preguntó.

Ella no lograba asimilar todo lo que su padre estaba diciéndole.

—Jamás pensé que él se atrevería a buscarte… Y mucho menos hablarte de que nuestro compromiso no era real o las razones que hubiesen detrás —confesó.

Darren bajó la cabeza con un toque de pesar.

—Lamento mucho que por mi culpa hayas tenido que ser parte de un chantaje…

No sabía que mi enfermedad estaba creando tantos problemas.

Pensé que todavía tenía las cosas bajo control.

Y tú, Alana, pusiste tu carrera en la línea de fuego por culpa de un viejo que no sabe aceptar que ha llegado el momento de retirarse…

—Oh, papá —dijo sollozando y lo abrazó con fuerza—.

Sé que eres un hombre íntegro y que amas el legado Pemberton, que te sientes orgulloso de llevar el apellido y continuar siendo el que dirige la parte que es más importante entre todas: el arte.

Por ti estaba, estoy, dispuesta a todo. Has sido siempre mi pilar y mi apoyo.

—Me aflige que te hayas vinculado en este caos por mi culpa, hija —expresó el hombre con franqueza, y le apretó la mano con esa fuerza frágil que aún conservaba—.

Ya empecé a poner las cosas en orden, pequeña.

Dentro de unos meses anunciaré mi retiro y dejaré cada negocio en buenas manos, para que tú no tengas que cargar con lo que a mí me toca soltar.

Bastante has hecho ya por este viejo terco.

Alana tomó la mano de su padre entre las suyas.

—No tienes que disculparte por tu enfermedad, y no hay nada que podamos hacer para retroceder el tiempo —sonrió con tristeza—. El legado de la familia continuará fuerte y firme. Sé que sabrás elegir a las personas idóneas para manejarlo.

—Gracias, querida hija —replicó—. ¿Qué vas a hacer con el joven Callahan?