CAPÍTULO 15 #2
—¿Qué? ¿De qué hablas? Estoy confundida con todo esto —replicó mirando primero a Rhys y luego a Aquiles—.
He venido aquí desde hace más de una década.
Todos los domingos que he podido. Obviamente sé que se llama Aquiles Hannigan.
No estoy en peligro. Por favor, explíquenme uno de ustedes de qué va todo esto.
Finalmente, el anciano señaló a Rhys que continuaba en el umbral. La postura del magnate era la de un guerrero a punto de cortar la cabeza al que tuviera enfrente.
—Así que ese es tu prometido —comentó Aquiles riéndose con ironía.
—Sí, y no sé por qué se ríe… —susurró Alana—. ¿De qué lo conoce? ¡Qué pasa! No puede quedarse en silencio y reírse, acusar a alguien, y luego no explicarme.
—Dile tu verdadera identidad, hijo de puta —exhortó Rhys entrando con rapidez al apartamento, agarrando a Alana de la cintura para sacarla de ese sitio.
Tomada por sorpresa, ella no reaccionó y se quedó junto al hombre que ese fin de semana le había demostrado tanto sin decírselo en palabras—. ¡Empieza a hablar!
El anciano se cruzó de brazos. Sabía que no porque tuviera un arma o careciera de ella podría contar con ventaja.
Existía una diferencia de edad y fuerza más que obvia y notable.
Además, la fama de Callahan lo precedería siempre: el hombre era letal con un arma, rápido, pero también sabía atacar cuerpo a cuerpo y matar sin dudar.
No tenía registros o conocimiento —no le importaba— de que fuese verdad o leyenda urbana.
Lo anterior no borraba la reputación de cuando pertenecía a Vipers Reign.
—Si hubiera sabido que eras el hombre con el que esta jovencita pretende casarse, ya habría hallado la forma de que te mandaran al otro mundo. Degollado, preferiblemente —expresó el anciano, ignorando el grito horrorizado de Alana.
—Mala suerte. Dile quién eres, dile la verdad —ordenó Rhys—.
Aunque ya no trabaje en aquellos ambientes desde hace años, mis conexiones tienen un amplio alcance.
Sin importar qué ocurra, a partir de hoy tienes una diana en la nuca.
Ten cuidado. Si por alguna razón vuelves a hablar, contactar o pensar siquiera en Alana, me encargaré de que el trabajo que no se concluyó años atrás, esta vez sí tenga éxito.
—¿Lo harás tú? Porque sería un honor —dijo el anciano burlonamente.
El multimillonario optó por cambiar de óptica. No quería ahondar en el tema que el imbécil anciano acababa de sacar a colación. Prefería hacerlo después. Si es que Alana le ofrecía la opción, si es que, luego de este puto día, quería volver a verlo.
—Dile tu identidad, si quieres continuar vivo mañana —insistió Rhys.
El anciano hizo una mueca y le dedicó su atención a la mujer de ojos azules.
—Mi nombre no es Aquiles —dijo con frialdad.
Alana abrió y cerró la boca, incrédula. No salían palabras de su garganta—.
Aquel día que me encontraste en el callejón me habían disparado, porque había una consigna para matarme.
Mi intención era apartarme de Vipers Reign, la mafia irlandesa que está en South Boston, y abrir mi propio centro de distribución en alianza con los italianos.
El capo de la mafia irlandesa se enteró y envió a un sicario a liquidarme.
Pero ese sicario, todavía novato —relató, mirando a Rhys con una mezcla de burla y odio—, no acertó con el primer disparo.
Al tercero me dio por muerto y se largó.
Luego de unos meses supe su identidad. El sicario se volvió eficiente y una sombra en la ciudad.
Cuando me llevaste a la clínica, el médico me reconoció.
Los narcotraficantes solemos ser conocidos cuando existen «urgencias médicas», así que lo obligué a que corroborara que yo tenía amnesia.
Nunca la he tenido —continuó con voz monótona, casi aburrida—.
Solo me he estado escondiendo del radar para continuar vivo.
Has sido una excelente compañía, jovencita, y lamento que te hayas enterado de este modo.
Pero soy quien soy: Mark McDowell, ex integrante de Vipers Reign, narcotraficante retirado —se rio por la estúpida ironía del título—, y tu prometido es nada más y nada menos que un sicario, también retirado supongo —se carcajeó con malicia— de la mafia irlandesa.
Alana miró al anciano como si fuese la primera vez. En cierto modo así era.
Pensó en todos esos años, en cada domingo y su compromiso de acompañarlo.
La creencia de que era un espacio que le permitía aislarse del mundo, porque tenía un amigo —entre los pocos que contaba— que solo la veía por quien era: Alana.
Punto. Pensó también en las discusiones argumentadas, los casos legales sobre los que ella le hablaba, la tarde en que le habló de Rochester y las incontables ocasiones que Aquiles —o como se llamara— la había escuchado en silencio, como si le importara de verdad.
Pero nada de eso había sido real, al menos no para él.
Porque ella sí consideró durante todo este tiempo que fue una amistad sincera.
Ese hombre entrañable de humor negro, al que veía casi como un familiar, era un espejismo.
Era un desconocido que había creado una narrativa para permitirle entrar en su vida, mientras mentía en cada palabra sobre su propia historia.
Este era un trago amargo. Demasiado para digerir.
Alana sentía que le faltaba el aire. Su cuerpo empezó a temblar.
Se abrazó a sí misma y elevó la mirada, con ojos llovidos y los nervios a flor de piel, hacia Rhys.
Porque era este hombre, el que había logrado vencer sus inseguridades a punta de besos; el que la había hecho reír con sus ironías y afilados comentarios; el que la había sostenido entre sus brazos, mirándola, mientras entraba en ella; el que solo días atrás había empezado a hablarle de sí mismo, su historia, sus pensamientos, mostrándole un lado que mantenía guardado con hermetismo; el hombre que la había cuidado…
—Rhys… —dijo y detestó la falta de firmeza de su propia voz—. Dime que lo que acababa de contar Aquiles… Mark, o cualquiera que sea su nombre, es mentira.
El tono de Alana era la clase de súplica que surge de la devastación por la traición.
En esta ocasión era en doble vía: Aquiles o Mark, el hombre a quien consideraba un anciano solitario, amable e inteligente, con quien había conversado tantas veces, reído y también llorado en alguna ocasión, no era más que una persona fingiendo ser otra.
Acababa de confesar que era un criminal.
Pero eso no era lo peor. Esa traición dolía menos que la acusación, que Rhys no negaba, que Mark acababa de lanzar contra él.
Alana miró a los ojos que tantas veces le demostraron que entre los dos existía más que una aventura y que compartían algo profundo.
Pero, en lugar de consternación o indignación de quien es acusado falsamente, encontró culpa.
Sintió que se desmoronaba por dentro. El suelo, tan firme hasta esa mañana, se tambaleó.
Rhys extendió la mano, pero ella, instintivamente dio un paso a un costado.
Ese gesto fue para él como recibir una cuchillada.
—Sí, Rhys, dile que jamás fuiste parte de la mafia irlandesa y que jamás ejecutaste a sangre fría a varias personas por orden del capo. Ah, no olvides también decirle que, según los rumores de hace años, le volaste los sesos a tu exnovia.
En ese momento, el multimillonario no logró contenerse.
Le dio igual que Mark ahora fuese un puto anciano.
Se abalanzó sobre él y le dio un puñetazo que lo lanzó al piso.
Alana soltó una exclamación, horrorizada, pero, aunque quería moverse, sus pies parecían estar anclados al suelo.
Después, Rhys agarró la bolsa que ella había dejado dentro.
Le dijo algo al anciano que Alana no alcanzó a escuchar y luego cerró la puerta del apartamento.
Le entregó la bolsa, ella la agarró y le dio la espalda.
En esta ocasión, menos mal, sus piernas decidieron funcionar. Alana salió del edificio.
Rhys la siguió con la misma rapidez y, antes de que ella llegara al coche, la sostuvo del codo para que lo mirara.
Cuando lo hizo, él quiso ponerse de rodillas.
La expresión de Alana no era de rabia ni enfado —que seguramente sentiría más adelante—, sino de un dolor que se reflejaba en las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Hubiera preferido en ese instante recibir un proyectil en el pecho que verla, por su maldita culpa, en ese estado.
Intentó acercarse para abrazarla, pero ella negó.
—No… No me toques… —susurró, devastada—. ¿Es cierto…? ¿Es cierto, Rhys, que fuiste sicario? ¿Mataste personas por dinero…? —preguntó con miedo.
Él odió escuchar ese tono defraudado y traicionado en ella.
—Alana, por favor, hablemos de esto en otro lugar —pidió.
—Yo… —hizo una negación. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Yo en este instante me siento confundida, dolida y agobiada. Solo responde.
Rhys tragó saliva. No tenía ninguna respuesta ingeniosa. Estaba atrapado. Finalmente, pensó con ironía, el destino había decidido cobrar el precio de su pasado.
Él tomó una respiración profunda. La miró a los ojos.
—Sí… —murmuró—. Sí fui sicario, años atrás. Pero hubo una razón…
Alana abrió la puerta del coche. Tragó saliva. Estaba abrumada y muy dolida.
—No quiero escuchar razones. Por favor, no me hagas daño.
No me busques —expresó. Luego se quitó el anillo y, al hacerlo, la mano le tembló ligeramente.
El significado de ese diamante había ido cambiando desde su primer beso con Rhys.
El anillo era la llave de su libertad, aunque ella nunca había sido cautiva.
Qué irónico que, ahora que amaba a este hombre, quisiera serlo.
Hubiera deseado ser cautiva de sus besos, sus palabras, su compañía, su amor…
Pero la vida acababa de trazar otra línea de tiempo para ambos—.
Nuestro acuerdo expira mañana. Todo ha terminado.