CAPÍTULO 15
Alana terminó la partida de ajedrez con Aquiles.
En esta ocasión, él ganó la segunda ronda.
Ella hubiera querido quedarse un instante más, pero necesitaba primero pasar por la casa de Rhys con los documentos que habían llegado a su correo.
Estaba muy emocionada ante la perspectiva de ver la expresión de él cuando le mostrara la sorpresa que había estado preparando desde hacía un tiempo.
Pero también recordó que el domingo que no logró llegar a tiempo a casa de Aquiles —porque pasó en la playa con Rhys— le había prometido a su amigo que procuraría no perderse más domingos y que, si volvía a hacerlo, lo invitaría a comer su comida preferida en el restaurante que él eligiera.
Aquiles no era dado a la bebida, sino al cigarrillo, pero lo había dejado unos meses atrás alegando que quería un estilo de vida más saludable.
—Me ha encantado pasar estas horas contigo —dijo el anciano dándole una palmadita en el hombro a Alana, cuando ella le comentó que tenía que marcharse—.
Y quiero que me cuentes más sobre ese anillo que llevas y el hombre con el que te has comprometido.
La cotilla de la vecina ha querido mostrarme las imágenes que salen en las revistas, pero le he dicho que si alguien va a contarme y enseñarme fotos tiene que ser la persona a quien le corresponde decidirlo: tú.
Además, no quería sacar el tema a colación, porque sabes que no me gusta meterme en asuntos ajenos —sonrió.
Alana lo miró con candor. El hombre era una persona de pocas palabras, pero cuando decidía expresarse, lo hacía con claridad.
Aquiles vivía al margen del mundo, porque decía que se contaminaba de la estupidez humana y prefería los libros de literatura o filosofía.
No tenía redes sociales, no seguía la prensa del corazón, y las pocas veces que había oído hablar de su compromiso fue por comentarios sueltos de los vecinos del edificio, que sí devoraban esas revistas.
Para él, ella solo era la muchacha que, años atrás, no lo había dejado morir en la calle.
Alana nunca le había mostrado una foto de Rhys, ni le había dicho su nombre.
Su vínculo con Aquiles pertenecía a otra parte de su vida, una que mantenía lejos de los flashes y los apellidos.
Quizá por eso sentía que su vínculo con él no solo era genuino, sino muy sincero.
—Aquiles, siempre tiene en mente algún tema político que quiere discutir —dijo riéndose—, así que considero más importante escuchar su forma de ver la vida que pensar en la mía.
Pero le voy a mostrar una fotografía de mi prometido.
Él es un hombre complejo, y excepcional a la par.
No empezamos con buen pie, aunque ahora todo es muy diferente —expresó, mientras agarraba el bolso.
Por las prisas apenas había visto el móvil y lo tenía en silencio.
Frunció el ceño al ver llamadas perdidas de Rhys y mensajes de texto preguntándole si ya estaba lista para ir al parque.
«Oh, lo olvidé por completo», pensó, apenada—.
Deme un instante, justo me ha escrito y…
En ese momento llamaron a la puerta.
Aquiles frunció el ceño y le hizo un gesto a Alana para que esperara.
—No estoy esperando a nadie —farfulló, gruñón. No tenía amigos, porque la gente era un incordio, a su juicio, y prefería ayudar en el refugio de animales cercano.
—Quizá es Saphire —dijo Alana haciéndole un guiño—. Aún no me ha contado cómo le fue el otro día que aceptó ir con ella a tomar un café y pastelillos.
—Bah, cancelé de último minuto. Me dio pereza arreglarme —murmuró.
Ella soltó una risa franca. Y se sentó en el sofá a esperar que él atendiera. Luego se quedaría unos minutos más mostrándole un par de fotos y le hablaría de Rhys.
—Es incorregible —comentó de buen humor—. La próxima vez hablaré con Saphire para saber el día de su cita, vendré y me aseguraré de que usted no falte.
—Bah, muchacha —farfulló encaminándose hacia la puerta—. Tengo mejores cosas que hacer que escuchar las boberías de la energía y la astrología de esa loca.
—No está loca —sonrió la joven—, solo tiene otros temas de interés.
Aquiles se encogió de hombros.
—Si tú lo dices —expresó meneando la cabeza y giró la perilla plateada.
Aunque Alana no podía ver desde el sofá quién era la visita, sí notó cómo cambió la expresión del rostro de Aquiles.
Un instante estaba sonriendo con ella, pero ahora parecía haber visto un fantasma.
No solo eso, sino que parecía haberse transformado por completo.
El anciano era gruñón, aunque amable, pero ahora lucía enfadado y con los puños de las manos tan apretados que los nudillos habían palidecido.
Las palabras que escuchó la dejaron atónita. Se levantó para acercarse.
—¿Qué haces aquí, maldito asesino hijo de puta? —preguntó Aquiles. Su tono destilaba rabia y veneno—. Si has venido a terminar tu trabajo pierdes tu tiempo.
Cuando Alana vio quién era el visitante se quedó de piedra.
El móvil casi se le resbala de la mano, así que lo guardó en el bolsillo trasero del jean.
Ninguno de los dos hombres reparó en ella, porque parecían demasiado ocupados midiéndose con la mirada.
La vibra que emanaban era como el viento que anunciaba una gran tormenta.
Alana se aclaró la garganta para romper la tensión.
—¿Rhys…? —preguntó ella mirándolo—. ¿Qué haces aquí? No entiendo.
—Tu rastreador —dijo él en tono cauto—. Lo tenías encendido. No estabas en tu casa. No respondías el teléfono. Me preocupé, porque habíamos quedado de salir juntos esta mañana. Así que seguí la señal de este lugar… ¿Estás bien? —indagó.
Alana frunció el ceño. Se había olvidado de que tenía la aplicación en el teléfono, y siempre estuvo encendido. Pero daba igual. Quería saber qué pasaba.
—Me olvidé que habíamos quedado hoy y estaba a punto de escribirte para comentártelo.
Quizá fue todo lo ocurrido estos días… Pero, sí, estoy bien —dijo mirando cómo él parecía un lobo a punto de atacar, pero no a ella, sino a Aquiles.
No lograba unir las piezas, porque no había ningún sentido—.
¿Por qué no habría de estar bien? Si preguntas por el asunto del fin de semana, ya estoy mejor. Entonces…
—Este hombre, ¿de qué lo conoces? ¿Por qué estás aquí? —indagó Rhys. Procuró utilizar un tono gentil y controlar las ganas de gritarle que estaba junto a alguien que era tan peligroso como lo fue él en algún momento—. Cuéntame —pidió.
Ella lo miró con curiosidad. Era imposible que estuviera celoso de un anciano. Lo que existía era algo distinto. Alana empezó a preocuparse por este raro escenario.
—Aquiles es mi amigo, y aquí es donde vengo los domingos a jugar ajedrez o a pasar un rato conversando con él —dijo ella con suavidad.
Luego se giró hacia el anciano que parecía petrificado y cabreado—.
¿Aquiles, por qué ha llamado asesino a Rhys?
Creo que ha tenido una confusión… Quizá se parece a alguien que usted conoció, pero esa acusación no es justa —comentó con cautela.
Aunque alguien viviera bajo las piedras, reconocería a uno de los empresarios más exitosos de Boston—.
Él es Rhys Callahan, mi prometido, sobre el que estaba a punto de hablarle.
Me vino a buscar, porque se preocupó por mí cuando no respondí el teléfono…
El anciano tenía la atención clavada en el umbral.
Su rostro estaba pálido. Pero lo que en verdad preocupó a Alana fue el rostro de Rhys: como si hubiera visto un fantasma que había regresado para atormentarlo.
Ella intentó hallar una explicación lógica, pero no existía ninguna.
No había ninguna razón por la que ambos hombres, provenientes de mundos totalmente diferentes, pudieran conocerse.
Aquiles era un hombre sencillo y que trabajó como empleado para tiendas de bajo impacto, y Rhys era un multimillonario que manejaba un imperio empresarial con mano de hierro.
Ella consideró que esto era un malentendido que se aclararía pronto.
Pero su instinto de abogada, aquel que leía entre líneas y sabía leer las expresiones no verbales, le decía algo diferente: la situación iba mucho más allá de un simple encuentro entre desconocidos, porque la manera en que se miraban los dos hombres era casi asesina.
—El nombre de él no es Aquiles —dijo Rhys enfadado al no llevar su 9mm —.
Sal de inmediato de este apartamento, Alana.
Por tu propia seguridad —exigió con firmeza en un tono amable.
No dejó traslucir su inquietud. Por dentro estaba viviendo una pesadilla: que Alana descubriera todo sobre su pasado de este modo.
La posibilidad, que era algo inminente, lo destrozaba. No sabía cómo reaccionaría ella.
Para Rhys este escenario era bizarro.
Aquel rostro que había estudiado años atrás: el perfil, costumbres, horarios, vínculos, manías, rutas e inclusive lo que comía, pertenecía al hombre que él tenía en su registro de muertes, junto a tantas otras. Mark McDowell. Traidor de Vipers Reign.
Tres disparos. Porque fue su segundo sicariato, y Rhys todavía tenía que mejorar.
Recordaba el techo de un edificio vetusto, inquieto, y a la vez determinado, mientras su equipo de visión nocturna y el rifle tenían el objetivo claro.
La certeza absoluta de que había terminado el trabajo lo acompañó y así reportó a la mafia: el objetivo fue aniquilado.
Sin embargo, décadas más tarde, el hijo de puta estaba frente a él, respirando, y lo peor de todo es que a su lado estaba la mujer que Rhys amaba.
«Si los malditos muertos no regresan de la tumba, ¿por qué mierda este sí?
Coño.» No podía creer que el jodido pasado que creyó que le había robado su humanidad, ese pasado que pesaba y pesaría siempre en su conciencia, ahora estaba de regreso para arruinar su presente, así como el arduo camino de esta nueva vida.
Ella se frotó las sienes. No comprendía nada. Le parecía todo inconexo.