Entre espinas y seda escarlata CAPÍTULO 14 #4
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CAPÍTULO 14 #4

Con Alana dormida entre sus brazos, Rhys se dio cuenta de algo muy significativo.

Tanto así que sintió que su mundo se sacudió por completo.

Durante esos dos días juntos, mientras Rhys la cuidaba, había sucedido algo por demás importante.

Sus manos, aquellas que quitaron al menos dieciocho vidas como sicario, no solo estaban hechas para matar y, ahora, para hacer incontable cantidad de dinero, sino que habían ayudado a cuidar, proteger y sanar a Alana.

Ella, sin saberlo, acababa de hacerle comprender que sus manos podían mejorar la vida, en lugar de destruirla.

Pero lo más importante: entendió que su humanidad, aquella que Rhys creyó perdida hacía años, tan solo había estado escondida, latente, a la espera de que alguien como Alana llegara para sacarla a la luz de nuevo.

Esta mujer, que ahora descansaba confiada y serena a su lado, lo había rescatado del foso de sombras grises en el que habitaba.

Y eso solo podía suceder por una razón brutalmente reveladora: porque la amaba.

Así que necesitaba encontrar la manera de decírselo, pero antes tenía que hallar las palabras de hablarle sobre su pasado con Vipers Reign.

Quería ser completamente sincero con ella y para ello tenía que planear bien cómo y dónde podrían abordar esa conversación tan trascendental.

Si al saber la verdad, ella lo rechazaba, lo comprendería.

No sabía si sería capaz de dejarla marchar, pero sí estaba seguro de que jamás intentaría de nuevo coercionarla ni chantajearla o utilizar manipulaciones.

Si al final fracasaba, entonces acataría la voluntad de ella, aunque eso significara arrancar de su pecho lo que pensó que solo era un órgano funcional sin propósito más que mantenerlo vivo: su corazón.

Ese que jamás se lo había entregado a nadie, porque ninguna mujer lo mereció.

Ninguna lo suficientemente importante. Solo Alana.

Él no quería dilatar la conversación con ella.

Así que el plan del siguiente día le parecía perfecto para hablar, mientras caminaban por el parque y no había testigos o posibles interrupciones.

No quería que fuese en su casa o la de ella, porque la necesidad de besarla o hacerle el amor sería más fuerte que la intención de tocar un tema tan importante y que con seguridad cambiaría para siempre la realidad de ambos.

El domingo amaneció con el cielo lleno de nubarrones.

Rhys debió considerarlo un presagio, pero no creía en esa clase de tonterías.

Alana se había marchado temprano, porque necesitaba su portátil para enviar un documento del trabajo y no quería postergarlo hasta el lunes.

Para Rhys dejarla ir le resultó más difícil que otras veces.

Ahora que sabía lo que sentía por ella, la intensidad del fuego que ardía entre ambos era más potente; los consumía y, a la vez, los empujaba a desear mucho más del otro.

A las once de la mañana, él aparcó fuera de la casa en Back Bay.

La llamó y le envió mensajes de texto, pero Alana no le respondió, lo cual era extraño.

Primero, porque ella era muy puntual. Segundo, porque si no respondía sus llamadas, le enviaba un mensaje de texto.

Esta vez no hizo ninguna de las dos cosas.

Habían acordado que él pasaría a por ella para ir a Arboreto Arnold, así que no era normal que dejara de responderle o que no estuviera lista para salir.

Bajó del coche y llamó a la puerta. Alana le había dado una copia de la llave de la casa, así como él le dio la suya, así que entró.

Fue a la habitación principal, pero ella no estaba en ningún lado.

Regresó al coche y tamborileó los dedos sobre el volante. ¿Y si le ocurrió algo?

Cuando empezaron a salir juntos como «prometidos», Rhys le había comentado a Alana que lo último que pretendía era controlarla, pero que, debido al alto perfil que ambos tenían, se sentiría más tranquilo si ella llevaba un rastreador en el teléfono.

Se comprometió a no utilizarlo jamás, salvo en caso de emergencia.

Ella, por supuesto, se debatió entre aceptarlo o no.

Detestaba sentirse vigilada o controlada, pues suficiente experiencia había tenido con su madre que siempre quería meterse en sus asuntos.

Sin embargo, como abogada estaba acostumbrada a evaluar riesgos y exposición pública, y no le costó reconocer y aceptar que estar vinculada a un hombre como Rhys la convertía en un blanco.

Él no era alguien que generara «afectos» precisamente.

En el mundo complejo en el que se desenvolvían ninguna medida de seguridad era paranoia, así que Alana le pidió unos días para analizar ese detalle que, al final, consideró que era más bien prudencia.

Además, ella no tenía guardaespaldas —no por idiota, sino porque intentaba llevar una vida normal, aunque con todos los privilegios y fortuna que tenía, esa era solo la ilusión que se contaba—.

Pero Rhys sí tenía un equipo de seguridad, muy discreto y por eso ella no los notaba.

Él le había propuesto asignarle un guardaespaldas, y ella se negó, y consideró que el rastreador resultaba una alternativa menos invasiva.

Obviamente, no aceptó sin condiciones. Si ella iba a llevar uno, él también.

Lo planteó como un acuerdo recíproco entre dos personas expuestas, no una vigilancia unilateral.

Alana no toleraba los desequilibrios de poder, ni en un juzgado ni en una relación, fuese falsa o real.

Rhys aceptó, quizá porque esa exigencia le confirmó, una vez más, que no trataba con una mujer que se dejara imponer; él respetaba eso.

El rastreador podía encenderlo o apagarlo cuando quisiera.

Al igual que ella. En esos casi dos meses, él jamás lo había utilizado con Alana.

Sin embargo, cuando pasaron treinta minutos rogó que ella lo tuviera encendido.

Soltó una exhalación al ver la dirección en el rastreador.

No era un destino común. De hecho, la zona no era muy buena.

«¿Qué estaba sucediendo? ¿Aquí era el sitio al que iba todos los domingos y se había olvidado de que quedaron para salir juntos?

», se preguntó. La otra idea que surgió fue la posibilidad de que estuviera viéndose con otro hombre.

Pero algo le gritaba que Alana era una mujer íntegra y que jamás incurriría en algo similar.

«Claro, así como pensaste que era Sloane», le dijo una vocecita burlona.

Rhys apretó los dientes. No, no quería pensar que la vida estaba jugándole una mala pasada de nuevo.

Puso en marcha el coche hacia el sitio en el que ella se encontraba.

Aunque le hubiera gustado no hacerlo, en especial cuando tocó el timbre del apartamento ubicado en un edificio en el centro de la ciudad.

No era el área más segura, aunque tampoco la más peligrosa de Boston.

Eso no cambiaba que se hubiera preocupado por el bienestar de Alana.

¿Los celos? Por supuesto, esa fue la segunda motivación que lo obligó a tomar la decisión de buscarla y enfrentarse a sus miedos.

Porque no quería repetir la historia.

Y no lo hizo.

La situación fue peor cuando se abrió la puerta.

—¿Qué haces aquí, maldito asesino hijo de puta? —preguntó un hombre, envejecido, al que se suponía que Rhys había matado más de una década atrás.